Camelos de hogaño (II)

Andrés Gastey

Continuando con la crestomatía de camelos contemporáneos, me adentro hoy en aguas procelosas para hablarles a ustedes de la diversidad.

 

La vida es diversa. Nos gusta la diversidad, que cae tan cerca, ortográfica y conceptualmente, de la diversión. Asociamos la variedad, o las varietés, al entretenimiento, y decimos con convicción que en la variedad está el gusto.

 

Por contraste, lo uniforme, lo monótono, son conceptos que remiten al aburrimiento y, en última instancia, a la muerte. La aceptación de la diversidad apela a actitudes positivas de tolerancia, empatía e inclusión; su rechazo conlleva las connotaciones negativas de inflexibilidad e imposición.

 

Cualquier sistema, desde los microorganismos hasta el universo en su conjunto, prospera o subsiste gracias a combinaciones complejas de elementos. Cierto grado de diversidad es consustancial a todo lo que existe. La diversidad está dentro de nosotros mismos: como dijo Pessoa (y luego sostuvo Pereira), habita en el interior de cada persona una confederación de almas en pugna permanente por regirnos.

 

Sentado esto, también se comprende intuitivamente que un exceso de complejidad puede llevar al colapso. Demasiada disparidad en los elementos que un sistema deba gestionar puede hacer imposible su integración armónica. Una confederación de almas levantiscas origina esquizofrenia.

 

Hasta aquí algunas obviedades más o menos vaporosas. Las juzgo, sin embargo, pertinentes para entroncar con un debate de cierta trascendencia para la vida política española.

 

La reflexión arranca de unas declaraciones del anterior President de la Generalitat, Pasqual Maragall. Pretendiendo revestir de prosapia intelectual su enfrentamiento con el Presidente del Gobierno a cuenta del reparto del poder entre sus respectivas instituciones, Maragall afirmó en 2006 que la realidad actual exigía una actualización de la tríada de valores revolucionarios: a las consabidas “liberté, égalité, fraternité” que están en la base de las democracias contemporáneas habría que añadir, en su opinión, un cuarto valor esencial; la “diversitat”.

 

Pero, aunque nos guste la diversidad, ¿estamos hablando de términos comparables? Nadie, supongo, duda a estas alturas de que los sistemas políticos deban promover la libertad, la igualdad y la solidaridad entre los ciudadanos. ¿Debe promoverse del mismo modo la diversidad? En mi opinión, no.

 

La diversidad es, como queda dicho, un dato de la realidad, y no un valor en sí. Todo cuanto en ella resulta positivo al referirse a aspectos no esenciales de la persona (apariencias, inclinaciones, aficiones, etc.) se torna problemático en cuanto toca el núcleo básico de nuestros derechos y libertades. 

 

La diversidad puede ser consecuencia del ejercicio de la libertad; en esta medida sí es valiosa, al brindarnos un mundo más rico y matizado, mereciendo respeto dentro de unos márgenes de tolerancia que están marcados por los derechos inalienables de unos y otros.  Pero la diversidad puede también ser fruto del privilegio, la discriminación y la imposición, y ahí solo cabe rechazarla.

 

Les pondré un ejemplo manido. Al inicio de la primavera, suelen pulular por nuestras calles sayones encapuchados de aspecto tenebroso. Algunos portan sobre sus hombros imágenes sanguinolentas, otros nos ensordecen con redobles de tambor, no faltan quienes se fustigan las espaldas hasta la tumefacción. Más allá de la discutible ocupación del espacio público con su apología del dolor físico, no veo motivo para objetar la extraña inclinación de esas gentes por vestimentas y ritos estrafalarios, en tanto en cuanto se refocilen en ellos haciendo uso de su libre albedrío. Admito que aportan una  nota de color (cárdeno, en este caso) a nuestras vidas. Ahora bien; cuando me cruzo fuera de temporada pascual con una pareja, él delante y ella unos pasos por detrás, en la que es sólo la mujer la que va con el cuerpo y la cabeza cubierta, me cuesta apreciar algo valioso en esa ostentosa exhibición de discriminación. Francamente, me incomoda ver burkas en los espacios públicos, y no creo que nos enriquezcamos especialmente con las notas de color que nos brinda esta diversidad impuesta.

 

Para ir a disquisiciones más acuciantes y próximas: ¿merece una valoración positiva o negativa el que en España haya tanta diversidad lingüística, cuatro lenguas cooficiales? En mi opinión, se trata, simplemente, de la realidad, consecuencia de una determinada evolución histórica. Podría haber sido distinta, pero no lo fue. En la jerga oficial, hablamos del privilegio que entraña el multilingüismo español, generador de cuatro tradiciones literarias y culturales de las que todos nos beneficiamos. Ahora bien; barrunto que si en este país se hablase un sólo idioma (fuera catalán, inglés o arameo), probablemente los frutos del ingenio de sus habitantes hubieran sido más o menos similares, y nos enorgulleceríamos (o no) de sus creaciones con parecidos títulos: ninguno. No olvidemos, en definitiva, que la bromita de Babel fue concebida como una maldición. Ya sé que habrá quien ponga el grito en el cielo, y contraataque con la letanía de la nómina de glorias del terruño (de Alfonso X a Manuel Rivas, de Ramon Llull a Miquel Martí i Pol, etc.). Pero, ¿es acaso intraducible lo que ellos aportan al mundo? ¿Hubiera tenido menor valor si lo hubiesen escrito en francés?

 

Hay que asumir, pues, nuestra historia, que ha originado el entorno lingüísticamente complejo en el que nos desenvolvemos. Formamos parte de una nación, o una nación de naciones, o unas naciones agrupadas, que comparten espacio, trayectoria y, hasta cierto punto, idioma(s). Es lógico que la realidad política refleje y ampare este hecho, una diversidad lingüística que cabe predicar no sólo del conjunto de España, sino de cada una de sus nacionalidades; pero no estoy nada seguro de que quepa alentar lo que nos distingue como si fuera algo intrínsecamente valioso, puesto que se desliza uno con mucha facilidad por la pendiente que va desde la diferencia hasta el privilegio; y hasta su reverso, la discriminación.

 

Entiéndaseme bien; estamos donde estamos, y no propugno en absoluto medidas uniformizadoras. Es cierto que, en una época remota, la izquierda aspiraba no a la diferencia, sino a que los hombres fueran libres e iguales. Hacía del internacionalismo su seña de identidad, frente al nacionalismo, por definición localista y de raíz conservadora. Y promovía el entendimiento entre los humanos a través de invenciones quijotescas como el esperanto. No parecemos estar ya en esa tesitura, y carecería de sentido recuperar una pulsión centralista. Pero creo que ahondar en las diferencias, el fomento de la “diversitat” al que aspira Maragall, es, al menos desde una óptica progresista, un camelo contemporáneo que, como dijo aquél, no puede pasar por el ojo de una aguja.