Contra la izquierda abstencionista

Aitor Riveiro

Tengo un amigo que es comunista. Pero comunista de los de verdad: de los que creen en la revolución, en la dictadura del proletariado, en la nacionalización de la banca… de los que se opusieron a la supresión del servicio militar obligatorio porque “las armas son del pueblo” y, llegado el momento, el pueblo debería saber usarlas para alcanzar el poder, para derrocar al estado burgués y defenderse del ejército, garante de ese estado burgués.

Mi amigo es un abstencionista en potencia y, sin embargo, vota. Y no lo hace para apoyar al Partido Comunista de los Pueblos de España o alguna de las múltiples formaciones minoritarias con las que se identifica su ideario; ni siquiera vota al PCE (a Izquierda Unida, quiero decir). Mi amigo vota al PSOE, por dos motivos fundamentales.

El primero es más ideológico. Él defiende que un gobierno de izquierdas, aunque sea de la izquierda burguesa y falsa, actúa de correa de transmisión de la revolución. Tal y como él lo ve, un gobierno del PSOE tira de la sociedad hacia la izquierda, incita a los ciudadanos a reclamar con mayor ahínco y fuerza sus derechos, alienta la lucha de la clase obrera contra el empresario y las élites económicas. Con un gobierno socialista, en definitiva, la gente se cabrea más y lucha más.

La segunda razón por la que mi amigo comunista vota es mucho más prosaica: mientras llega la revolución, ¿por qué no vamos a tratar de vivir algo mejor? Un gobierno del PSOE no colma ni de lejos sus aspiraciones pero, ¿por qué íbamos a permitir uno de derechas?

No puedo estar más de acuerdo con él, pese a no compartir el sentido de su voto. El gran peligro para la España progresista es la abstención, tal y como se ha visto en todas y cada una de las citas electorales: nuestro país es de izquierdas y la derecha arrasa cuando la abstención es alta.

Uno puede estar decepcionado con Zapatero por muchos motivos, puede considerar que el PSOE no ha hecho todo lo que podía/debía para mejorar la vida de los más desfavorecidos (inmigrantes, pensionistas, parados, mileuristas,…), puede achacar al Gobierno que en muchos aspectos se ha rendido ante los poderosos, desatendiendo al pueblo.

Es cierto que la campaña electoral no ha afrontado los problemas que los ciudadanos sienten como reales, más próximos. Los partidos se han enzarzado en una guerra de ‘ytúmásysmos’ que por momentos ha desmovilizado a esa parte del electorado progresista que exige un programa digno (y que se cumpla). Las principales víctimas de esta guerra de insultos y descalificaciones han sido las propuestas, y el pasado cara a cara entre Zapatero y Rajoy fue el ejemplo más claro: ¿Qué pasa con la sanidad? ¿Qué hay de la educación? ¿Cambio climático? ¿Unión Europea? ¿Política exterior? Res de res. (Ya veremos esta noche, pero no soy nada optimista).

Lo admito: el PSOE y sus socios podrían haber hecho muchísimo más en muchísimos aspectos pero… ¿qué habría hecho el PP en su lugar? ¿Qué habría sido de la Ley de Dependencia, de los matrimonios homosexuales, de la participación de España en la guerra de Irak, de las relaciones de España con Latinoamérica, etcétera?

Estoy muy de acuerdo con mi amigo en que es mucho mejor un mal gobierno de izquierdas que cualquiera de derechas. También comparto con él que cuando gobierna la izquierda la sociedad se vuelve más responsable y vigilante: tiende más a protestar, a quejarse, a reclamar avances y mejoras en la sociedad.

Pero también creo, y aquí difiero con mi amigo comunista, que igual que un gobierno de izquierdas revitaliza a la sociedad, un parlamento de izquierdas tirará de un tibio PSOE también hacia la izquierda. Por eso, mi voto y el de mi amigo no son el mismo. Pero, aún así, él me anima a ir a votar y yo le animo a él a ir a votar.

El 9 de marzo, a votar. Y el 10, a no dejar pasar ni una.