Con sombrero y sin sombrero

Lobisón

Leyendo comentarios sobre la última película de Clint Eastwood, Gran Torino, me he acordado de los tiempos en los que los aficionados discutían si era un mal actor o un gran director. Entonces alguien acuñó un sarcasmo: ‘No es cierto que Clint Eastwood sea un actor de un solo registro: tiene dos, con sombrero y sin sombrero’.

De la misma forma, no se puede decir que la derecha española carezca de propuestas frente a la crisis económica. Tiene dos, las mismas que para los momentos de prosperidad: bajar los impuestos y abaratar el despido. Pero antes que hablar de ellas prefiere atacar al gobierno alegando que va de improvisación en improvisación, que la respuesta del gobierno a la crisis es una sucesión de ocurrencias.

Lo malo de esa crítica es que es difícil de rebatir. Frente a una crisis como la actual, con su peculiar y catastrófica combinación de elementos, todos los gobiernos han debido improvisar. Cuando finalmente se haya superado se podrá discutir con perspectiva qué medidas tenían sentido y cuáles eran ocurrencias ineficaces. 

Ahora, en medio del huracán, lo más que se puede decir es que se deben tomar medidas coordinadas para evitar que unos países se beneficien del esfuerzo de otros. Esa parece ser la estrategia de Alemania, convencida de que su mayor competitividad le permite esperar sentada a que las restantes economías europeas relancen su demanda para que se reactiven sus propias exportaciones, mientras el ministro Peer Steinbrück critica el atropellado regreso a Keynes de la UE.

Pero las propuestas de la derecha producen cierto cansancio. Recuerdan al mariscal francés que en La sombra del águila, la novela corta de Pérez-Reverte, siempre recomendaba a Napoleón una carga frontal, fueran cuales fueran las circunstancias de la batalla. Y en este caso su oportunidad es discutible.

Bajar los impuestos para reactivar la demanda y la inversión podría tener sentido. Pero la mal explicada devolución de los 400 euros era precisamente eso, y su efecto parece haber sido muy pequeño porque el problema ya no es la caída del poder adquisitivo a causa de la inflación —que ahora está bajando de forma espectacular— sino la incertidumbre que afecta a todos, desde los trabajadores y las empresas hasta los bancos.

Lo que no se entiende en este contexto es la propuesta de abaratar el despido, con la que se descolgó ya en septiembre el nuevo presidente de la CEOE , Gerardo Díaz Ferrán. Cierto que también habló de abrir un paréntesis en las reglas de la economía de mercado, así que quizá no hubiera que tomarle al pie de la letra. Su razonamiento era que así se igualarían los costes laborales españoles con los de nuestros competidores. Pero en la fase actual de la economía, con un extendido temor de los trabajadores del sector privado a perder el empleo, hablar de abaratar el despido sólo contribuye a aumentar la incertidumbre.

Por otro lado, Díaz Ferrán no explicó cómo se debería hacer el cambio. En 2002, el PP intentó reformar el mercado de trabajo por decreto, y sólo consiguió quemar a un ministro de Trabajo y sustituirle por otro más desenvuelto (Zaplana), que dio marcha atrás en todos los puntos del famoso ‘decretazo’, uno a uno, eso sí, como esos tipos que en los dibujos animados rompen un papel comprometedor y se van comiendo los pedazos. Este gobierno mantiene en cambio el sabio principio de que en este campo no caben las ocurrencias, y que se requiere la negociación con sindicatos y patronal.

Lo más llamativo es que el Fondo Monetario, que debería haber aprendido algo sobre las consecuencias de sus recomendaciones —al menos desde la debacle argentina de diciembre de 2001— acaba de aconsejar también que se facilite el despido en España, junto con reformas para liberalizar los servicios o el transporte. Sobre la opinión de los sindicatos no se hace mención alguna.

El director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, parece conservar la vieja fe en que los economistas poseen un conocimiento absoluto sobre los problemas sociales, y en que la política es siempre algo negativo, un obstáculo para las soluciones racionales que ellos proponen. Ése era el paradigma de los años noventa, pero parece poco realista pedirnos a estas alturas que mantengamos esa fe.

Por cierto que los gobernantes de los países que más recomendaciones del Fondo debieron sufrir, en América Latina, se acuerdan muy bien de las consecuencias del plan de ajuste que Carlos Andrés Pérez intentó introducir en Venezuela en 1989, sin política, negociación ni consenso. Decenas de muertos, una crisis política que acabó devorando al presidente, y la primera aparición en escena, en 1992, de Hugo Chávez, entonces como heroico golpista al servicio del pueblo.