Claridad, no marrullería

Barañain

Todavía coleaba la tramposa ocurrencia de Artur Mas sobre la pregunta a  formular a los ciudadanos catalanes (“¿Quiere Vd. que Cataluña sea un nuevo estado de la UE?”) cuando leemos los términos del acuerdo -el texto de un escueto folio-, al que han llegado el primer ministro británico Cameron y el presidente escocés Salmond para que el parlamento regional de Escocia organice un referéndum vinculante sobre la independencia de esa nación que junto con Gales, Inglaterra e Irlanda del Norte componen el Reino Unido.  La única pregunta en el plebiscito escocés será, según el acuerdo alcanzado, inequívoca: si se está o no a favor de que Escocia abandone el Reino Unido.

Viendo los planteamientos de aquí y de allá y la forma con la que en cada país se ha enfocado el asunto y por mucho que nos disguste reconocer la certeza del tópico es imposible no apreciar el contraste  entre nuestra verborrea ocurrente e irresponsable (¡ah, la pasión española!)  y el  pragmatismo flemático  británico.

 Cierto que también allí se han tenido que sortear trampas y se ha pagado algún peaje. Los nacionalistas escoceses pretendían introducir  una segunda cuestión  para que los ciudadanos se pronunciaran -si es que no había respuesta mayoritariamente afirmativa a la primera pregunta-, sobre la permanencia en el Reino Unido con un grado mayor de autonomía del que ahora disfrutan. Así, los nacionalistas ganaban de cualquier modo. Lógicamente por ahí no ha pasado el gobierno de Su Majestad. A cambio, los promotores del referéndum han conseguido que el referéndum no tenga lugar hasta 2014 (esperan capitalizar el éxito de determinados eventos deportivos que tendrán lugar ese año) y que se amplíe el censo en esta ocasión de manera que puedan participar los jóvenes de 16 y 17 años, a los que los independentistas consideran más favorables a sus tesis. Ya es raro que,  después de tanta murga, sean los unionistas los que quieran que el pueblo se pronuncie cuanto antes y los secesionistas los que lo demoren y no suena muy bien que se modifique la normativa electoral  precisamente para una ocasión como esta pero, como digo, son pequeñas  concesiones en pro de un acuerdo pacífico.

 El pragmatismo británico no sólo contrasta con nuestra tradición. Su simplicidad impresiona de minimalista  si lo comparamos con el tortuoso proceso político vivido en Canadá en relación con las aspiraciones secesionistas en la provincia de Quebec, que se tradujo en la minuciosa “ley de claridad” – la que fija las condiciones en las cuales el gobierno canadiense  podría entrar en negociaciones para la posible secesión de una de sus provincias tras un referéndum -, que a su vez provocó la aprobación de una ley quebequesa en defensa de sus prerrogativas, etc.

( Recuérdese que el origen de esa ley es el referéndum que los soberanistas promovieron en 1995 en el que  plantearon a sus conciudadanos lo que, más que una pregunta clara, parecía una tomadura de pelo:  “¿Está usted de acuerdo en que Quebec debería convertirse en soberano después de haber hecho una oferta formal a Canadá para una nueva asociación económica y política en el ámbito de aplicación del proyecto de ley sobre el futuro de Quebec y del acuerdo firmado el 12 de junio de 1995?”. A pesar del galimatías -o quizás por ello-, los soberanistas perdieron por poco. No se lo esperaban. En vísperas de la votación quisieron tranquilizar a sus rivales asegurando que al día siguiente “todos serían quebequeses” por igual, sin importar lo que hubieran votado. Pero al día siguiente, cuando se vieron perdedores, no proclamaron que “todos eran canadienses” por igual. Simplemente anunciaron que volverían a intentarlo hasta conseguirlo. Eso sí, si lo conseguían, no tuvieron reparo alguno en asegurar que no habría nuevo intento que posibilitara una vuelta a la situación anterior. O sea que, una vez ganada la secesión, no habría lugar para nuevas consultas.)

Sin llegar al retorcimiento de sus colegas quebequeses, Artur Mas plantea una pregunta oscura y tramposa. Oscura, porque lo que se trata de saber, se supone, es si los consultados quieren separarse o no del resto de España para constituirse en una entidad o estado independiente. No si les gustaría, en el caso de independizarse, entrar en la Unión Europea.  Ni está en juego ahora la integración en la UE de una hipotética Cataluña independiente, ni hay una oferta o invitación en ese sentido por parte de la UE, ni ello dependería de la voluntad de los consultados. A Artur Mas le gustaría evitar la dureza de un inequívoco pronunciamiento sobre la separación de España deduciendo indirectamente tal conclusión de una afirmación europeísta. A estas alturas, no valen esas marrullerías ni pueden interpretarse como una invitación fiable al diálogo. Y el diálogo es imprescindible. 

Del referéndum escocés lo más llamativo del asunto es, letra pequeña aparte, que se organiza sobre la base de un acuerdo político previo  con el gobierno del Reino Unido, largamente negociado, sin aspavientos ni palabrería “sagrada”, sin desafíos ni amenazas; un acuerdo facilitado sin duda tanto por la propia historia de la relación actual entre las comunidades que lo forman como por la ausencia de una norma constituyente que defina el sujeto que ostenta la soberanía (ambas, diferencias obvias con el caso español) y respecto al cual, por cierto,  ninguna fuerza política de ámbito supra-escocés se ha opuesto por principio.

Esa es la primera o más importante lección que deberían interiorizar quienes plantean la cuestión como la simple expresión de una voluntad unilateral que el otro necesariamente ha de aceptar, sí o sí, o como si sólo se exigiera  hacer efectivo un pretendido derecho democrático (por más que no haya rastro del mismo en constitución democrática alguna a lo largo y ancho del mundo). Y también quienes afrontan el “desafío” no como lo que es, una cuestión política que requiere un tratamiento político, sino como una cuestión de orden público o seguridad nacional susceptible de resolver blandiendo, simplemente,  el código penal. Sí, la invocación de “sagrados principios” -sea en una u otra versión, más emparentadas entre sí de lo que a sus respectivos valedores les gustaría reconocer-, y el tremendismo deben formar también parte de esa “pasión” con la que, al parecer, se nos identifica colectivamente.