CiU, en la encrucijada

Millán Gómez 

Convergencia i Unió (CiU) es, sin duda alguna, una de las formaciones políticas más importantes de la historia democrática de España. CiU ha sido durante todos estos años un partido imprescindible para la gobernabilidad del país, amén de gobernar durante 23 años consecutivos una comunidad del peso económico y poblacional de Catalunya. Los convergentes siempre se han caracterizado por un acentuado pactismo y pragmatismo que les ha permitido llegar a acuerdos estables con los dos principales partidos de ámbito estatal, PSOE y PP. 

Su capacidad para llegar a acuerdos con otros partidos está fuera de toda duda. No en vano fue capaz de llegar a pactos con el PSOE durante la última legislatura de Felipe González (1993-1996), con el PP en los primeros años del aznarismo (1996-2000), o en el primer cuatrienio de gobierno de Rodríguez Zapatero (2004-2008). El nacionalismo conservador catalán ha sido pues una pieza imprescindible en el puzzle político español de los últimos años. Los dos grandes partidos nacionales han tenido que tender la mano a CiU con el fin de gozar de la estabilidad suficiente para poder gobernar con cierta tranquilidad. 

Además, CiU, al contrario que otras formaciones de los llamados nacionalismos periféricos, siempre se ha mostrado favorable a colaborar en la gobernabilidad del Estado y ha mantenido un más que aceptable respeto a la Constitución, con el ponente constitucional Miquel Roca como máximo estandarte. Su facilidad para llegar a acuerdos y su centrismo más o menos marcado han traído consigo que, muy probablemente, los convergentes sean vistos como la cara amable de los nacionalismos periféricos, el demonio que menos miedo mete. A esta imagen ha ayudado políticos de la talla del anteriormente citado Miquel Roca, Jordi Pujol y más actualmente Durán i Lleida. De sobra es conocido también el interés de cierto sector de CiU por incluso poseer ministros de su partido en el ejecutivo central, hecho descartado en banda por otros nacionalismos. 

Después de tres décadas desde su fundación, CiU se encuentra en uno de sus peores momentos. A pesar de seguir manteniendo una base electoral notable, su situación en la oposición en el Parlament de Catalunya hace que sus defectos sean más visibles. CiU no se ha adaptado a la retirada de Pujol y su delfín Artur Mas no ha sido capaz de obtener los resultados electorales necesarios para gobernar Catalunya. Mas fue designado candidato después de una campaña de autobombo desde su condición de Conseller en Cap y no ha sabido gestionar esa imagen pública en unos resultados importantes. Las próximas elecciones autonómicas en Catalunya serán su última opción para subirse al sillón de la Generalitat. Únicamente los vaivenes del tripartito han provocado que la situación de CiU no sea más grave. 

CiU está en la oposición en Catalunya y a día de hoy su principal plaza política es Sant Cugat del Vallés. No gobierna en ninguna de las cuatro capitales catalanas ni se mantiene al frente de la Generalitat ni parece que a día de hoy su peso en Madrid sea lo suficientemente significativo. Este contexto provoca que las desavenencias internas entre CDC y UDC sean ahora más visibles y notorias.  

Este pasado fin de semana CDC celebró en Barcelona su XV Congreso. En él, Artur Mas intentó sin éxito llevar a su partido a la moderación que siempre le ha caracterizado. El líder de la oposición en Catalunya defiende que CiU es “la casa grande del catalanismo”. La influencia del sector soberanista, encarnado en figuras como Felip Puig u Oriol Pujol, es más que evidente y lucha con ERC por traer para sí los electores más proclives la independencia. 

CiU se encuentra en una encrucijada: mantener su posición tradicional de centralidad política del nacionalismo catalán o bien introducirse en el siempre peligroso terreno del soberanismo. Quizás CiU deba mirar a sus colegas del PNV para conocer qué postura les interesa más. Sería una pena que un partido habitualmente conciliador optara por el unilateralismo y dejara de representar a todos los ciudadanos catalanes, independientemente de su adscripción ideológica. Aunque suene un tanto excéntrico, España necesita a CiU, a la CiU de toda la vida para más señas.