Buscando la utopía

Aitor Riveiro

Hace ya unos cuantos años, un neocon de medio pelo, Francis Fukuyama, escribió un libro (un tostón, aviso a navegantes) llamado ‘El fin de la Historia y el último hombre’. En él, Fukuyama aseguraba que la Historia, en tanto que dialéctica entre ideologías, había concluido. Nuestro intrépido oráculo basó su teoría en que, con la caída de los regímenes comunistas, el ser humano ponía fin al motor de la Historia: la persecución de las utopías.

Fukuyama, en el súmmum de la contradicción, ‘fundó’ una nueva ideología al asegurar que ya no había ideologías: la derecha y la izquierda se han volatilizado, la economía de verdad es la macro, el personal demanda de sus dirigentes únicamente que sean buenos gestores, etc. En esta trampa cayeron muchos de los que se autodenominan de izquierdas, personas que aseguran que bajar los impuestos (así, en general) es de izquierdas, que anteponen unos supuestos intereses de Estado en sectores estratégicos al respeto de los Derechos Humanos en las relaciones internacionales.

El virus de esta nueva ideología ha calado profundamente en los partidos políticos y sindicatos europeos. La vieja socialdemocracia ha comprado el discurso efectista de la derecha: hay que bajar los impuestos, la libertad debe estar al servicio de la seguridad, no nos gustan las bombas de racimo pero permitimos que se fabriquen en nuestro territorio por mor de la libertad de empresa, etc. Mucho mejor que yo lo explicó en este mismo ‘blog’ el pasado martes Ricardo Parellada. En el mismo sentido se manifestó recientemente Mariano Rajoy en una entrevista en la Cadena COPE: “Es muy difícil precisar qué es ser de derechas, de centro o de izquierdas”.

¿Existen hoy en día las ideologías? ¿Existen las izquierdas y las derechas? La respuesta a ambas preguntas es que sí. ¡Claro que sí!

Legalizar el matrimonio homosexual es de izquierdas, porque concede y amplía derechos a un grupo minoritario y cuya fuerza de presión es pequeña; manifestarse contra esta ampliación de derechos, llevar a ‘expertos’ al Senado para que aseguren que la homosexualidad “se cura”, negarse a oficiar bodas civiles entre personas del mismo sexo es de derechas.

Aprobar la Ley de Dependencia es de izquierdas; recurrir la norma al Constitucional por una mera cuestión competencial, en vez de negociar, es de derechas.

Promover una Alianza de Civilizaciones que busque la utopía de terminar, por fin, con miles de años de guerras de religión entre musulmanes, cristianos y judíos es de izquierdas; la guerra preventiva y el bombardeo indiscriminado de ciudades es de derechas.

Pero también es de derechas gastarse más de 10.000 millones de euros en 87 aviones de combate mientras decenas de personas se ahogan en nuestras costas buscando una vida mejor. O pretender eliminar el Impuesto de Sucesiones y el de Donaciones. O eliminar la progresividad del Impuesto sobre la Renta.

El problema no es que las ideologías hayan desaparecido o que las diferencias entre derechas e izquierdas hayan desaparecido. El problema es que ya no existen partidos políticos (ni sindicatos) que podamos calificar de izquierdas sin faltar en parte a la verdad. Uno no es de izquierdas porque se autocalifique como tal: uno es lo que es, no lo que dice ser.

Quizá el problema de la movilización de la izquierda europea con la que nos topamos en cada una de las convocatorias electorales es que muchos no se conforman con una ideología descafeinada. Una de las diferencias históricas entre la izquierda y la derecha radica precisamente en eso: no nos conformamos con porcentajes más o menos asumibles; exigimos la totalidad porque seguimos buscando la utopía.

Y mientras los que dicen representarnos no sean conscientes de ello, podrán ganarse nuestro voto y respeto en momentos puntuales. Pero al final nos sentiremos decepcionados y buscaremos la respuesta en otro lado. Porque seguimos buscando la utopía.