Ciencias sociales para reformistas

José Martínez  

Hay un gran clamor para que se realicen reformas que nos permitan salir de la crisis, aunque lo que cada uno entienda por reformas sea muy distinto. No voy a entrar en qué reformas son necesarias, pero sí voy a contar algunas evidencias que me parecen bien establecidas en ciencias sociales, que estaría bien que supiesen, o recordasen, los arbitristas que proliferan como setas. Pondré especialmente ejemplos sobre educación, pues es un área que conozco un poco mejor. Convendría que, antes de defender propuestas, se evaluasen en qué medida corren el riesgo de caer en alguno de los siguientes problemas: 

La ley de Campbell: Cuando empleamos un indicador cuantitativo para evaluar una política pública y para asignar recursos, las presiones para corromper el proceso evaluador serán mayores cuanto mayores sean los recursos a asignar. Por ejemplo, está bien que el profesorado reciba formación continua, y según el reciente estudio TALIS de la OCDE, el profesorado de España es uno de los que recibe más formación. Esto sería excelente, si no fuese debido a que, para promocionar en su carrera profesional, el profesorado acumula puntos con estas actividades, con lo que son muchos los cursos a los que se asiste con total pasividad para firmar las asistencias y luego recibir el correspondiente certificado. O como ha estudiado David Berliner, cuando la carrera de los profesores se vincula al resultado de test de los estudiantes, los colegios se acaban convirtiendo en academias para superar test y los profesores y demás autoridades educativas en consumados tramposos de los test. La puntuación de estas pruebas mejora, pero cada vez tienen menos que ver con la calidad del proceso educativo. Otro ejemplo más dramático de esta ley lo hemos tenido con el sistema de incentivos para los directivos, que a punto ha estado de llevarnos otra vez a un crack como el de 29 (bueno, si no llegamos, espero).

El “cargo cult”, consistente en copiar de forma superficial un proceso social, sin entender adecuadamente la lógica de su funcionamiento. A ciertas islas del Pacífico llegaron misioneros protestantes, que, con su estilo de vida, convencieron a los nativos de que si se hacían cristianos sus vidas mejorarían. Se hicieron cristianos, pero sus vidas no mejoraron. Cuando fueron “liberados” del invasor blanco por los japoneses, los japoneses también les quisieron imponer otro modo de creencias, que los nativos aceptaron con la esperanza de que esta vez sí mejorase su nivel de vida, cosa que tampoco pasó. Llegaron a la conclusión de que las sucesivas oleadas de foráneos vivían bien debido a su conexión especial con los dioses, dioses que les enviaban la mercancía (cargo) por el aeropuerto. Así que para mejorar su vida, todo lo que tendrían que hacer es construir un aeropuerto y esperar a que los dioses les enviaran la mercancía. Y así lo hicieron. Construyeron un “aeropuerto” en la jungla, es decir, algo que visto de lejos parecía un aeropuerto, pero que en vez de torre de control tenía una torreta de madera adornada con latas y bambú. Es decir, copiaron de forma superficial un proceso que funcionaba bien, sin llegar a entender su lógica interna. Cada vez que intentamos copiar lo que nos gusta de otros países, corremos el riesgo de caer en el “cargo cult”. Por ejemplo, el intento por copiar en nuestro país el sistema de meritocracia anglosajona en la universidad está desembocando en una serie de rituales estúpidos para acumular certificaciones, que producen sonrojo a los españoles que vamos por el mundo pidiendo papelitos por cualquier tipo de actividad académica.

El efecto Hawthorne: se origina cuando las personas que participan en un experimento social modifican su comportamiento, pero no por lo que sucede en el experimento, sino por el mero hecho de ser seleccionados. Elton Mayo en los años 20 diseñó un experimento en la Western Electric Company para averiguar la influencia del entorno de trabajo en la productividad de sus trabajadores. Simplificando, seleccionó aleatoriamente a tres grupos de trabajadores, a uno le empeoró las condiciones de trabajo, a otro se las mejoró, y un tercero permaneció como grupo de control, con las condiciones constantes. Los tres grupos mejoraron su productividad. El estudio de este paradójico efecto llevó a la conclusión de que, por ser seleccionados, los tres grupos de trabajadores dejaron de ser iguales a los del resto de la fábrica, y esto contribuyó a motivarlos de forma especial. Debido a este efecto, cabe desconfiar de cualquier argumento basado en el intento de generalizar una experiencia particular muy exitosa, pues es más que probable que quienes hayan participado en ella tengan características que los diferencian del resto de personas, es más, el mero hecho de participar, por ejemplo, en una experiencia educativa novedosa puede hacerles mejorar. Pero cuando lo novedoso se convierte en rutinario, la mejora desaparece. Como ha estudiado Enrique Martín Criado, el fracaso de las reformas educativas suele producirse cuando se intenta generalizar a todo el sistema experiencias que funcionan bien con familias, profesorado y alumnado especialmente motivado, pero cuando pasamos de estos agentes ideales a los “normales”, la reforma se frustra.

