Cataluña, ¿un estado fallido?: una hipótesis alternativa sobre el desenlace del referéndum

Senyor_J

Pocos se han hecho tan famosos atravesando un río como Julio César. Tras reflexionar sobre la celada política que le habían tendido sus enemigos, el célebre vencedor de la Guerra de las Galias decidió abandonar junto a su legión XIII los dominios que le habían sido asignados en el acuerdo del Primer Triunvirato y atravesó el curso fluvial que servía de frontera entre la Galia Cisalpina y la provincia de Italia, territorio este gestionado por Pompeyo, dando con ello inicio la segunda guerra civil de la República romana. Algunos miles de años después, un Rubicón imaginario es el que se dispone a atravesar el Gobierno catalán, tras haber anunciado su voluntad de convocar un referéndum el próximo 1 de octubre para consultar a los catalanes si desean constituirse como una república independiente.

Mucho se ha discutido hasta ahora sobre si ese instante llegaría y sobre lo que sucedería después. Ahora ese momento se empieza a materializar. Y no llega gracias a un simple anuncio como el que tuvo lugar hace unos días con la solemnidad acostumbrada, sino que estallará a medida que se tomen las decisiones necesarias para materializar dicha voluntad. No es lo mismo manifestar una intención que llevarla a cabo, por lo que todos debemos tener claro que lo esencial para determinar si se atraviesa o no el Rubicón es que se active de una vez por todas la maquinaria jurídica y administrativa para poner en marcha el referéndum. Mientras ello no pase de manera inequívoca, lo cual coincidirá seguramente con la aprobación de la Ley de Transitoriedad Jurídica, la cosa estará todavía viniendo, pero venir, ya viene, ya asoma la cabeza y que prácticamente ya está aquí. El final de las especulaciones es inminente. Pronto descubriremos qué va a pasar y qué no.

Hasta la fecha los augures se han centrado en pronosticar sobre los prolegómenos. Como los jugadores malos de ajedrez, los opinadores y expertos tienen verdaderas dificultades para hacer cálculos más allá de dos jugadas, a diferencia de los maestros, que analizan múltiples escenarios varios movimientos más allá. Ahora la partida entra en su fase final, por lo que ha llegado el momento para todo el mundo de preguntarse cuáles van a ser las últimas consecuencias y cuáles son los objetivos reales que se pretenden alcanzar con dicha convocatoria.

En general se ha otorgado mucha credibilidad a las tesis de la disuasión, es decir, a las tesis que defienden que la capacidad de disuasión del Estado, inhabilitaciones y encarcelamientos mediante, bastará para detener a corto plazo la deriva unilateral. Se han difundido también análisis y suposiciones que abundan en la teoría de que aquí no va a pasar nada y de que de lo que se trata es alargar el tiempo en el poder de ciertos partidos, aludiendo al hecho de que ni los lideres catalanes destacan por su coraje político, ni existe una masa de catalanes dispuestos a arroparles. Y puede que tengan razón o puede que no.

Si la vida fuera como la teoría de juegos, en la que los seres racionales toman decisiones racionales o incluso inteligentes, la capacidad de prever acontecimientos seria mayor de la que es. En ese contexto la correlación de fuerzas despejaría toda duda y la capacidad de disuasión se impondría con claridad. Pero no solo la racionalidad brilla por su ausencia muchas veces, sino que este es un juego de múltiples actores y múltiples ámbitos de decisión, lo que hace las cosas mucho menos previsibles. Sabemos, además, que hay un núcleo, pensante o no, situado a medio camino entre ERC y la CUP que cree en todo esto y que ha hecho de la independencia la razón de su existencia política. Ese es un motor generador de acontecimientos que no debe infravalorarse y hay que tenerlo muy presente a la hora de analizar el escenario de llegada que se pretende o incluso se espera alcanzar. Y ahí es donde cabe formular una hipótesis alternativa a la de la disuasión.

