Comparaciones odiosas

Lobisón

Bajo este mismo título publicó ayer una columna en El País Ignacio Sánchez-Cuenca. Se trata de comparar la evolución y la situación actual del PSOE y del partido laborista, partiendo de que este tipo de comparaciones son siempre injustas. Y el rasgo que más salta a la vista de esa comparación es que los laboristas británicos llevan 10 puntos de ventaja en los sondeos a los conservadores, mientras que el PSOE sigue por debajo del PP pese al desplome de éste por debajo del 30%.

La posible explicación de esta diferente situación vendría de otros dos rasgos, el cambio de liderazgo y la apertura de un debate sobre nuevas ideas, que se habrían producido en el caso británico pero no en el PSOE. (Al menos a esta conclusión podía llegar un lector de primera hora, que se hubiera enfrentado al artículo de Sánchez-Cuenca mientras desayunaba o, peor aún, sólo con un café en vena.) Sin embargo, reconociendo que las comparaciones son odiosas y que quizá esta interpretación sea inadecuada, se pueden hacer dos observaciones.

Ciertamente los dos candidatos a sustituir en el liderazgo a Gordon Brown, tanto Ed Miliband, el ganador, como su hermano David, habían formado parte del gobierno de Brown. Pero éste no había introducido un giro radical de los estímulos keynesianos a la política de austeridad, como hizo el gobierno socialista español a partir de 2010. Y es posible por tanto que la ventaja laborista en las encuestas sea consecuencia del malestar por la política de austeridad de Cameron, innecesaria según muchos expertos ya que el Reino Unido no tenía problemas de financiación de la deuda, y cuyos efectos han sido pésimos a corto plazo: recesión y crecimiento del paro, además de haber conllevado el incumplimiento de las promesas electorales del partido liberal de Nick Clegg, socio de Cameron en el gobierno.

Una posible interpretación, entonces sería que si Zapatero hubiera sido el candidato, y sólo después de la derrota le hubiera sustituido Rubalcaba, las expectativas de los socialistas españoles serían otras. Y una segunda posibilidad sería que la sombra del giro de 2010 es demasiado larga para permitir la recuperación mientras el PSOE aparezca asociado al recorte de las políticas sociales. No es evidente que un simple cambio de liderazgo pudiera bastar entonces para recobrar el impulso: se precisaría un líder fuerte y a la vez desconocido, no vinculado con el período anterior. Lo menos que puede decirse es que los mirlos blancos no abundan.

Mucho más discutible me parece la tesis de que los laboristas tengan entre sus bazas haber impulsado un nuevo debate de ideas, pasando de defender la redistribución a un nuevo concepto de ‘predistribución’. Como señala Sánchez-Cuenca, ‘estas ideas abstractas necesitan plasmarse en un programa político’, y mientras tanto cabe considerarlas simplemente uno de esos juegos de palabras a los que son tan aficionados los politólogos y asimilados, pero que es difícil que atraigan el interés del público, de los electores. En 1997 el New Labour propuso una enseñanza pública de calidad para todos, y lo tradujo en una promesa: no más de 20 alumnos por clase. ¿Cómo se traduce en la práctica la ‘predistribución’?

El problema es que los laboristas pueden hacer juegos de palabras gratis porque no tienen el problema financiero que tiene España. Los socialistas, en nuestro país, se están limitando a una estrategia defensiva porque mientras no vuelva a funcionar el crédito, o sea, mientras no adelgace drásticamente la prima de riesgo, los ciudadanos no quieren que les quiten sus derechos, pero no ven alternativas a la austeridad que propuso en primer lugar un gobierno socialista. De forma que la pelota está en el campo europeo, y mientras tanto la impaciencia puede ser muy comprensible pero sólo conduce a la desesperación.