Cinco mil muertos que no existen (la guerra tailandesa silenciada)

Dani Farrús 

50 militantes independentistas, fuertemente armados, asaltan una base militar; el intento fracasa, dejando el resultado de 16 muertos (13 de febrero). 

En un fin de semana, hay alrededor de cincuenta ataques perpetrados, supuestamente, también por los independentistas musulmanes del sur del país: atentados con bomba, incendios en torres de señal de telefonía móvil,… (16 y 17 de febrero).

 Tres personas asesinadas en diferentes tiroteos (9 de marzo).

 La mujer de un policía fronterizo, asesinada a tiros (10 de marzo).

 Tres personas asesinadas a tiros en diferentes incidentes el mismo día (19 de marzo).

 El ejército decide destinar 2000 miembros más de los cuerpos armados a la zona conflictiva; este nuevo excedente se desplegará a partir del 1 de abril.

Noticias y más noticias en la prensa tailandesa, pero parece que en ningún sitio más. Los titulares anteriores son todos de las tres últimas semanas, y no son los únicos de este período, de estos últimos días. Y así está el tema por ahí abajo, por el sur-este del país. Cada vez que te interesas por las noticias de Tailandia encuentras referencias al “profundo sur”: atentados, represalias del gobierno, muertos, bombas, torturas, desaparecidos,…

No hay tregua. Desde enero de 2004, han habido unos 12.000 actos violentos, con el resultado de más de 5000 muertos (el número exacto puede estar cambiando ahora mismo) y unos 9000 heridos.

Seguramente nunca habías oído hablar sobre esto. No es de extrañar, incluso hay mucha gente viviendo en Tailandia (extranjeros, se entiende) que no tienen ni idea de este conflicto político y religioso. Mientras se maten entre ellos, y no tengamos ningún interés en el territorio, ya se apañaran.

Entre las continuas noticias de muertos, atentados, represión y acción-reacción, recientemente ha aparecido una que da un poco (sólo un poco) de esperanzas para la solución del conflicto: el gobierno ha reconocido al BRN (Barisan Revolusi Nasional – Frente Nacional Revolucionario; una de las organizaciones que lucha en la zona) como interlocutor; y, hasta han empezado a tener reuniones; la primera hace un par de días, para intentar encontrar puntos comunes, y la siguiente se llevará a cabo el próximo 29 de abril.

Pero, ¿cuál es el problema? La región de Patani, al sur-este  de Tailandia, fronteriza con Malasia y formada por las penínsulas de Pattani, Yala, Narathiwat, y algunos distritos de la provincia de Songkhla, tiene bastantes particularidades, y muchas diferencias con el resto del país.

Por un lado, tiene una larga historia como Sultanato independiente, o ligado con Tailandia pero con una relación especial y manteniendo los sultanes. El año 1909 es cuando se puede considerar que pasa a ser una parte más de Tailandia (perdiendo todos los derechos propios), después de un acuerdo con los británicos (como no, los occidentales siempre en medio).

Por otro lado, esta zona ha sido siempre de mayoría musulmán y, aunque el gobierno ha intentado durante décadas aumentar la población budista, los musulmanes son, aun, el 80% aproximadamente.

También está el tema cultural, étnico e idiomático: la mayoría de la gente de la zona son de etnia malaya, que no está reconocida por el gobierno; y, mayoritariamente, utilizan la lengua malaya con escritura arábica. Este idioma no está reconocido como oficial y, en las pocas escuelas donde se enseña, se hace con la grafía de la lengua tailandesa (a diferencia de lenguas como el japonés o el chino, que se enseñan con sus propias grafías).

Y, también, la marginación por parte del gobierno central, provocando años y años de injusticias sociales y abandono.

Por lo tanto, muchas diferencias y una historia de luchas y revoluciones, de acción y represión. Después de unos años de calma (tensa, pero calma), en el año 2004, por el cansancio acumulado de la gente de la zona, por la creciente represión y marginación por parte del gobierno, y por varios hechos ocurridos aquel año, el más importante de los cuales sucedido en octubre (una manifestación pacífica fue reprimida con una brutalidad sin medida: siete manifestantes murieron por las balas de los represores, y 78 personas murieron ahogadas en los camiones de la policía, dónde estuvieron amontonadas durante horas. Un antes y un después. Resurgió la insurgencia con mucha fuerza y con muchos más militantes y, desde entonces, la lucha no ha parado; con unas cifras, como ya hemos visto, exageradas y que, en otro lado del mundo, merecerían mención diaria en la prensa internacional.

Las organizaciones humanitarias y de derechos humanos acusan a ambos bandos de violencia desproporcionada y de violación de los tratados internacionales: al ejército y la policía tailandeses, por torturas, desapariciones, asesinatos y represión brutal; a los insurgentes, por el asesinato de civiles.

La verdad es que el conflicto se ha ido radicalizando, y se ha ido entrando en un círculo vicioso que ha ido polarizando la zona y haciendo que el círculo de víctimas se vaya ensanchando. Los agentes del gobierno se ensañan con los ciudadanos de etnia malaya, y los insurgentes tienen como objetivos a escuelas y profesores, a los cuales acusan de colaboracionistas del gobierno y difusores de la mentalidad y política tailandesa, a monjes,…a cualquiera que represente a Tailandia y el budismo; aparte, claro está, de los miembros de las fuerzas armadas y del orden, de representantes políticos o de los grupos de voluntarios en defensa de los pueblos, milicias paramilitares de derechas formadas por voluntarios, y que cuentan con el apoyo del Ministerio del Interior.

Pues sí, parece que habrá diálogo, pero parece muy difícil que los independentistas dejen las armas si no reciben compromisos serios que mejoren ampliamente la situación “nacional”, religiosa y social; y, a la vez, es impensable que el gobierno acepte la secesión de la zona o, tan sólo, un referéndum (los resultados de las conversaciones de paz tienen que estar enmarcadas en la actual constitución tailandesa, por lo que algunos de los grupos independentistas se han desmarcado claramente de ellas). Seguramente, pondrán sobre la mesa propuestas tibias para mirar de calmar el tema (la actual primera ministra ya ha lanzado algunas medidas, demasiado simbólicas y poco solventes, como las compensaciones a ciudadanos de etnia malaya víctimas del conflicto, pero mientras la represión y la violencia del estado no para), pero será difícil parar un conflicto tan violento.

Veremos qué pasa. Desgraciadamente, parece claro que la guerra en el “profundo sur” continuará por mucho tiempo, y que el tema continuará absolutamente ignorado por la comunidad internacional.