Colombia: de la necesidad, virtud

LBNL

El pasado domingo muy poco más de la mitad del 40% de los colombianos que estaban llamados a votar (es decir, un 20% del censo) lo hizo en contra del acuerdo de paz alcanzado por el Presidente Santos con las FARC. El huracán que impidió a muchos votantes de las “pro-SI” zonas del Caribe, la altísima abstención, el escaso margen de victoria del no y el combativo liderazgo del polo del NO por parte de los ex Presidentes Uribe y Pastrana – ideológicamente “antipódicos” pero unidos en la frustración del fracaso de sus propias iniciativas negociadoras – matizan pero no invalidan el resultado. Afortunadamente tanto las FARC como el Gobierno han confirmado la voluntad de mantener el alto el fuego bilateral y han aceptado una posible renegociación de algunos aspectos del acuerdo, señaladamente la controvertida cuestión de la impunidad parcial para crímenes de guerra y lesa humanidad: el acuerdo prevé penas sustitutivas, es decir, no de cárcel – confinamiento, etc – para los que confiesen sus horrendos crímenes. Frente al pragmatismo del Gobierno que abogaba por no perseguir un acuerdo más justo para no poner en peligro la consecución de un arreglo razonable que pusiera fin a las más de cinco décadas de guerra, se ha impuesto la frialdad de los que preferían un acuerdo más duro, bien por una cuestión de principios, bien porque la debilidad estratégica de las FARC permitía exigirles más.Sigo pensando que el acuerdo de La Habana era suficientemente bueno y que más habría valido aprobarlo, entre otras cosas porque está por ver si la renegociación puede llegar a buen puerto y, en todo caso, cuánto tiempo llevará. Ya ha habido otras oportunidades de paz malogradas en el pasado y los riesgos son muchos, también por los muchos que viven mejor en situación de guerra. Pero haciendo de la necesidad virtud, la reacción constructiva de las FARC permite alumbrar la esperanza de que todo pudiera acabar bien, en cuyo caso el resultado final será todavía mejor del previsto. Esperemos.

Incluso si todo sale bien – los negociadores en La Habana acuerdan ciertos retoques y el Congreso, incluidos los representantes de parte de la derecha, los valida – la puesta en práctica del acuerdo será muy complicada. De una parte, es predecible que algunos “frentes” de las FARC no se desmovilicen o lo hagan sólo parcialmente, con centenares de guerrilleros optando por integrarse en las “BACRIM” (bandas criminales) locales como ya pasó cuando la desmovilización de los “paras” auspiciada por Uribe (curiosamente el alto grado de impunidad acordado no era un problema para Uribe entonces). De otra, el acuerdo de paz incluye algunas reformas absolutamente indispensables para que Colombia mitigue su altísimo índice de exclusión social (como la agraria) que resultarán muy caras y complejas de aplicar. Y luego están los millones de desplazados (¿tres millones? ¿cuatro?) que querrán volver a sus antiguas casas y encontrarán en muchos casos a otras personas viviendo en ellas, algunas incluso habiéndolas adquirido de buena fe. En fin, en el mejor de los casos no resultará sencillo revertir los daños de más de cincuenta años de guerra civil.

Lo anterior habría resultado igualmente difícil de haber ganado el sí. Pero ahora le añadimos una dificultad más.

Sin embargo, suponiendo que la renegociación llegue finalmente a buen puerto, tendrá la ventaja de que habrá integrado en la negociación a la mitad de la población políticamente activa que por unas razones u otras se oponía al acuerdo de La Habana. Uribe no es santo de mi devoción – le conocí en persona y su brillantez no empaña su populismo primitivo – pero algunas de las críticas al acuerdo eran y son perfectamente legítimas, incluso de haber ganado el sí. La más seria, a mi juicio, es la de que Colombia no puede unilateralmente conceder beneficios jurídicos en violación de los acuerdos internacionales que ha ratificado. El mismo argumento utilizó el Juez Garzón contra Pinochet a cuenta de la imprescriptibilidad del delito de torturas. Daba igual que Chile hubiera decretado una amnistía: la tortura no es amnistiable y no prescribe. Otra cosa es que después España haya desestimado una denuncia argentina a cuenta de lo mismo contra Billy “el niño” y compañía, pero eso es otra historia.

