Cataluña en su momento “PODEMOS”

Senyor_J

Transcurría todo según la hoja de ruta del trayecto soberanista, cuando de repente… ¡Podemos!

El aterrizaje oficial de Pablo Iglesias en Cataluña, precedido de buenos augurios en cuanto a su capacidad de obtener votos en la región tanto en las próximas generales como en futuras autonómicas, ha puesto en guardia, y a veces hasta en pie de guerra, al sector independentista más radical, al ver en ellos una amenaza no solo para su crecimiento, sino para seguir aglutinando un volumen importante de ciudadanos alrededor de la demanda de independencia. Solo faltaba que la última encuesta del Centre de Estudis d’Opinió mostrase más ciudadanos contrarios que a favor de la independencia para que se activasen todas las alarmas en los centros de mando soberanistas.

Nada de esto puede sorprendernos demasiado, especialmente por el persistente miedo escénico soberanista, causado, por un lado, por el temor a que parte de sus apoyos sean temporales y circunstanciales, y por el otro, a que si no se actúa deprisa, se cierre la ventana de oportunidad para conducir a la ciudadanía más allá de las fronteras del Estado español. También es evidente el temor a que todo lo que tiene de efervescencia sobrevenida la voluntad independentista pueda ser reproducido por otra propuesta política rupturista, que plantee unas recetas distintas para superar el bache político y que de la misma se nutran mayorías silenciosas o activistas de toda clase de guerras.

Dicha irrupción, además, ha venido precedido de la caída del ímpetu de la consulta en el socavón del compás de espera, frente al cual la última propuesta de animación para la ciudadanía, consistente en autoinculparse de haber acudido al 9N, apenas da juego para mantener activado al personal. Y es que en efecto, desde el 9N reina cierta confusión sobre los pasos siguientes. El bueno de Artur lo tenía todo pensado: dominando como domina las voluntades de la dirección de Ómnium y de la ANC, pensaba hacerle el abrazo del oso a Junqueras mediante aquella conferencia de líder carismático que se marcó tras la consulta. No obstante, como nadie quiere ser menos que nadie, poco tardaron otros aspirantes a líderes a dar la suya, y fue así como tuvimos conferencia de Junqueras, conferencia de Herrera y hasta conferencia de Iceta. Ciertamente, de todas estas, la única relevante era la primera, ya que iba a servir para medir hasta que punto estaba dispuesto el aspirante Oriol a seguirle el juego a Artur y al final pareció que no mucho. De ahí que de un tiempo a esta parte, las fuerzas relevantes en todo esto están empantanadas en un desencuentro entre el sector “lista única tots amb el president” y el sector “listas separadas y el que gane se lo lleva todo”.  A partir de aquí tanto puede ser que esto se alargue sine die o bien que avanzadas las Navidades aparezcan Artur y Oriol saliendo de un restaurante y proclamando a los cuatro vientos que ya tienen un acuerdo. Aquí nunca se sabe… Lo que parece claro es que el mismo debería comportar un salvavidas para Artur que lo salvaguarde de todo ese electorado imprevisible, ya que en caso contrario le conviene más quedarse como está a ver si despeja, y Oriol no parece fácil que le pueda ofrecer uno sin inmolarse él. Todo ello, además, con la dificultad de que alcanzar los siguientes pasos del trayecto soberanista pasa necesariamente por unas elecciones previas que le pueden dar un susto a más de uno, con lo que el peligro acecha y ante el mismo siempre hay una idea que aplicar: lo de que un repliegue a tiempo siempre permite luchar otro día.

Y como decía, a todo esto, de repente, ¡Podemos! Tras su brillante irrupción en la demoscopia española, procede a presentar sus credenciales como posible principal fuerza estatal catalana y como ente capaz de disputar la hegemonía al duo Artur&Oriol. Para ello se exhibe con una mochila llena de buenos recursos. El primero, bastante importante, es que es junto a Esquerra Unida la única fuerza estatal representable en el Parlament que no está en contra del ejercicio del derecho a decidir. Parece, no obstante, lo contrario, escuchando al independentismo activo, que los trata como si de un nuevo lerrouxismo fueran o como si no defendieran por principio el derecho a decidir como eje central de su acción política. Es de nuevo lo del miedo escénico: ningún partido soberanista está dispuesto a reconocer coincidencias con los planteamientos autóctonos a un peligroso nuevo invitado, con conexiones estatales, capaz de robar votos  antes de unas elecciones (a diferencia del otro arraigado en España, ICV-EUiA, cuyo espacio está perfectamente compartimentado y no puede dar sorpresas al alza), pero aun menos si lo hace cuestionando al carismático president. Gente que vive inmersa en la unidad de destino en lo universal no puede tragar con que llamen casta a uno de sus principales referentes y les obligue a distanciarse de él. No en vano se inventaron aquello de que “los derechos sociales son inseparables de los derechos nacionales”, que no soporta el menor análisis crítico pero que te permite justificar alianzas con una sola frase.

