Búscase secretario general

José D. Roselló

El ciclo de últimas derrotas electorales que comienza en las municipales y autonómicas de mayo y, previsiblemente, acabará en las próximas elecciones andaluzas, ha situado al PSOE en la situación de menor representación política desde la restauración de la democracia.

Como consecuencia de ello, ha sido convocado un congreso el próximo mes de febrero del que debe salir una dirección que se haga cargo de las actuales circunstancias y que empiece el camino de la recuperación. Habrá un nuevo secretario general que será el máximo responsable de esa tarea.

Ningún diagnóstico realista de las causas de la inmensa derrota excluye el desgaste y la pérdida de perfiles reconocibles en una gran parte del discurso socialista.

Durante los 30 años en los que el PSOE ha mantenido importantes posiciones de gobierno, han transcurrido procesos muy importantes como la extensión de los servicios públicos asociados al estado del bienestar; la construcción del estado autonómico, la integración europea, la globalización-desregulación etc.,  que han obligado en varias ocasiones a adaptarse vía soluciones de compromiso, acarreando, eso sí, un coste enorme en  términos de fidelidad a unos valores definidos. Tres décadas dejándose pelos en la gatera son muchos pelos que dejarse.

La presente crisis económica no ha hecho sino poner de manifiesto esa carencia de discurso reconocible sobre el que poder pivotar o articularse. Le ha pasado a toda la izquierda, si me apuran, mundial.

Tampoco puede hablarse de que esta desconexión progresiva o este desgaste haya saltado únicamente con la crisis. La pérdida de peso en importantes comunidades autónomas como Madrid o Valencia constituyen una consecuencia de este proceso.

Parece, pues, absolutamente imprescindible examinar cuáles son los problemas de la sociedad hoy y qué rumbo quiere tomarse conforme a los valores arraigados en las posiciones de la izquierda. Hay que dar una respuesta clara a cosas como: ¿qué entendemos que son derechos públicos y cómo los pagamos? ;¿hasta dónde llega la descentralización y cómo actuar con los movimientos independentistas?;  estamos en Europa ¿y ahora qué?; ¿queremos derechos en nuestro país y falta de derechos para los de fuera?; ¿quién decide sobre lo correcto y lo incorrecto: sociedades o mercados?

La respuesta a estas preguntas, u otras similares, es, en mi opinión, la tarea principal a abordar por la nueva dirección. No obstante no es la única, yo diría que hay dos más.

La siguiente consiste en meter a la organización en la sociedad del siglo XXI. Este desafío no se resuelve sólo mediante el buen uso de internet o twitter (que sin eso no hay siglo XXI), sino siendo más consciente de dónde reside el pulso de la época y dónde es necesaria la aportación de una organización política de izquierdas. Los partidos en Europa no son solo poco más que maquinarias electorales a la americana. Los partidos son un canal a través del cual los ciudadanos y las sociedades expresan su deseo de cómo quieren vivir en el futuro, no sólo de quien quieren que les gobierne y, a la vez, los partidos ofrecen una visión del mundo y un proyecto conforme a unos valores. La desafección por la política en sí, el “que no nos representan” y otros mensajes más o menos acertados, están mostrado una necesidad que debe cubrirse, y el definir cómo se atiende está también pendiente de mejora.

La tercera tarea consiste en ejercer una labor que casi podríamos llamar curativa. De las derrotas se dicen muchas cosas, que de ellas se aprende, que no tienen padres, que dejan marcado, etc. Este varapalo electoral en etapas se basa en un estado de ánimo del electorado socialista, mezcla de amargura, confusión y desesperanza. Como psicólogos a la violeta, es casi un incipiente cuadro depresivo: todo se ha hecho mal, todo se hace mal, todo se hará mal.

Lo que prescribe la medicina para estos estados (amén de drogas) es no tomar decisiones drásticas, ahorrarse, en la medida de lo posible, estímulos que desencadenen dinámicas negativas y tener una conducta sana, ordenada y estructurada.

Desgraciadamente para la problemática que aqueja al PSOE y su entorno, no existen ni antidepresivos ni la posibilidad de cogerse una baja y ponerse en tratamiento; tampoco hay un diván lo bastante grande donde reclinarse a recibir terapia. Afortunadamente, si las dos tareas primeras se hacen bien, la tercera resulta más fácil, pero es clave que se deje de estar doliente y furioso. No se puede emprender ningún camino ni rechazando ni rechazándose a uno mismo. No es una atmósfera que permita que algo crezca.

Viendo la magnitud y el fuste de los desafíos que tiene por delante la persona o personas que dirijan el PSOE a partir de febrero, llama la atención la poca entidad de los debates que se están teniendo sobre los requisitos que debe tener el nuevo responsable.

Se habla de si debe tener más o menos de tal edad, de su sexo, y de su grado de  vinculación con la gestión política o las estructuras del partido. También se habla del método de elección, si debe ser  primarias abiertas a militantes o congresual tradicional.

El debate entre primarias y congreso al menos tiene sentido, al distinguir entre un proceso abierto a todos los simpatizantes versus uno reservado a los miembros de la organización. Soy más partidario del primero, pero en modo alguno el segundo me parece aberrante o ilegítimo. Los representantes de los militantes de la organización escogen a su máximo responsable. Tampoco está tan mal.

Me niego a entrar en consideraciones de edad, sexo o procedencia geográfica. Punto.

En cuanto a la vinculación con la organización, sí pienso que parece importante que sea un diputado, a fin de poder hacer con efectividad la labor de oposición al gobierno, pero estoy totalmente en contra de que juegue en demérito de un candidato a secretario general el tener experiencia de gestión o en las estructuras de la organización, mientras que se cuente como mérito el no tener que ver nada con ella.

Si esto último va a considerarse un factor clave a la hora de elegir un secretario general, en lugar de primarias o congreso, por qué no esperar que venga en un cesta de mimbre bajando por el Manzanares, o que desclave una espada de una roca, o cualquier otro procedimiento probado para detectar “elegidos”. También se puede contratar a un “head-hunter”, que queda más moderno.

Seamos serios, si una organización no puede encontrar dentro de sí misma a nadie que les parezca a sus miembros lo bastante bueno como para liderarla, es que ésta debe ser bastante parecida al paradójico club de Groucho Marx, al cual solo se podía pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo. 

Creo, sin embargo, que mucho de este debate en torno a “temas pequeños” viene precisamente del estado de cabreo mencionado anteriormente. Ciertos procesos no permiten concentrarse en lo importante y todo es tremolina, pero a veces hay que hacer un esfuerzo de abstracción.

En resumen, partido político con 135 años de acreditada trayectoria democrática y capital contribución a la historia de su país, busca secretario general. Sea quien sea y se elija como se elija, que esté a la altura de la tarea y que, aunque sea por diez minutos, le dejen trabajar. Ni la situación es fácil ni los de siempre se lo pondrán fácil. Suerte.