Desde los juicios de Nüremberg convinimos que había cosas que serían castigadas por la ley internacional incluso cuando el ordenamiento jurídico nacional las considerara legales. Desde el establecimiento del Tribunal Penal Internacional, los crímenes de guerra entran en dicha categoría. Si un Estado se niega a enjuiciarlos, o no puede, cabe acudir al Tribunal para que los enjuicie. Así que Colombia probablemente no podía hacer al menos parte de las concesiones que hizo en aras de la paz. Ello no quiere decir que no pueda hacer ninguna concesión. Reservar escaños en el Congreso a antiguos guerrilleros es plenamente potestativo. Reducir las penas por buen comportamiento también. Incluso conmutarlas tras la condena. Pero la justicia transaccional tiene límites y debe mantener algo más de justicia, particularmente frente a los peores crímenes. También para los que los cometieron en nombre de la lucha contra el terrorismo, no sólo para los asesinos de las FARC.

En todo caso, el Presidente Santos y su equipo fracasaron a la hora de movilizar a la opinión pública. Quizás fue un exceso de confianza, quizás maniqueismo excesivo. No era correcto afirmar que los que se oponían al acuerdo estuvieran en contra de la paz. Prácticamente nadie está en contra de la paz. Se está o no en contra de unos términos concretos y los propuestos estaban lejos de ser perfectos, como el mismo Gobierno admitía, pero eran los únicos posibles. Ojalá no lo sean y se encuentre una salida que, de alcanzarse, será sin duda mejor que la previa, tanto porque reducirá el margen de impunidad como por ser más inclusiva.

En todo caso, confiado o arrogante en exceso, o incapaz, Santos merece todo mi apoyo. Hace sólo unos pocos años pasaba por ser el adalid de la derecha colombiana más dura o acaso hemos olvidado su desempeño entusiasta como Ministro de Defensa de Uribe, combatiendo a las FARC sin denuedo y engañándolas para sacar a Ingrid Betancourt de su secuestro con un helicóptero marcado con una gran cruz roja, todo bajo consejo de expertos israelíes. Pero a diferencia de Uribe, terrateniente paisa – hijo de cacique asesinado por las FARC – que hizo carrera política en el Medellín y la Antioquia asoladas por el narco terrorismo de Pablo Escobar, que a todos mataba sin que se sepa de ninguna intentona contra el bueno de Álvaro, Santos es un patricio bogotano que quiere explotar la excelencia de Colombia, la ilustración de su clase media y la sofisticación de su cultura, para lo cual es necesario alcanzar la paz cuanto antes, antes que acabar a sangre y fuego con el último guerrillero.

Yo me convertí al “santismo” cuando el supuesto “facha” subió a las montañas a ceremoniar su investidura rodeado de indígenas paupérrimos. Y me he ido adhiriendo todavía más a su causa a lo largo de su trayectoria posterior, llena de errores e impotencias, como no podía ser de otra manera en un país tan complejo y con tantas limitaciones como Colombia – subdesarrollo, corrupción, narco tráfico, desigualdad…

A su favor, Santos tiene su coraje político y su clarividencia, además del apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea y las Naciones Unidas. El referendum le ha dejado tocado pero esperemos que no hundido. Y las FARC, esas mismas que desaprovecharon la oportunidad que les dio Pastrana descolgándose con exigencias absolutamente inviables, saben bien que no son lo que eran. Su triunfalismo al celebrar el acuerdo emitió una señal negativa a la opinión pública pero al mismo tiempo hizo evidente su debilidad. Su inmediata reacción constructiva al NO parece indicar que son muy conscientes de sus limitaciones. Esperemos.

Lo mejor es enemigo de lo bueno, se suele decir. No siempre. En este caso, lo bueno era lo suficientemente poco malo como para compensar sus insuficiencias frente al riesgo de la perpetuación de la guerra civil en la que siempre sufren los más débiles, esos mismos que votaron en masa a favor del Si. Pero no ha sido posible así que habrá que ir a por lo mejor, con todos los riesgos que ello conlleva. Ojalá resulte.