Segundo tema, you know, la casta, que más o menos quiere decir que hay unos tipos que no han tenido ningún reparo en aplicar medidas draconianas a la población, mientras que ellos se han movido con la comodidad habitual en sus actividades extractivas y con una gran incapacidad para afrontar los problemas cotidianos. Con unos cuantos casos en los juzgados y una obra política de derribo de las estructuras necesarias para salvaguardar el bienestar social, el partido en el poder en Cataluña encaja bien en esa descripción y Pablo Iglesias es el azote de la casta. De ahí que si lo dice Joan Herrera la gente lo mira con condescendencia pero si lo dice Pablo, a lo mejor, los votos se mueven, cambian de bando. Cierto es que en Cataluña hay más partidos y es muy complicado abrir grandes huecos, pero el escenario electoral catalán está tan agitado como el del conjunto de España y además reina en él una intensa competencia de grupos intentando acaparar la mayor parte del pastel, con lo que vaya usted a saber. A ello hay que añadir la frase mitinera que tantas ampollas ha levantado en el entorno de las CUP. Pablo Iglesias aseguró que él no se abrazaría con Artur Mas, pero dicho abrazo no encarna solo lo extremadamente amistosa que es la relación entre la izquierda supuestamente más radical y el partido del régimen catalán, sino también su alianza estratégica. No abrazarse implica, pues, que lo de ponerse de acuerdo e ir todos a una, mientras los desastres de CiU pasan a segundo plano, no es lo que piensa hacer Podemos y eso puede ser del agrado de muchos que no se reconocen en la acción monotemática de los partidos del lado soberanista.

Último tema, y no menor, es que Podemos españoliza la cuestión catalana, en el sentido de que las soluciones pasan a plantearse en clave estatal. Podemos, al exponer la necesidad de echar a los partidos “de la casta” y abrir una nueva etapa constituyente, renueva por un lado esa imagen trasnochada y hostil que de España se difunde en Cataluña (no sin buenos motivos muchas veces), y por el otro pone sobre la mesa hipotéticas salidas conjuntas. Este otro elemento choca evidentemente con el gusto por la solución exclusivamente catalana que predomina en el discurso catalanista, como si España no fuera un actor inevitable en el mismo.

Voy acabando, señorías. Como puede verse, la irrupción de Podemos en Cataluña también está teniendo sus efectos particulares y generando temores parecidos a los que sacuden a los grandes partidos españoles ante dicha organización. El recurso a la descalificación y a la brocha gorda no ha faltado tampoco en estos primeros compases y está por ver si, como en otros lares, ello no aumenta sus expectativas en Cataluña. Entre sus retos inmediatos está el articularse en las candidaturas municipalistas rupturistas, puesto que de obtener un buen resultado, podría poner en mayores aprietos a las opciones nacionalistas en las elecciones autonómicas (elecciones también conocidas como plesbicitarias o incluso como constituyentes en la jerga local). Su fortaleza electoral, sin embargo, aun debe probarse y vendrá condicionada por dos factores claves: que sea capaz de ganarse sectores sociales importantes escasamente identificados con el escenario soberanista y que se muestre como una oferta atractiva para los soberanistas sobrevenidos que hasta ahora veían en la reclamación de independencia la única oportunidad de cambiar el status quo. Que ello sea posible también dependerá de que Podemos sea capaz de consolidarse como una alternativa de largo recorrido y que en su proceso de adaptación no sea arrollada por sus propias contradicciones, por la implacable acción de sus poderosos enemigos y por la evolución de las actitudes políticas ciudadanas en este año 2015 que empieza a sacar la cabeza.