Consejos para el Congreso de junio

LBNL

Parece que de momento se está imponiendo la cordura y la elección de los delegados para el Congreso Federal del PSOE de los próximos 16 a 18 de junio ha sido fundamentalmente pactada y refleja el (des)equilibrio de fuerzas registrado en la votación que eligió a Pedro Sánchez como Secretario General. Es bueno que así sea porque no tendría sentido que los barones que apoyaron a Susana, que eran mayoría, maniobraran para enviar al Congreso solo a sus acólitos, con el objetivo de plantarle cara al elegido por la militancia. Dada la organización interna del PSOE, lo anterior sería posible, pero desde luego no deseable. Lo cual no quiere decir que Pedro Sánchez vaya a tener el camino limpio y a todo el partido detrás. Ni tiene por qué ser así, porque es el Secretario General no el caudillo omnímodo del partido. Pero conviene que los aparatos provinciales y regionales, con sus respectivos “barones” al mando, jueguen limpio. Porque es de ley y porque la deriva del PSOE sería todavía peor si la guerra interna prosigue los próximos dos años.

Es ahora el momento también de poner en práctica las promesas de la campaña interna, tanto en lo programático, es decir, la actualización del ideario socialdemócrata, como en lo orgánico, lo interno, para tratar de evitar en el futuro un proceso tan traumático como el que hemos vivido.

Para empezar, reordenando lo de las primarias. O las queremos o no las queremos. Pero la elección del Secretario General por los votos directos de todos los militantes no es una elección primaria a la Presidencia del Gobierno y de hecho la imposibilita en la práctica. Como recuerda Jesús Maraña en su reciente libro “Al fondo a la izquierda” en el que relata todo lo acontecido en el PSOE en los últimos años, la elección directa por los votos de los militantes fue una solución de compromiso entre lo que defendía la vieja guardia – elección del Secretario General por votación de los delegados enviados al Congreso – y lo que exigía Eduardo Madina, que era la elección por parte de todos los militantes Y de los simpatizantes, es decir los votantes potenciales del partido. Después de perder contra Rubalcaba en el Congreso de Sevilla, que se decidió solo por los votos de los delegados, Carme Chacón renunció a competir frente a Madina y Pedro Sánchez aduciendo precisamente que no se había aceptado que votaran también los simpatizantes.

Lo suyo sería una única elección abierta, es decir, con un filtro de avales relajado, en la que pudieran participar todos aquellos que se inscriban como simpatizantes y coticen un euro o dos, o cinco, para evitar cachondeos. Ello permitiría que el futuro candidato fuera elegido teniendo en cuenta a quienes van a votarle y no solo a los más fieles militantes, que tienen interés en que su futuro líder tenga opciones de llegar al Gobierno.

Claro está, abrir el voto a los simpatizantes no tiene sentido para la elección a la Secretaría General, que es un cargo interno a dirimir, por tanto, entre los que están dentro. Pero por supuesto, el orden de los factores altera el producto porque nadie vería sentido ahora que, en el supuesto de que Rajoy convoque elecciones anticipadas, el PSOE celebre primarias para elegir al candidato a la Presidencia del Gobierno, y todavía menos si solo participan los militantes. Pero tampoco incluso si fueran abiertas a los simpatizantes porque se plantearía un conflicto innecesario y doloroso si los simpatizantes desautorizan al elegido por los militantes.

Es mucho mejor, sencillo y racional hacerlo al revés. Cuando haya una elección general o autonómica, se convocan elecciones primarias abiertas y a dos vueltas, con participación de los simpatizantes, y se elige con más del 50% de apoyo (al haber doble vuelta) al candidato en cuestión. Esto es lo que vino a proponer Patxi López en el único debate que mantuvieron los tres candidatos hace un par de semanas. Ahora hay que ponerlo en práctica. ¿Y qué hacemos con la Secretaría General? Lo lógico es que una vez elegido el candidato y pasadas las elecciones, se celebre un Congreso ordinario que le unja como líder, si ha ganado, u opte por otra figura si por el contrario ha perdido.

Pero me temo que Pedro Sánchez va a preferir más bien que sigan decidiendo solo los militantes y que la verdadera elección primaria sea la de la Secretaría General. Le ha ido bien las dos veces que lo ha intentado, con y contra el aparato, así que para qué cambiar.

Pedro Sánchez no es en absoluto santo de mi devoción pero ha ganado y tiene el derecho, la responsabilidad y la obligación de dirigir al partido. Y los demás la obligación de cooperar, además del derecho a discrepar, por supuesto, pero no a torpedear. Como Pedro Sánchez tampoco debe gobernar el partido como si fuera suyo, apoyándose en su legitimidad directa y consultando a la militancia directamente cada vez que se le antoje.

De Pedro Sánchez espero poco bueno pero me encantará que me saque de mi error. En cambio hemos tenido varios episodios del aparato conspirando contra el elegido. Y si no, que se lo pregunten a Borrel, que no pudo siquiera llegar a presentarse a las elecciones para las que había sido designado candidato. O a Sánchez más recientemente.

Los susanistas no tienen que pedir perdón y rasgarse las vestiduras por su error y Pedro no debería pasarles a cuchillo, políticamente hablando, claro está, o no tenerles en absoluto en cuenta a la hora de pergeñar el programa del partido. Pero sobre todo, lo que no tienen que hacer los susanistas o los barones, es hacerle la cama al Secretario General. Si no les gusta lo suficiente y piensan que es un vacuo que no nos va a llevar a ninguna parte, que dimitan y dejen hacer. Y si no quieren dimitir, que se pongan a la orden, con sentido común y moderación, sin duda, pero a la orden, en vez de atrincherarse y prepararse a resistir hasta conseguir echarle. Incluso si consideran que lo merece. Sería lo peor para el PSOE y también lo peor para España, que necesita desesperadamente un partido socialdemócrata moderno y fuerte, para desalojar a la derecha del poder lo antes posible, que es muy urgente.