Bono, siempre polémico

Millán Gómez 

 

Que sí, que no. Con José Bono nunca se sabe. Es una especie de Doctor Jekyll y Mr Hyde. Existe un Bono moderado y conciliador y su alter ego polémico, acaparador y al que le gusta más ser el centro de atención que a un niño un caramelo. 

 

La cosa es que el político manchego ha anunciado que su cargo como Presidente del Congreso de los Diputados será el último de su ya dilatada trayectoria política. Hasta aquí todo normal. Es lógico que un mandatario, tras un tiempo más o menos largo de gestión pública, decida echarse a un lado y realizar una vida alejada de los focos. El problema reside en que no es la primera vez que Bono anuncia que lo deja sino que ya sucedió hace dos años cuando dimitió al frente del Ministerio de Defensa. ¿Se trata de una retirada definitiva? No lo sabemos a ciencia cierta.

 

Es evidente que Bono nunca aceptó de buen grado su derrota en las primarias de 2000 donde resultó vencedor el actual Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Su gran ambición política no ha sido colmada. Le han quedado heridas que no han cicatrizado. Su afán de protagonismo, su egocentrismo desorbitado y su elevado concepto de sí mismo han traído consigo que no haya aceptado el no haber sido más que presidente autonómico de su tierra y ministro. Para otros, estos cargos significarían haber cumplido un sueño. En cambio, para el ambicioso político albaceteño son poca cosa. 

 

Bono es un dirigente que resulta más perjudicial que beneficioso para el PSOE. Su etiqueta de político jacobino, religioso y tradicionalista le ha convertido en un eficaz gancho político para sumar a las papeletas fieles del PSOE los votos de sectores más conservadores, ya sea del electorado centrista o incluso de la derecha más convencional. A pesar de ello, ha causado grandes dolores de cabeza a los socialistas y a Zapatero en particular. Sus opiniones siempre altivas contra el laicismo y los acuerdos de los socialistas con formaciones nacionalistas, así como sus fuertes críticas al PSC, han hecho mucho daño en Ferraz. Todo ello ha provocado que Bono sea mal visto en un sector importante del socialismo español. No en vano, ayer mismo apenas estuvo arropado por compañeros socialistas en el desayuno de Europa Press donde anunció su supuesta retirada, en claro contraste con otros actos del estilo donde siempre es muy visible la presencia de colegas de partido del conferenciante de turno. Su afán por meter los dedos (aunque siempre acaba metiendo la pata y no una sola sino las dos) en sitios donde no le llaman ha alimentado la vieja teoría de la supuesta desunión estructural de la izquierda. La derecha mediática lo ha utilizado como un presunto portavoz de la oposición interna dentro del propio PSOE. 

 

Además, su ansia por aparecer a veces más como protagonista de información rosa que de noticias puramente políticas ha debilitado su credibilidad política. Su propia consideración de salvaguarda de las esencias socialistas, como si él fuese el único y sagrado poseedor de la verdad, ha limitado la posibilidad de que el PSOE pactase con otras fuerzas progresistas como IU, IC-V o BNG, justo en un contexto político donde el PSOE, al no tener mayoría absoluta, se encuentra con problemas a la hora de construir las mayorías parlamentarias necesarias para sacar adelante sus propuestas. 

 

Si realmente se retira, no lo hará sin ruido. Eso seguro. Abandonará la actividad política llamando la atención o, por lo menos, intentándolo. Así lo ha hecho toda su vida. Frente al modelo de político trabajador, silencioso y austero que debería regir la gestión pública de todo país, Bono siempre ha sido todo lo contrario. El actual Presidente del Congreso simboliza el antónimo perfecto del mandatario responsable y defensor del consenso como solución política que los ciudadanos desean ver en sus representantes. 

 

Sus bravuconadas le perseguirán hasta el final de legislatura. Cansado como estaba de llegar a casa y comprobar que no era el epicentro de los noticiarios, Bono se tiró a la piscina con la iniciativa de colocar una placa a Santa Maravillas en el Congreso. Por lo visto, este homenaje por obra y gracia de Bono era un deseo ferviente en la sociedad española. Confundió sus propios objetivos personales con los de todo un pueblo. 

 

Cuando se retire, el PSOE se habrá deshecho por fin de un dirigente que, con la vieja etiqueta de que incrementa su apoyo social, divide al socialismo español y que no hace sino alimentar polémica tras polémica sin fundamento alguno. Zapatero lo eligió Presidente del Congreso como imagen de unidad y conciliación dentro del PSOE. Mediáticamente vendía mucho que su principal rival de las primarias de 2000 siguiese en la primera línea política escenificando, de este modo, que no existen fisuras dentro del partido y que posibles rencores pasados formaban ya parte del olvido. Si a esto le unimos las posibles discrepancias entre ambos tras rechazar Bono ser candidato a la alcaldía de Madrid en 2007, su elección como Presidente del Congreso representaba una imagen pública de indiscutible valor. 

 

Un Presidente del Congreso representa a toda la ciudadanía y como juez de todos los que en esa cámara nos representan, tiene como función principal ser lo menos visible posible y no crear trifulcas absurdas. Un buen Presidente del Congreso es, al igual que un árbitro de fútbol, aquel que no se convierte en protagonista y que pasa inadvertido. En cambio, lo único que ha conseguido es provocar debates estériles que no conducen a nada y que dificultan lo que realmente deben realizar nuestros políticos: resolver los problemas de los ciudadanos. Para el cargo que ostenta, Bono era un mal candidato y el tiempo así lo ha demostrado. Un político que anuncia su retirada por segunda vez demuestra su escasa credibilidad, cualidad imprescindible en política. El día que se retire, el tópico de político moderado que atrae votos de otros espectros sociales se diluirá como un azucarillo. Bono resta más que suma.