El efecto San Mateo “porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene” (Mateo 25:29). Se ha comprobado en diversos estudios cómo este efecto desgraciadamente se produce en situaciones en las que se buscan políticas redistributivas. Por ejemplo, se corre un serio riesgo de que se produzca este problema cuando se asignan recursos a los centros educativos según sus rendimientos, ampliando así las diferencias entre centros buenos y malos. O en la política fiscal, suele suceder con las desgravaciones. Por ejemplo, quien no llegue a mileurista no puede desgravar nada, pues sus limitados ingresos no le permitían disponer ni de cuentas vivienda, ni de fondos de pensión ni de cualquier otro gasto que desgrave. Es decir, los que cobran menos están pagando las desgravaciones de los que más ganan.

La lógica de la acción colectiva: presiona más el grupo que tiene más medios, y logran mayores recursos con su presión para todos sus miembros. Esto ya lo estudió hace unos 50 años Mancur Olson, que mostró cómo los grupos de intereses que son capaces de lograr recursos y mantener unidas sus bases son los que más presión política consiguen hacer, cayendo por tanto el Estado víctima de estos grupos particularistas. Toda política de apoyo específico a cierto sector (productivo, profesional, etc.) corre serio riesgo de incentivar estos particularismos, que suelen llevar aparejado el efecto mateo del apartado anterior (quitar al pobre para dar al rico).

La comparación entre países no puede reducirse a la comparación de medidas aisladas. Por un momento permitan que me ponga algo así como hegeliano, y afirmar que un país es una totalidad orgánica, más allá de la suma de sus partes. Lo podríamos llamar el “efecto Alcorcón 4-0”, en la medida que agrupar a grandes jugadores (elementos) no necesariamente hace un gran equipo (relaciones entre los elementos), como parece que le sucede de vez en cuando a los equipos galácticos. Una institución o norma social nunca opera de forma aislada, sino que lo hace en equilibrio con otras normas, instituciones, intereses de los agentes sociales, etc. Uno de los rasgos del sistema educativo finés, tan exitoso, es la escasa supervisión del trabajo del profesorado. Creo que sería razonable intentar estudiar la aplicación de esta medida en España, pero sin olvidar que en Finlandia la gente acostumbra a no cerrar con llave ni la puerta de su casa ni la de su coche… es decir, la escasa supervisión se fundamenta en un nivel de confianza en todos los órdenes sociales que en España no podemos ni imaginar. Otro ejemplo: la flexiguridad danesa, se habla de lo fácil que es despedir. Pero ¿por qué no hablamos más de que tienen una tasa de afiliación sindical del 80%? ¿o de que allí los sindicatos llevan legalizados por lo menos un siglo, y no desde hace 30 años?, hecho que ha generado una cultura sindical muy diferente a la que tenemos en España. ¿Podría funcionar esa flexiguridad virtuosa sin ese tipo específico de sindicalismo?

Ley de los rendimientos decrecientes: llega un momento en el que más no siempre es mejor. Por ejemplo, si no hay carreteras y ponemos carreteras, probablemente sea muy bueno. Ahora bien, cuando tenemos carreteras y seguimos con más carreteras, no está claro que la inversión sea rentable. Es decir, necesitamos conocer el punto óptimo a partir del cual más no es mejor.

Ley de Gresham: “la moneda mala desplaza a la buena”. Se aplica más allá de la economía. Por ejemplo, si hay dos modos de contratación, y uno es peor para los trabajadores… pues sí, se impone. Fíjense con lo que ha sucedido con los contratos precarios entre el profesorado universitario, que proliferan mucho más que los contratos buenos. O la figura de incorporación para recién licenciados simplemente no se usa, a favor de la figura sin casi regulación del “becario”. 

 Que España necesita reformas, no lo dudo. Pero que muchas de las propuestas que se oyen estos días adolecen de alguno de estos inconvenientes, tampoco.