Colgados de la brocha

Senyor_J

Tomamos prestada la expresión utilizada recientemente por algún opinador de este medio para afirmar que la coalición de Podemos Unidos y sus confluencias cosecharon en la jornada del 26 de junio un fracaso sin paliativos. Fue un fracaso por el número de votos recogidos, ya que se perdieron 1.200.000 votos respecto a lo que por separado habían cosechado las fuerzas políticas mencionadas en las elecciones del 20 de diciembre.  Fue un fracaso en la tentativa de poner fin al reinado del bipartidismo en España, ya que no se llegó siquiera a un final ajustado: todo lo que se consiguió fue acortar distancias en el número de escaños, gracias a un nuevo retroceso de la representación socialista. Y lo que es más importante, fue un fracaso estratégico que marca el fin del relato del cambio como lo conocíamos hasta ahora.


En las cuartas elecciones de ámbito general a las que se presentaba Podemos, ese crecimiento ininterrumpido que se atribuía a las fuerzas del cambio entró fuertemente en crisis. De repente, contra lo que las encuestas de los días previos indicaban, las fuerzas confluyentes dejaron de ser ese adversario implacable que recortaba cada vez más distancias a los dos partidos principales. Las razones de dicho cambio de tendencia serán sin duda variadas y puede ahondarse en diferentes líneas interpretativas, pero resulta especialmente interesante centrarse en algunas de ellas.
Primeramente hay que señalar que algo estaba cambiando los días previos a las elecciones. Los sondeos clandestinos de Andorra y algunas encuestas antes que ellos apuntaban claramente que el porcentaje relativo de votos al que aspiraba este espacio se estaba reduciendo y que el sorpasso no estaba en modo alguno garantizado. Dichas evidencias surgían en medio de una campaña en que se observaban carencias a la hora de marcar perfil propio. Si durante el 20D, en un contexto de fuerte movilización electoral, Podemos fue valiente en sus discursos, montó grandes eventos en campaña y su líder, Pablo Iglesias, fue capaz de emocionar al electorado en el minuto de oro del debate a tres, esta vez no ha habido ni emoción, ni valentía, ni Pablo Iglesias ha sido capaz de cautivar. Ha sido una campaña llena de conceptos manejados erráticamente (como patria o socialdemocracia, por citar los más conocidos), en la que de tanto ir a asegurar, se ha acabado perdiendo. Los líderes de Podemos han olvidado que sin su capacidad de emocionar, de denunciar y de señalar con el dedo, no son muy distintos de otro partido y eso no solo les resta especificidad, sino que les convierte en una opción más entre las que elegir y a la que descartar. Puede que todo ello haya desmejorado la imagen y la confianza en Podemos en un contexto que ya venía complicado por la repetición electoral.
Respecto a la coalición Unidos Podemos, si bien fue abrazada con entusiasmo por la mayoría de componentes de ambas partes, es evidente que no ha cuajado electoralmente, seguramente porque tampoco había cuajado políticamente, como señalan decisiones  discutibles como hacer campaña por separado o actitudes tan increíbles como los menosprecios de gente tan relevante como Francisco Guarido (alcalde de Zamora), Gaspar Llamazares o Cayo Lara, que se han comportado como auténticos boicoteadores de la misma. Es probable que no haya habido suficiente tiempo para cerrar los abismos que en meses anteriores habían separado a las partes, pero lo que es seguro es que este modelo de confluencia tiene muy poco que ver en imagen, contenidos y proyección al que emiten los exitosos modelos de Cataluña, Valencia y Galicia. Sin magnificar tampoco la calidad de la mismas, Unidos Podemos no ha pasado de ser una coalición de intereses electorales que carece de referentes propios distintos a los dirigentes de los partidos que la conforman y que no se insiere en dinámicas más amplias de movilización y confluencia ciudadana.
Otro elemento que no puede dejarse de lado es el balance político de los  escasos meses que ha durado la legislatura. En opinión de muchos analistas, la llegada al Congreso no ha sido buena ni para Pablo Iglesias, al que se le atribuyen actitudes arrogantes, ni para Podemos y las confluencias, en la medida que han acabado alineados con el PP al impedir la formación del gobierno de PSOE y Ciudadanos. Tales argumentaciones no dejan de ser capciosas, pero la verdad es que la pérdida de esa cantidad de votos solo puede explicarse desde la perspectiva de que electorado que había votado a Podemos, confluencias e IU es muy plural y del mismo modo que presumiblemente una parte puede haber castigado la formación de la coalición, también otra se ha distanciado al convocarse nuevamente elecciones y no haber contribuido a resolver la formación del gobierno a la primera. Más aun cuando el relato de las razones del fracaso ha sido objeto de intensas disputas pero quien se ha visto más expuesto mediáticamente es Podemos, al haberse arriesgado en su momento a formular una propuesta de gobierno a los socialistas con carteras y responsabilidades. A la luz de los resultados parece claro que al PSOE no le ha supuesto un coste importante pactar con Ciudadanos (no se puede decir lo mismo de la formación naranja).