Hemos dicho que este es un juego de múltiples actores, cuyos fines y aspiraciones en un mismo contexto son distintas. Para algunos tan solo es una cuestión de disponer de un motivo para seguir cobrando una abultada nómina a cuenta de la Administración. Para otros, independizarse es una auténtica utopía percibida como algo alcanzable gracias a la mera voluntad de ser. Todos coinciden, no obstante (y también otros que no forman parte del bloque independentista), en apreciar dos auténticos muros de contención que hasta ahora han resultado infranqueables: el que la negativa del Estado español a pactar un referéndum haga imposible convocarlo con las garantías jurídicas necesarias y que, como resultado de lo primero, sea imposible llevar a cabo dicho referéndum con garantías (aunque lo parezca, no me estoy repitiendo) y creíble para terceros. Ese es el auténtico nudo de la cuestión, el que es imprescindible desanudar para que la ruta soberanista y el Procés (que tampoco son la misma cosa) sigan adelante. Por lo tanto, la hipótesis que viene ahora parte precisamente de la constatación de que el punto de encuentro de las fuerzas soberanistas se encuentra en la voluntad de romper ese nudo, de pasar la pantalla del inmovilismo del Estado. Todo ello teniendo en cuenta que se trata de una hipótesis alternativa, que debe ser demostrada por los hechos y que por el momento debemos considerar como menos probable que la principal o nula, que es aquella que asegura que la disuasión dará sus frutos.

Antes de señalarla, me detendré en la importancia de acertar con el verdadero objetivo perseguido. Si se comprende cuál es el objetivo, es más fácil detenerlo. Si no se comprende, es más fácil fallar el blanco o incluso dejarse engañar por el señuelo. Porque la hipótesis alternativa contempla la existencia de un señuelo que oculta el verdadero objetivo, como disimula dicho objetivo todo esa corriente especulativa que fluye en artículos y tertulias y los supuestos implícitos en la propia hipótesis nula. Desvelemos, pues, la hipótesis alternativa. Dice así: el objetivo que se espera alcanzar y que se va a intentar alcanzar es, ni más ni menos, que realizar una declaración de independencia. Atención a esto: lo que decimos es que la hipótesis alternativa señala que el objetivo a alcanzar no es ni un referéndum, ni la independencia, ni unas autonómicas con opciones de victoria, ni nada por el estilo, sino simplemente realizar una declaración de independencia. Eso es más que repetir que Cataluña es una nación y menos que lograr una independencia efectiva, pero es tal vez el objetivo que remueve el escenario y puede servir para derribar los grandes muros. Veamos.

Del mismo modo que el paso del Rubicón desencadenó una guerra civil y que el Tea Party dio pie a una guerra de independencia, en tiempos más pacíficos como los nuestros, el soberanismo catalán necesita un evento que rompa el inmovilismo en la cuestión nacional, ya que esta va a ser también una guerra, aunque jurídica y diplomática, y para intentar ganar una guerra es imprescindible iniciarla. El modelo 9N ya se ha ensayado y ya hemos visto el corto recorrido que tiene, por lo que por la vía de celebrar meramente los resultado de una consulta sin efectos los dirigentes soberanistas no estarán en condiciones de obtener mucho más de lo que ya han logrado otras veces. Respecto a una rápida rendición ante la presión estatal, quizás tenga éxito en desincentivar que se dé este paso pero inicialmente los ánimos serán de no quedarse ahí. Se le ha dado demasiado bombo al Procés a lo largo de estos años, demasiada épica y demasiada trascendencia. Es inaceptable un final triste que no genere baladas que se canten durante miles de años. Hace falta un hito a la altura de las circunstancias y esa es la declaración de independencia, imitando el estilo de los padres fundadores de los Estados Unidos que tanto admiran nuestros soberanistas líderes.

