Cifuentes la cara amable de la misma política agria

Guridi

Cristina Cifuentes empezó a darse a conocer con su manejo de las redes sociales, cuando era diputada en la Asamblea de Madrid. Como uno de los pocos miembros del PP que utilizaban activamente las redes sociales en ese momento, empezó a dárselas de moderna, de simpática, en una época en la que no se nos había olvidado aún lo verdaderamente rancio que es el PP.

Cifuentes presumía de tatuajes, de ser republicana, de estar a favor del aborto, de todas esas cosas de las que gente como Gallardón presume pero no practica. Mucha gente progresista cayó en la trampa. Y con ellos, muchos periodistas, que empezaron a cortejar con adoración a la entonces diputada regional. Sus poses eran tan difundidas que a nadie se le ocurrió darse cuenta de que era la misma que, desde el Comité de Garantías del PP, no veía nada raro en la Púnica, en el caso de los espías, en Fundescam, en Gürtel, en el caso Guateque y en tantos casos que adornan el PP madrileño. Cuando no hay cámaras enfocando, ni se está haciendo una “selfie”, Cifuentes aconsejaba a los militantes del PP que denunciaban la corrupción que se callasen la boca y “que se metieran en la nevera”. Sin embargo, como Cifuentes presumía de “hacerse tatus” y nadie se daba cuenta de esas cosas.

El 15M, en el colmo del cinismo, Cifuentes dice haber estado en las acampadas. Y solidarizarse con los manifestantes. Todavía estamos esperando que alguien diga haberla visto.

Cuando el PP llega al gobierno, desaparece el embrujo en parte y Cifuentes pasa a ser la Delegada del Gobierno de Madrid. Ahí, Cristina Cifuentes alcanza varios récords. Uno es el de salir en la tele, para hablar de lo que sea, diciendo cualquier cosa. Otro es el de repartos de leña por manifestación, donde hasta las colas de jubilados para comer cocidos gratis corrían el riesgo de terminar disueltas a palos.

Cifuentes era parte fundamental del PP corrupto que está ahora en los tribunales. Es amiga personal de algunos de los especímenes más podridos de ese ecosistema y aplaudía las cacicadas de Esperanza Aguirre con el mismo entusiasmo que los demás. Cifuentes puede parecer una cara nueva, pero es parte del mismo PP que ha estado encanallando y corrompiendo Madrid desde hace más de 20 años.

Así que es algo risible ver a Cifuentes decir que se avergüenza de los casos de corrupción y, a la vez, defender a los imputados en esos mismos casos. Decir que no tiene nada que ver con los manejos de Aguirre, Gonzáles y Granados, cuando ella misma se encargaba de parar internamente los casos en su Comité de Garantías.

Cifuentes es más de lo mismo. Quiere hacerse pasar por el dulce que nos haga olvidar tantos tragos amargos. Cifuentes quiere hacernos creer que no sabía cómo se privatizaba corruptamente la sanidad, cómo se repartían los sobres, las obras públicas, el suelo, el patrimonio… Cómo se han llevado todo lo que no estuviera clavado al suelo. Y lo que estaba clavado se ha vendido a otros.

Cifuentes es eso. Lo sabe y se ha encargado de comprar al precio que sea su continuidad en la Comunidad de Madrid. Mejor con los aseados Ciudadanos que con el desaliñado Tamayo. En Ciudadanos también lo saben y se han vendido caros, porque han predicado hipócritamente contra todo lo que ahora consienten. Unos y otros nos tratan de engañar. La pregunta es: ¿hasta cuándo podrán?