Con el pan (de dios) no se juega

Senyor_G

En alguna ocasión Manuel Vázquez Montalbán rememoraba su niñez y esos sentidos momentos de felicidad al ver llegar a su madre de la compra con el pan y las olivas. En esas pequeñas fiestas familiares desearía que me gustasen las olivas, como cuando el Senyoret me las pide y disfruta desde mucho más allá de su media vida, pero no sería capaz de semejante esfuerzo. Disfruto del pan, de pellizcarlo si es de barra, recién comprado en la panadería y repartirlo si me acompaña el Senyoret como si fuese nuestro secreto y nadie nos fuera a pillar en la travesura. Eso si fuese en una comida con mi madre, lo más crujiente del pan, el principio y el final serían para ella. 

Volver de alguna compra y dejarle el porte de la barra al Senyoret y hablar y preguntarme y rezagarse y de un tiempo a esta parte soñar despierto. Jugar que es otro, que es un héroe no sé dónde y volverse un valiente guerrero o guerrillero o soldado de la república al servicio de Leia o de cualquier otra princesa. O simplemente del bien en frente del mal o de los malos, así en genérico. Historias que construye a retazos de lo que le explican compañeros del colegio o pequeñas migajas de información de estar por casa. Es curioso lo casi innato de hacer de todo un arma a esas edades y combatir con sus 5 años casi 6, y creerse el más fuerte. 

Pero si cuando lleva la barra la convierte en un arma por ahí no puedo pasar. !Unai, no hagas eso con el pan! Y le diría otra cosa y más cuando me pide explicaciones. Y se las doy, pero no habría mejor resumen que aquel de que con el pan (de dios) no se juega. ¿Por qué? Pues porque con el pan no se juega, y punto pelota. Pero no, le razono y no sé si le queda claro como me quedaba a mí. Lo de dios añadido al pan no lo escuché en mi casa, sí quizás a mis primos o mis tías, pero en cualquier caso hasta se lo diría tal cual: con el pan de dios no se juega. 

En casa, en casa de cuando vivía con mis padres, se era más bien ateo y de una anticlericalismo razonable. Eso sí, alguna vez he visto a mi padre preocupado por mi tibieza agnóstica. Preocupación razonable como no podía ser de otra manera para no caer en una beatería ateísta. Más razonable y razonada que la de mi madre, más dada a reírse de estas cosas cuanto más solemnidad tenga el momento. Eso sí, mi madre aprovechaba mi buena voluntad a cumplir con las normas cristianas, con otros padres ahora viviría en El Vaticano, y comíamos verdura los viernes de la cuaresma para hacer la abstinencia de carne que marcaban los cánones de Roma, los que valen para ser católico. He madurado y ya como verdura más alegremente, de lo otro también y tardé menos, y ahora echo de menos lo de darse la paz al final de la misa.

La verdad que el Senyoret come bien y de todo, así que no hay cuaresma para que coma también verdura. Sería difícil de aprovechar, no está bautizado y es un tipo formal, si dios al final existe seguro que valorará que no hayamos intentado engañarle me ha dicho siempre mi padre. De todas formas sí que a veces pienso que estaría bien recuperar lo de bendecir la mesa y dar las gracias por los alimentos que vamos a recibir. Digo recuperar  pero del cristianismo, en mi casa nunca se ha bendecido y de tanto en tanto recuerda mi madre cuando era joven y fue a ver a unos parientes en Valladolid y le pilló a traición la bendición de la mesa del cabeza de família. Casi se atraganta con ese humor suyo sobre lo que le parece ridículo y aguantó dignamente como pudo, pero debió ser un gran mal momento. 

Sí, así como a algunos les da por recuperar ancestrales y lejanas religiosidades de relación con la naturaleza de algunas tribus indígenas lejos de Europa, no me importaría rescatar el no dar por supuesto el tener comida todos los días como tenemos. Y en la forma y cantidades que los tenemos. Me parecería algo importante a transmitirle al Senyoret, no lo ha sido en nuestra historia y no lo es a nivel mundial, no siempre se tiene pan, agua y techo como lo tenemos en casa.  ¿Cómo hacerlo? Eso ya es otra historia, pero alguna historia no vamos inventando para recuperar la dignidad del pan, de ciertas austeridades y celebrar que tenemos lo que necesitamos en la mesa.