Cinismo y desorientación

Lobisón

Nadie parece tomarse en serio la lógica formal. Un desaprensivo llamado Bob Diamond, dimitido como consejero delegado de Barclays tras las acusaciones sobre la manipulación del Libor, ha sostenido simultáneamente que tal práctica era cuestión de un grupo aislado de empleados del banco y consecuencia de una conversación que el número dos del Banco de Inglaterra (en tiempos de Gordon Brown) había tenido con él. Pero si lo que había llevado a Barclays por el sendero del mal era una consigna del BoE al propio Diamond, no tiene sentido fingir que ignoraba la práctica de sus empleados. Lo que revela esa contradicción es un inmenso cinismo.

Frente a esa falta total de escrúpulos, muchos ciudadanos se refugian en el masoquismo, al menos en España. Resultan deprimentes los comentarios de lectores y oyentes a la decisión de la Audiencia Nacional de admitir a trámite la querella contra los exdirectivos de Bankia: ‘asco de país’, ‘este país es inviable’, y lindezas así. A la vez, muchos de estos comentarios revelan que estas buenas personas ya han dictaminado la culpabilidad de los imputados, y no necesariamente por los delitos de los que se pueden ver acusados, sino por haberse llevado el dinero a casa sin más. No por la forma en que se realizó la salida a bolsa, no por haber vendido a minoristas sin información económica productos financieros de riesgo, sino por un supuesto alzamiento de bienes.

Es bastante comprensible que, en medio de la desolación general, cundan estas actitudes, pero es bastante evidente que conducen a un círculo vicioso: suponiendo que alguna vez haya sentencias en el caso Bankia, es muy poco probable que den satisfacción no ya a los damnificados reales, sino sobre todo a este coro de linchadores profesionales en los que se ha convertido un amplio sector de la opinión pública. Esto no es un esquema piramidal de estafa como el del célebre Madoff, ni los directivos se han apropiado el dinero de los inversores estafados. Pero, al mismo tiempo, los directivos que han seguido cobrando sueldos, dietas y bonus inverosímiles parecen fingir que no han tenido responsabilidad en el desastre, y ese cinismo alimenta la desorientada ira del público.

Sería demasiado pedirles a los ciudadanos que entiendan bien el origen de este galimatías, cuando además un buen número de economistas y políticos atizan la confusión con ideas descabelladas y la absurda comparación de las finanzas públicas con las economías de las familias. Pero seguramente deberíamos ser capaces de explicarles la parábola de los mercados financieros desencadenados, de los financieros que se creyeron los amos del universo cuando la desregulación les permitió enriquecerse desmesuradamente y de la noche a la mañana, y sentirse muy por encima (del resto) de los mortales, incluyendo a los empresarios reales. Debería ser posible señalar que el origen del mal fue permitir que la codicia se convirtiera en un valor a imitar.