Consenso, ¡claro que sí!, ¿pero cuál?

José S. Martínez 

Hay quienes sostienen que para salir de la crisis actual es necesario que los agentes políticos y sociales alcancen acuerdos, como sucedió en la Transición. Defiendo por completo aquellos pactos, y creo que su éxito se debió a que eran una buena definición de quiénes queríamos ser: personas capaces de dirimir sus desacuerdos políticos sin violencia física e integrarnos en la Europa del capitalismo con rostro humano. Para lograrlo, la izquierda renunció a la ruptura política y la derecha cedió espacios de poder y libertad. No fue una cesión en condiciones de igualdad, pues mientras unos habían pasado por calabazos y salas de tortura, otros habían vivido cuarenta años en una paz apacible (Mayor Oreja dixit) y se sentían apoyados por el Ejército. Dicho de otra manera, el consenso fue el resultado de la relación de fuerzas entre revolución e inmovilismo, y no una especie de Pentecostés laico, con la bajada del Espíritu de la reconciliación.

Pero cuando estos días oigo hablar de consenso, me suena al consenso con el que amagó el PSOE cuando en un primer momento no quiso investigar Bankia. Es decir, un consenso que no cuestione el modelo social que nos ha llevado a esta crisis, y que haga recaer los ajustes sobre quienes tienen menos poder, la mayor parte de la población. Es un consenso sin un proyecto ilusionante de quiénes queremos ser, como el de la Transición, sino que se basa en el miedo a que todo puede ir a peor. Un consenso en el que el modelo de país que saldrá será con menos Estado de Bienestar y con unas condiciones laborales peores.

Este es el consenso de los señoritos de casino, base de las élites del PP, como Rajoy, y de viejos pilaristas, como Cebrián (es decir, antiguos alumnos del Colegio de Nuestra Señora del Pilar que formaron buena parte de la élite madrileña de a Transición), que siguen viviendo en la Españadel XIX, en la que los caciques en torno a la mesa del casino llegan a acuerdos. Es el consenso de la élite, en buena medida responsable de la situación en la que estamos, que quiere salir de la crisis sin que se vea afectado su poder. El caso de Cebrián es de lo más paradigmático, pues después de haber tomado decisiones financieras que han llevado a la ruina al grupo PRISA, sigue cobrando ingresos millonarios a cargo del grupo, mientras sus trabajadores son “ajustados” por el bien común… Este tipo de élites reclaman insistentemente consenso, para que sus trabajadores no vayan a por ellos.

Otro consenso es posible. Si miramos las encuestas, vemos que la opinión pública apoyaría otro tipo de pactos. Por ejemplo, más contundencia en la lucha contra el fraude fiscal y contra las desgravaciones y subvenciones que hacen que  nuestro país sea uno en los que menos disminuye la pobreza tras la redistribución de la riqueza. O una clase política y judicial más sujeta a controles democráticos, que impidan tanto la corrupción como los comportamientos simplemente inmorales. O mayor responsabilidad en sus acciones a quienes cobran ingresos millonarios de empresas que llevan a la ruina, ya sean públicas o privadas. O más control de una banca, que se puede hundir, sí, pero con banqueros que siempre ganan, con sus indemnizaciones millonarias.

La economía de España es más pobre, y posiblemente no queda más remedio que reducir el bienestar de toda la población. Pero el consenso que está en la calle es que pague más quien más tiene, no los pensionistas, los parados o quienes sostienen con su trabajo diario y buen hacer el Estado de Bienestar (casi tres cuartas partes del empleo público se dedica a salud, educación y orden público, precisamente los profesionales mejor valorados por la población). Los políticos tendrán que decidir con quien buscan el consenso, si con los “poderes fácticos” controlados por pilaristas y señores de provincias o con la gran mayoría de la población española.

Se dice que estamos viviendo la política del miedo, y que todas estas reformas regresivas a las que estamos asistiendo se sustentan en el miedo de la población a empeorar su situación. Pero el miedo puede ser de ida y vuelta. El miedo al movimiento obrero hizo que la burguesía desarrollase el Estado de Bienestar. Ahora que no tienen miedo, lo quieren desmantelar. Habrá que buscar a alguien que los vuelva a asustar.