El señuelo, naturalmente, es el referéndum del 1 de octubre. Alguien pensará que su celebración es una condición sine qua non para que haya declaración, pero sabemos que eso no es así. Es hora de recordar la disposición prevista en el texto de la Ley de Transitoriedad Jurídica: en caso de que el Estado impida la consulta, reserva al Parlament la potestad de declarar la independencia y el propio Oriol Junqueras ha avalado esta vía de actuación. Por lo tanto, por extraño que parezca, el referéndum puede no celebrarse pero habrá un dispositivo para declarar a pesar de ello la independencia que no se habría puesto ahí si no se pensase en utilizarlo (aunque quizás la difusión de dicha intención haga imposible que se mantenga). ¿Y qué independencia? Obviamente aquella que completa y hace irreversible el conflicto de legitimidades, no la que hace emerger dos realidades estatales completas donde antes había uno. Lo que esa independencia trae es una nueva realidad estatal que al minuto siguiente se convierte en un estado fallido o simplemente se extingue por inanidad, pero eleva el conflicto a otro nivel y con ello, quizás, lo pone en unas vías distintas de solución, esto es, ni inmovilista ni judicial, sino negociada, probablemente con mediación externa. Y lo que con ello asoma en el horizonte es la necesidad de clarificar democráticamente la cuestión a través de un referéndum vinculante, claro, que a partir de ese momento empieza a ser posible en lugar de imposible y puede formularse según los supuestos de la Comisión de Venecia. ¿Y por qué?

Más allá del exiguo apoyo con que cuenta la independencia en Cataluña, donde más ha fallado el Procés es en conseguir una cosa esencial para seguir adelante con su camino: apoyo internacional frente a un Estado español enrocado respecto a revisar su modelo territorial. El Procés no ha logrado entrar con fuerza en las agendas mediáticas internacionales, ni en las agendas políticas de los grandes países, sino que todos los estados homologables del planeta han transmitido su apoyo por activa o por pasiva al Gobierno español frente la propuesta catalana. Esta es una de las cosas que hace más necesario elevar el conflicto, porque sin un conflicto abierto (cosa que consigue una declaración) y una hostilidad evidente (del Estado hacia el territorio escindido), no habrá voluntad de mediación e intervención desde las altas instancias europeas. Una declaración de independencia es algo lo bastante llamativo y lo bastante traumático como para no que pueda ser ignorado. Es un paso arriesgado y con consecuencias penales para sus promotores, pero es el único paso sólido que los generales soberanistas tienen para salir del callejón de la impotencia en el que han residido todos estos años.

¿Y cómo llevarlo a cabo? Lo más fácil, menos potente y más seguro es hacerlo desde el Parlament una vez que el referéndum haya sido suspendido. Lo más valiente, más arriesgado y más impactante es llevar a cabo una votación estilo 9N en un contexto de represión política por parte del Estado que saque la escenificación del conflicto de la frialdad del Parlament y permita realizar la proclamación arropados por el calor de las masas soberanistas. Caiga quien caiga. Esa es la foto con la que algunos sueñan para que los agentes internacionales que hasta ahora no se han implicado se impliquen en generar una salida pactada. Hace falta coraje y puede salir muy mal, especialmente si la participación no es lo bastante rotunda, cosa más que posible, pero la tentación de explorar esa vía tiene que ser grande.

Respecto al coraje político necesario, conviene despejar de la cabeza la imagen de la extinta Convergencia, con un PDECat en crisis total, completamente dividido, perdiendo peso y capacidad de ser una referencia a pasos agigantados. Pensemos en cambio en ERC, la ERC de Lluis Companys, la ERC de Carod-Rovira…, un partido que ha explorado sin éxito en un pasado no tan remoto opciones unilaterales realizando ejercicios de soberanía. Y qué decir de la CUP y las elevadas metas que les caracterizan… Los motores que pueden surgir de esos entornos y del de las entidades soberanistas son los que pueden hacer emerger esta acción declarativa. Es bien sabido, además, que la prudencia y la mesura no son los rasgos más acusados de las personalidades de este entorno.

Y esta la hipótesis: ¿Acertada? ¿Equivocada? ¿Probable? ¿Improbable? El tiempo nos sacará de dudas.