Cómics, pelis y otras zarandajas

Marta Marcos 

Hace unos días, aparecía reflejada en algunos medios de comunicación la polémica suscitada en torno a la reedición del cómic Tintín en el Congo, publicado originariamente en los años 30 del siglo pasado, y cuyos contenidos se consideran racistas por muchos por sacar a los nativos como gente ingenua e infantil. Su autor, Hergé, se defendió en su momento de las acusaciones de racismo, asegurando que era la visión que se tenía de los africanos a partir de la información disponible en aquella época. Las plémicas sobre lo que es correcto o no,  racista, sexista, delictivo o simplemente impertinente son el pan nuestro de cada día. La semana pasada, sin ir más lejos, un juez español, a instancias de la Fiscalía General del Estado, ordenó el secuestro judicial de los ejemplares del número de la semana de la revista El Jueves a cuenta de la portada conocida por todos, por considerar que había indicios de delito contra el heredero de la Corona, nada menos.

Por otra parte, hace año y medio, unas caricaturas de Mahoma publicadas en un periódico danés de derechas levantó una auténtica polvareda, con protestas en países musulmanes, y con problemas para algunos medios que reprodujeron posteriormente las famosas viñetas, como fue el caso de algún semanario francés. 

Estas situaciones y otras muchas que puedan recordar ustedes con el abanico en una mano y el botijo en otra, me llevan a preguntarme (puro ejercicio veraniego) dónde están los límites del buen y del mal gusto, de lo tolerable y lo intolerable, e, incluso, del delito. Peliaguda cuestión, pues no sólo entran en juego las diferencias culturales actuales, sino que los parámetros han variado notablemente a lo largo de estos últimos cien años.

Uno de los terrenos ´más resbaladizos es el de las razas (cómo detesto esta palabra), nacionalidades, culturas o religiones. En este punto siempre recuerdo a la criada de la señorita Escarlata, en la película Lo que el viento se llevó, con un acento que en la versión original se supone que era sureño, pero que en el doblaje sonaba más bien cubano. Casi todos los negros de las películas de aquella época tenían acento cubano, y además eran criados o, como mucho, tocaban jazz. 

Peor suerte corrían los indios, en las películas del Oeste, donde siempre llevaban plumas en la cabeza, y decían aquello de “Jau, yo ser Pies Negros�. Por supuesto, eran malos de solemnidad, arrancaban cabelleras a las señoras y otras perrerías similares o peores. Los chinos no eran capaces de decir una erre ni de casualidad, y llevaban siempre trenza, y qué decir de los sudamericanos: siempre eran de México, como Cantinflas, y llevaban esos sombreros tan graciosos…   Las cosas han cambiado mucho. Los malos, una vez que ha caído el Muro de Berlín, suelen ser árabes o mafiosos del Este de Europa (que antes eran directamente espías). Los negros ya no son negros: son afroamericanos o subsaharianos, y se dedican casi a las mismas profesiones que los blancos. En las series televisivas, sobre todo las de Estados Unidos, entre los protagonistas suele haber siempre un blanco, un negro (bueno, un afroamericano), un latino, y, a veces, un asiático, por lo general, chino o coreano. A cambio, el mestizaje anda de capa caída. 

Sin embargo, donde más se ha notado el cambio en los contenidos de libros, cómics, revistas, películas o programas de televisión es en el siempre delicado asunto del sexo, y no sólo en la todavía más espinosa cuestión de las orientaciones sexuales. Así, en las novelas de antaño, todo lo más que sucedía es que el protagonista le daba un beso en la frente a la protagonista. Y por supuesto, en películas y series de televisión, había que poner a trabajar la imaginación a destajo. 

Muchos tabúes se han roto y eso es bueno, pese a que existe todavía mucho recatado que se escandaliza con cualquier escena un poco erótica o picante, aunque luego no ponga objeciones a Rambo o Terminator. Eso sí, no puedo por menos de pensar en las palabras del maestro Billy Wilder, hombre nada pacato, y considerado como un Dios por Fernando Trueba. Y es que la falta de límites no se traduce siempre en calidad (no hace falta pensar únicamente en los bodrios de Esteso y Pajares). 

Wiler se refría a las limitaciones o, más directamente, a la censura en temas sexuales imperante durante décadas incluso en países democráticos como Estados Unidos (de España, mejor no hablemos, con ese señor que iba bajo palio y era caudillo por la gracia de Dios, algo que no molesta a los que se escandalizan con la asignatura Educación para la Ciudadanía). Explicaba que tenían un efecto positivo y era el de estimular la imaginación de guionistas y directores, que tenían que insinuar, sugerir, incitar, decir sin decir. Aseguraba que una puerta cerrada en una película podía resultar mucho más excitante que una escena de cama más explícita. Aseguraba que echaba de menos, en el cine actual, ese jugar con la imaginación del espectador.

Respecto a las orientaciones sexuales, el cambio también ha sido abismal. Rara es la serie sin su personaje homosexual, y proliferan las películas en las que la heroína tiene un amigo íntimo homosexual que escucha, con infinita paciencia, las confidencias de la prota. Este cambio, como los otros mencionados, es muy positivo, qué duda cabe, aunque a veces resulta un pelín molesta la tendencia a sacar a los homosexuales con pluma y a las lesbianas un tanto hombretones. A veces nos libramos de unos tópicos para caer en otros. 

Como verán, los límites no sólo son difusos, sino que cambian a la velocidad del rayo. Antes, en las películas nadie decía palabrotas (a no ser que fuera un personaje torturado, o el malo de la historia), y en cualquier sitio, todo el mundo se trataba de usted. Ahora, muchas convenciones han volado por los aires. Un soplo de libertad siempre positivo, aunque luego haya que discutir la cuestión de si eso se traduce en mayor calidad. 

¿Y qué pasa con los libros, películas o cómics de antaño? Las obras de calidad siempre resistirán el paso del tiempo, y supongo que lo más sensato es acercarse a ellas con una cierta perspectiva histórica, con la conciencia de que los usos y costumbres cambian a una velocidad a veces vertiginosa, aunque otras cosas, para bien o para mal, siempre permanezcan.