¿Cambio de régimen?

Lobisón

Se ha extendido el sentimiento de que asistimos al final de un ciclo. La austeridad que nos ha impuesto Bruselas como condición para frenar la especulación de los mercados contra nuestra deuda ha provocado un intenso malestar social, frente al que los escándalos de corrupción se han hecho intensamente visibles (‘vuestros sobres, nuestros recortes’). Y estos escándalos, a su vez, aumentan el descrédito de la ‘clase política’, un descrédito cuya raíz es la incapacidad de los poderes democráticos españoles para hacer lo que los ciudadanos querrían, que era además lo que los gobiernos habían prometido a los votantes. El origen del mal, por decirlo así, está en el sentimiento de que vivimos en una democracia intervenida, en la feliz expresión de José Fernández-Albertos.

Pero la mancha de descrédito se ha extendido de ‘los políticos’ a las instituciones, en primer lugar el Parlamento y el sistema electoral, después al marco constitucional, en el que se ve una camisa de fuerza que impide resolver democráticamente los conflictos planteados por el soberanismo catalán, y a la vez una fuente de privilegios para las burocracias y sistemas políticos de las autonomías. Como quizá era inevitable, la institución monárquica se ha visto también alcanzada, pese al balance más que positivo del ejercicio del rey como defensor del marco democrático y de su papel como moderador y fomentador de consensos.

Una vez más el descrédito que se pretende proyectar sobre la monarquía se apoya en los escándalos que la han salpicado. El más presente en la actualidad gira en torno a su yerno, Iñaki Urdangarín, sus irregulares negocios y la estrategia de su exsocio Diego Torres de involucrar a la Casa Real en ellos. Pero todo venía mal dado ya antes por la aventura africana del rey, su elefante muerto y las discutibles compañías que le llevaron allí. Era previsible que las aficiones del rey, cinegéticas y otras, terminaran mal, pero seguramente no imaginó que acabaran llevándole a una tormenta perfecta, agravada por sus problemas de salud.

El PSOE se ha deslindado de la petición de abdicación lanzada por el secretario general del PSC, lo que a su vez plantea otro tipo de problemas. ¿Tan mal están las comunicaciones entre Barcelona y Madrid que es imposible coordinar las estrategias respectivas en cuestiones de Estado? En todo caso llama la atención la propuesta maximalista según la cual la sustitución de Juan Carlos I por el príncipe Felipe sería sólo una trampa cuando lo que se requiere es un verdadero cambio de régimen. ¿Por qué? ¿Qué se podría ganar con ese cambio?

La experiencia más próxima que tenemos ha sido el paso en Italia a la llamada Segunda República tras la operación Manos Limpias. Se puede decir que en España el cambio de régimen (de monarquía a república) sería otra cosa, pero el amargo balance de la política italiana desde los años noventa hasta las elecciones del pasado fin de semana puede indicar que los cambios institucionales no sólo no hacen milagros, sino que pueden agravar los males previos. Es verdad que en estos tiempos hace falta creer en algo, pero no estoy seguro de que sea muy racional apostar por un cambio de régimen como solución de los problemas de la sociedad, la economía y la política española.