Brexit

LBNL

Permitanme que por un momento me aparte de las apasionantes? lamentables? Interminables? negociaciones para la formación de gobierno y me centre en el acuerdo cerrado en Bruselas para tratar de evitar la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Abundan los análisis sobre el pacto in extremis con opiniones divergentes sobre si constituye una cesión indigna – como la del experto europeista Xavier Vidal-Folch – o se trata de una componenda aceptable – como la de Araceli Mangas – con alguna opinión dividida, como la del editorial de El País “Un precio excesivo” que tras denunciar lo inaceptable lo acepta como mal menor y transitorio para evitar la salida de Gran Bretaña de la Unión. Pero también hay alguna como la de Timothy Garton Ash con la que me identifico plenamente: David Cameron se metió él sólo en un lio morrocotudo y ahora todos los demás han tenido que sacarle las castañas del fuego haciendo concesiones simbólicamente importantes pero rídiculas en la práctica que, además, no garantizan que el resultado del referendum del próximo 23 de junio vaya a negar la salida del Reino Unido. Y aún así, los detalles del pacto palidecen frente a la necesidad de hacer lo imposible para evitar la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, que supondría un error monumental tanto para la propia Gran Bretaña como para el resto de la Unión Europea, algo que me parece absolutamente obvio.

Los europeistas estamos acostumbrados a escuchar a el lamento de quienes querrían progresar más rápidamente en la integración europea y achacan el retraso – o la parálisis – a la terquedad y euroescepticismo británicos. Es un recurso fácil y en ocasiones acertado, pero en muchas otras no. Y en todo caso esconde que la lentitud en el ritmo de integración se debe en muchos casos a los intereses nacionales de otros Estados Miembros, entendidos de la peor manera corto placista y nacionalista. Reino Unido no entró en el euro por muchas razones – algunas buenas dada la deficiencia del diseño inicial que imponía una unión financiera pero no económica – pero no impidió que los demás lo constituyeran y no ha sido responsible de los males que aquejan a la Eurozona. Al contrario, el Banco Central británico ha mantenido una política muchísimo menos austericida que el BCE de Frankfurt. Gran Bretaña se mantuvo fuera de la Carta Social europea pero tampoco ha sido responsable de que muchos de sus objetivos sigan estando por cumplir, como por ejemplo la igualdad de salarios entre hombres y mujeres. Y optó por quedar fuera de Schengen pero no es en absoluto responsable de que nuestra tan querida libertad de circulación esté amenazada de muerte. Y así podríamos seguir con infinidad de ejemplos concretos, aportando otros en los que Londres va por delante del resto, como en la consecución de un mercado único energético, ajeno al proteccionismo nacionalista.

Yendo al bosque, es evidente que Europa es más grande, más influyente y más democrática con el Reino Unido en su seno. A Gran Bretaña también le conviene sobremanera seguir en la Unión Europea so pena de despertar definitivamente de sus sueños de grandeza y descubrir que, en solitario, no deja de ser un enano más apenas relevante. El producto es mucho mayor que la suma de los factores tanto para Europa como para la pérfida Albion. Los votantes británicos tendrán que verlo claro y decidirán en útlima instancia su futuro pero el Consejo Europeo hizo lo correcto para tratar de incentivar un resultado positivo.

Si Gran Bretaña se saliera, la Unión Europea sufriría un boquete sustancia en su línea de flotación. Nunca nadie se ha ido y una vez abierta la puerta… Además, no están las cosas como para jugar con fuego en vista de las graves crisis que aquejan a la Unión. Por un lado, la salud bancaria vuelve a estar en cuestión. De otro, la avalancha incontrolada de inmigrantes ha provocado que se hayan restablecido los controles en muchas fronteras de centro Europa, lo que está previsto en el sistema con un plazo máximo de seis meses que termina a mediados de mayo, sin que esté nada claro que vayan a ser levantados para entonces. Más bien al contrario, si hubiera que apostar habríamos de hacerlo a favor de que se optará por sancionar a Grecia por incumplimiento de sus obligaciones y justificar con ello el mantenimiento de los controles por otro periodo prudencial. Por no hablar de la crisis de la deuda griega, que cualquier día resurge con fueza, o no recuerdan a todos aquellos analistas que con ocasión del último acuerdo profetizaron que Grecia es inviable sin una quita? De momento no ha habido quita ninguna.

A medias consecuencia y a medias causa de todo lo anterior, el problema fundamental es la falta de comunión política entre los 28 Estados Miembros o, mejor dicho, entre sus gobiernos, con un número creciente de ellos que se atreve a desmarcarse de lo que hace pocos años habría sido imposible y menos aún por parte de Estados pequeños o medianos de poca tradición y escasa raigambre democrática. Es debatible si la gran ampliación al Este, los bálticos y las islas mediterráneas fue un error o si por el contrario supuso el mayor éxito de la UE dado que consolidó la democracia en muchos países de la esfera soviética que necesitaban y merecían el apoyo de la Europa Occidental. Pero es indudable que dicha ampliación ha tenido consecuencias negativas en términos de cohesión política, económica y social internas para la Unión. El Reino Unido fue uno de los mayores defensores de la ampliación al modo Big Bang pero no fue el único (por ej. Alemania). Es paradójico que ahora sea el supuesto abuso de las prestaciones sociales por parte de los europeos del Este uno de los supuestas razones principales por las que Gran Bretaña necesitaba revisar su alianza con Europa.

En todo caso, si Reino Unido saliera es posible que la Unión consiguiera algo más de cohesión – principalmente a partir de una dominación franco-alemana sobre el resto – y pudiéramos a medio plazo ensayar algo parecido a los Estados Unidos de Europa. No está en absoluto garantizado porque en Francia lidera las encuestas el Frente Nacional pero es de esperar que cuando llegue el momento se imponga la cordura. Como es de esperar que también lo haga en Gran Bretaña. En caso contrario perderemos a un 10% de la población de la Unión, a un 10% de los consumidores del mercado único, a uno de los dos Estados Miembros con asiento permenente en el Consejo de Seguridad y la disuasión atómica por si vienen mal dadas y, muy importante, a la democracia más sólida de Europa.

Pase lo que pase en el referendum seguiremos pudiendo visitar el puente colgante y el Big Ben y ver los partidos de la Premier o disfrutar de la National Gallery o de la música de los grupos pop isleños. Pero si Reino Unido decide abandonar la Unión Europea, la Unión será mucho más débil, menos influyente – política y económicamente – y menos democrática.

Europeista convencido que soy, prefiero mil veces ser socio menor de un club dirigido por un triunvirato britanico-germano-francés que quedar completamente a expensas de lo que decidan alemanes y franceses. Claro que todo es relativo porque me someto encantado a los dos anteriores antes que dejar mi futuro exclusivamente en manos de nuestra élite gobernante.