Colombia avanza hacia la paz

LBNL

¿Dónde están los que, más listos que nadie, predecían que las FARC nunca se desarmarían? Porque aunque el proceso de paz en Colombia parece haber desaparecido del radar informativo, como casi todo lo que va bien, en los últimos meses las FARC se concentraron en las zonas acordadas y se han desarmado conforme a lo acordado en presencia de observadores internacionales, Guardias civiles españoles incluidos.

El Presidente Santos fue Ministro de Defensa de Uribe y en calidad de tal, combatió a la guerrilla sin denuedo, con ayuda norteamericana y esgrimiendo un discurso de firmeza total frente al terror. Uribe pensó que sería su mejor sucesor pero rápidamente empezó a discrepar de su forma de conducirse una vez al mando del país. Uribe tiene un pasado muy oscuro de connivencia con el narco y el paramilitarismo y un ego muy grande, que probablemente le habría llevado a enemistarse con cualquier sucesor, pero además, Santos dejó claro desde el minuto uno, cuando celebró su investidura en lo alto de una montaña con representantes de varias tribus indígenas, que él iba a hacer las cosas a su manera. No sólo con la guerrilla.

Su otro gran éxito además del proceso de paz con las FARC, ha sido su gestión serena del caos venezolano, que estuvo a punto de provocar una guerra fronteriza – ¿recuerdan el concierto por la paz en el puente con Shakira, Juanes y Miguel Bosé?. Antes Chávez y luego Maduro le insultaron, le han provocado y han llegado incluso a cerrar la frontera. Santos gestionó siempre la difícil convivencia con buenas palabras y firmeza, acogiendo a decenas de miles de refugiados venezolanos. A los locos hay que saber llevarlos. Santos ha sabido hacerlo mientras Uribe tronaba tambores de guerra a golpes de twitter, al más puro estilo Trump.

Ni siquiera la derrota en el referéndum pudo con Santos. Supo leer perfectamente la situación, consiguió acordar con las FARC concesiones adicionales y consiguió que el Parlamento refrendara casi por unanimidad el acuerdo enmendado. La inmensa mayoría quería la paz pero eran legión los que no creían que las FARC fueran a cumplir con lo acordado. Buenas razones tenían. Tan buenas como las de los que temían que los muchos que, en el lado del Estado, vivían mejor al calor de la guerra iban a hacer descarrilar el proceso como en las ocasiones anteriores.

Santos ha sabido conducir la nave sin estridencias y hoy las FARC están desarmadas y empezando a proseguir su “combate” exclusivamente por vías políticas.

La paz no es Justicia necesariamente pero si la mayor aproximación posible a la misma. Nadie va a devolverle la vida a las miles de víctimas de las más de cinco décadas de conflicto armado.

De un bando o del otro. Porque no conviene olvidar que si bien en los últimos tiempos las FARC se habían convertido en una guerrilla meramente terrorista y connivente con el narco, en su origen fueron una reacción campesina liberal ante la represión conservadora que siguió al asesinato de Gaetán. Y los millones de desplazados por el conflicto, que aúpan a Colombia al segundo lugar del ranking mundial solo por detrás de Siria, no lo han sido solo por las FARC sino también por los paramilitares que les arrebataron sus tierras a sangre y fuego y que ya tuvieron su propio proceso de desmovilización a cambio de impunidad relativa. Orquestado por Uribe, no conviene olvidar.

Las dificultades eran enormes y siguen siéndolo. Los costes económicos también, incluidos los de la muy necesaria reforma agraria en un país tan desigual como Colombia. Y las posibilidades de descarrilamiento no han desaparecido. Pero Colombia, con Santos al timón, avanza hacia la paz decididamente para sorpresa de los muchos que pensaban que jamás se habría conseguido llegar tan lejos. Premio Nobel de la paz completamente merecido por tanto.