Una cuestión capital que sin duda ha sido clave en estos últimos días de campaña es la territorial. Si las encuestas ya enviaban malas señales, el Brexit lo cambió todo a peor. La decisión de Gran Bretaña de abandonar la Unión Europea generó un viernes de pánico internacional 48 horas antes de unas elecciones a las que Unidos Podemos concurría garantizando un referéndum sobre el derecho a decidir de Cataluña. El Brexit no solo desmentía ese viejo mito de que la simple convocatoria de un referéndum garantiza que salga la opción más deseada por el que lo convoca, sino que hacía vivir en primera persona esa sensación de abismo que se abre tras una decisión de cuyas consecuencias no eres consciente hasta que la has tomado y te van cayendo. La caída de las bolsas o de la libra esterlina y el nivel de estrés político resultante alejaron sin duda a ese votante o potencial votante menos identificado con Unidos Podemos y le decantaron hacia otras opciones más conservadoras de los status quo o hacia la abstención.
Entrando ya en valoraciones del resultado, podemos decir que electoralmente no es un mal resultado:  aunque hayas dependido de un pacto previo, si consigues mantener representación cuando tu principal rival en tu sector ideológico pierde 5 escaños y cuando la cara B de la nueva política pierde 8, cabe reconocer que por lo menos has aguantado y que sigues estando ahí. Pero un aceptable resultado electoral puede ocultar un muy mal resultado político y eso es lo que ha sucedido en esta ocasión. Superar al PSOE para convertirse en una fuerza con verdaderas aspiraciones de gobierno en España era crucial y por el contrario ha sido UP la derrotada y además con una cierta claridad. Eso implica una doble frustración, primero porque no puedes hacer posible la nueva política y después porque esa oleada de cambio cuya venida estas anunciando se queda en agua de borrajas. ¿Cómo volverás a motivar al electorado en este escenario en el que, después de competir e ir a por todas, las primeras fuerzas siguen siendo las de siempre?
Desde la perspectiva catalana el escenario derivado también genera enormes complejidades. El mensaje que ha hecho a En Comú Podem la fuerza más votada en Cataluña ha sido que a través de Unidos Podemos era posible alcanzar el referéndum y que por lo tanto esa era la mejor opción para ejercer el derecho a decidir. Hoy los partidos independentistas proclaman que ese cartucho ya está gastado, que España es irreformable y que la hoja de ruta correcta es la suya. Ello coincide además con una superación completa del atasco escocés. La salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea abre la puerta a la convocatoria de un nuevo referéndum en Escocia que esta vez sí dará pie al surgimiento de un nuevo país y despejará el camino jurídico para reincorporar a la UE a un territorio que ya había sido parte de ella. De este modo, no solo las aspiraciones de ECP de ser una fuerza importante en el próximo Parlament quedan en suspenso, sino que además podemos asistir a una retroalimentación inmediata del conflicto territorial que, gracias a Podemos y a En Comú Podem, había empezado por fin a circular por cauces políticamente más coherentes.
Concluimos, pues, afirmando que lo nuevo entra en crisis de forma clara e inquietante y que lo viejo seguirá reinando, al menos por un tiempo. Hay que agradecer sin duda a los casi 700.000 nuevos votantes del Partido Popular y por supuesto también al resto su claro apoyo a todo lo perpetrado por este partido en los últimos cinco años. También al Partido Socialista ese apego a las viejas formas de hacer política, que pronto descubrirá que le va a seguir sirviendo de poco para los retos que se plantean a corto plazo, con una crisis multinivel que afecta a España, a la Unión Europea y al mundo en general. El electorado ha hablado, es soberano y en su Juicio Final ha dictado sentencia contra Unidos Podemos y las confluencias, pero seguramente el 26J perdimos más de lo que podemos imaginar.