Cómo romper un país

Lobisón 

Casi lo único que se puede decir en defensa de Yanukovich, un personaje al que el propio Putin probablemente desprecia, es que Ucrania ya estaba dividida cuando él llegó al poder. Los intereses y preferencias de la región suroriental, rusófila, eran difíciles de conciliar con los de Kiev y la región occidental, proeuropea. Lo que indudablemente fue un error que agravó esta división fue abandonar las negociaciones con la UE en el último momento para arrojarse en brazos de Gazprom y Putin, pero este giro brusco —en una personalidad más dada a las vacilaciones que a las sutilezas— bien puede entenderse recordando la escasa entidad de los apoyos económicos ofrecidos entonces por la UE.

En la cicatería de la UE podían pesar distintos elementos, desde una fe desmesurada en el atractivo de los valores que adjudicamos a esta comunidad —libertad, democracia, apego al Estado de derecho— hasta el deseo de evitar entrar frente a Rusia en una subasta que sólo capitalizaría un gobierno tan poco fiable como la cleptocracia de Yanukovich. Pero es inevitable la sospecha de que el virus de la austeridad ha cegado a la UE hasta el punto de no entender que la magnitud de los problemas económicos y políticos de Ucrania exigía una apuesta económica más audaz si se quería que el país se inclinara por Europa.

Sólo ahora, cuando se juega no sólo el futuro de una Ucrania maltrecha, sino el mucho más maltrecho prestigio de la propia UE, parece haberse impuesto cierta voluntad de riesgo económico para tratar de consolidar el proyecto de una Ucrania democrática. Queda por ver si esa capacidad de riesgo se traducirá a un plazo razonable en las interconexiones de gas necesarias para sacar al país al cerco energético al que le van a someter Putin y Gazprom. Porque no se trata sólo de la subida de precio del gas ruso, sino de las reclamaciones que Rusia ha anunciado.

Ahora que Sebastopol ya no es una base naval rusa en territorio ucraniano, desaparece el descuento que antes obtenía Ucrania por su alquiler a Rusia, y que Moscú tasa en 11.000 millones de dólares durante los últimos cuatro años. El razonamiento es bastante sorprendente: me quedo con toda Crimea y me devuelves lo que te estaba pagando hasta ahora en concepto de alquiler por la base de Sebastopol. Imaginen que alguien propusiera algo similar en el caso de las viviendas: ocupo todo el edificio y me devuelves los alquileres —o pagos de la hipoteca— que te había venido pagando por mi piso.  

¿Habrá un cambio real de percepción en Bruselas? Cabe el temor de que sea demasiado lento y de que llegue demasiado tarde, pero no se debería descartar que la crisis de Ucrania contribuya a que la UE salga de su sueño —pequeño burgués, que se decía antes— de que su supuesta superioridad moral y su atractivo son suficientes, sin poner ni arriesgar dinero, para atraer e integrar a otros países. Los españoles podemos dar gracias al cielo de que a comienzos de los años ochenta Europa y Alemania no hubieran caído todavía en ese delirio.