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Alberto Penadés

La encuesta de hábitos deportivos de los españoles del CIS de 2010 preguntaba lo siguiente “¿Hasta qué punto se siente usted orgulloso/a cuando un deportista español o una selección española realiza una buena actuación en un campeonato deportivo?”.  El 45% respondió que “muy orgulloso”, el 40% que “bastante orgulloso” y solo un 11% sumaban los “poco” o “nada” orgullosos. 

La distribución social de esta variable es interesante. Hay algunos efectos más o menos esperables, como el hecho de que las mujeres se muestren un poco menos propensas a compartir esa emoción por los éxitos deportivos, y la mayor moderación de los estratos más educados o de clase más fina, dentro del natural orgullo compartido. Tal vez tampoco sorprenda la distribución ideológica: la derecha se enorgullece todavía  más que la izquierda, pero la izquierda de todos modos lo hace casi tanto como la media. Lo que más sorprende, sin embargo, es la distribución territorial.

En todas las Comunidades Autónomas hay una amplia mayoría de personas que se sienten al menos bastante orgullosas, y generalmente muy orgullosas, de los triunfos deportivos “españoles”.  Los más tibios se encuentran en el País Vasco (solo el 11% se muestran  “muy orgullosos” pero el 52% se muestran “bastante orgullosos”) seguidos de Navarra (26% y 39% respectivamente),   Cataluña (36% y 46%) y Asturias (38% y 47%), estas últimas no tan lejos de la media. Las Comunidades más entusiastas son Castilla la Mancha, La Rioja, Murcia, Extremadura, Valencia y Baleares (en estas dos últimas el 53%-54% se sienten muy orgullosos y 36%-37% bastante orgullosos). Madrid apenas supera la media nacional en orgullo, menos que una buena parte de la periferia catalanohablante. Si se visualizara en un mapa,  el orgullo resultaría más denso en una banda  desde Extremadura a Baleares,  pero no al Sur ni en el Centro, y  menos denso en el límite Norte, especialmente en el País Vasco y Navarra.  Es una pauta curiosa que habría que analizar.

Si resulta que la selección española gana esta noche (para ustedes, ayer), lo cierto es que en cualquier población de cierto tamaño del territorio habrá una gran mayoría de ciudadanos que se sentirán, de algún modo, “orgullosos” (los pueblos  no son representativos, razón por la que algunos los escogen como representativos de otros mundos posibles). No sé cuánto me agrada este hecho, pero reconozco que me interesa.

Las competiciones deportivas movilizan a tanta gente, y tantas emociones, de prejuicio igual que de orgullo, que tienen implicaciones políticas innegables, no voy a teorizar sobre esto. Basta recordar cómo cualquier régimen, tal vez más cuanto menos liberal, las regula con esmero.  En la España democrática, incluso hemos tenido un Presidente del Gobierno que quiso doblar como ministro de deportes

En la España de antes, Juan Antonio Samaranch fue el padre de una campaña que empleaba un gran eslogan cuando era delegado nacional, o como se llamara, de educación física y deportes de la dictadura franquista. Aparte de ser un hallazgo verbal, “haz deporte,  contamos contigo”  suena afable, es poco imperativo e invita a la suma más que a la competición, y a la elección, pues no indica qué deporte.  Samaranch, con sus cosas, debía de ser un tipo listo, aunque ahora parece un personaje de ficción (*).  Como deportes, incapaz como soy de competir, soy partidario de la bicicleta y la gimnasia (el fundador del Tour de Francia, si no estoy mal informado, formaba parte de un movimiento para introducir la gimnasia sueca y los deportes no competitivos en las escuelas), pero está claro que la historia la hacen las competiciones que permiten alguna forma de identidad virtual, así que no objetaré al fútbol. Tal vez, solo tal vez, el deporte pueda facilitar nuestra civilización, si se fomenta la emulación, la autodisciplina y el aprecio por el talento y el esfuerzo. De algún modo, han sido esas cualidades y no, desde luego, las que siempre se han considerado “los valores” de la selección española (la furia y todas esas mamarrachadas), lo que han  puesto en el mapa deportivo a la selección “roja”. Se trata de cualidades bastante catalanas, me atrevo a decir, al menos en lo deportivo, y no por casualidad.

Desgraciadamente, no conozco datos  comparables a la encuesta de 2010 en el pasado, pero apuesto a que la furia concitaba muchas menos adhesiones, no solo por la pobreza de los resultados, sino porque no conectaba con la mayoría de los ciudadanos. En 2007, durante la transición futbolística, se preguntó por el “interés” con el que se seguían los partidos de la selección: la pauta territorial era parecida, pero el desinterés era mucho mayor.  Solo el 50% de conjunto de los ciudadanos seguían con mucho o bastante interés a la selección, el 40% en Cataluña, algo más del 20% en el País Vasco. El interés posiblemente haya subido gracias a los resultados, pero el orgullo es posible, o sería bonito, que se deba a ciertos valores.

 

(*)Como se sabe,  fue más tarde presidente de la Diputación de Barcelona, hasta 1977 (cuando cedió el bastón a Tarradellas) donde recibió al heredero Juan Carlos con un discurso en catalán -no precisamente antifranquista; dejó la diputación para ocupar la embajada en Moscú, desde donde se trabajó los apoyos para presidir el COI.  Fue deportista, periodista, creo que falangista en sus mocedades, y estuvo casado con Bibi Salisach, con quien habría formado una pareja “divina” si no hubieran sido tan rematadamente de derechas.