Bernie Gunther

Lobisón

El Berlín de los últimos años de la República de Weimar es sin duda un escenario fascinante desde el punto de vista literario. La singularidad cultural de Berlín en los años treinta chocaba con el conservadurismo de la mayor parte de Alemania, y la relajación moral era la contracara de una profunda crisis económica y social. Las heridas abiertas por el tratado de Versalles, cuya miopía había denunciado Keynes, no pudieron ser resueltas por un sistema de partidos disfuncional, que dejó el paso abierto al ascenso del nazismo (véase el libro de César Roa La República de Weimar, La Catarata, 2010).

Aun así, hace falta bastante arrojo para crear la figura de un detective que se mueve en ese escenario, y algo similar al atrevimiento para hacerlo si el autor no es alemán sino escocés. Es el caso de Philip Kerr, creador de Bernie Gunther, comisario de la policía criminal de Berlín en su primera aparición. Pero Kerr es un autor arriesgado, que ha tocado temas dispares en su singular carrera literaria, y que parece poseer una notable capacidad para investigar y documentarse a la hora de preparar sus libros.

Aunque Kerr se planteó en principio una trilogía —Berlin Noir—, quince años después resucitó al personaje, y ya han aparecido seis obras protagonizadas por Bernie Gunther, todas traducidas al castellano por RBA. Mientras que las dos primeras suceden en el Berlín de los años treinta, la tercera transcurre tras el final de la guerra, y, aunque arranca en Berlín, la mayor parte de la acción tiene lugar en la Viena ocupada por los aliados.

La cuarta —Unos por Otros— se sitúa en Munich en 1949, y en ella Gunther cae en una trama de evasión de criminales de guerra que falsifica sus antecedentes para convertirle en uno de ellos, lo que le obliga a huir a Argentina. Allí, en la Argentina de Perón, tiene lugar Una Llama Misteriosa, que termina en una nueva huida a Uruguay. Al parecer Montevideo era una ciudad cara en los años cincuenta, por lo que en la sexta —Si los muertos no resucitan—  Gunther se ha trasladado a La Habana de Batista.

Allí reencuentra a dos personajes que se nos presentan en una extensa primera parte en la que de nuevo estamos en el Berlín de 1934, durante los antecedentes de las Olimpiadas. La buena, la periodista norteamericana Noreen Charalambides,  y el malo, el gangster Max Reles, coinciden con Gunther en La Habana veinte años después, provocando la revelación de los cambios vitales y morales sufridos por el personaje.

Lo más notable de las novelas de Bernie Gunther es probablemente su capacidad de recreación histórica del Berlín de los treinta, de la Alemania destrozada y humillada de la posguerra, la Argentina de Perón o la Cuba de Batista. Estos son escenarios inusuales en la novela negra, y Kerr muestra una notable capacidad de sugestión. El riesgo, por supuesto, es que quienes mejor conozcan esas épocas y esos ambientes descubran falsedades o errores en su recreación, pero la mayor parte de los lectores no estamos en condiciones de hacerlo.

Gunther es un personaje incómodo, sarcástico e incapaz de ocultar sus opiniones. Si la insolencia y la independencia de Philip Marlowe pueden resultar a veces inverosímiles en el contexto norteamericano, el peligro es aún mayor en el clima de la Alemania de Hitler. El truco al que nos somete Kerr es que, habiendo renunciado a la policía criminal tras la toma del poder por los nazis, van a ser los jerarcas del régimen, y en particular Reinhard Heydrich, quienes reclamen los servicios de Gunther como investigador privado en función de sus brillantes antecedentes. Así nos puede ofrecer una visión desde dentro y sobrevivir en el corazón del mal.

El personaje también manifiesta una creciente deriva hacia la introspección que va más allá de la autocrítica objetiva, aunque sin llegar a la torturada autoflagelación del Lew Archer de Ross Macdonald. Al menos sus relaciones con las mujeres son menos complejas, aunque, eso sí, parecen condenadas al desastre. Su historia con Noreen Charalambides podría ser la de mayores consecuencias, pero la peripecia de su matrimonio con Kirsten (Handlöser), que se apunta con crudeza en la tercera novela —Réquiem Alemán, aunque sin embargo ofrece al final una puerta al optimismo—, se cierra en la cuarta con la muerte de ella.

Puede que éstas sean las reglas de la novela negra, que las mujeres sólo puedan ser aves de paso, y que si adquieren realidad propia deban morir o desaparecer durante veinte años. Queda la duda de si estas reglas se han hecho cada vez menos aceptables o se trata, por el contrario, de un problema particular de algunos lectores provectos. En todo caso, yo me quedo con las conflictivas relaciones de Spenser con su pareja psicóloga en las novelas de Robert B. Parker (q.e.p.d.).

11 pensamientos en “Bernie Gunther

  1. Coño, esto ya ha empezado de nuevo en plan diario! Y encima con más de 300 visitas diarias… Habrá que ponerse las pilas aunque tengo muy poco tiempo y el que me queda se lo estoy dedicando a Trini…

  2. Con permiso de Lobisón y de Bernie Gunther, voy a decir lo que pienso sobre la novela negra: que no vale un pimiento, que es un género acartonado, lleno de clichés, más artificial que un musical de Fred Astaire y Ginger Rogers. No puedo aguantar la figura del investigador o detectiva, ya adopte la forma de monje medieval, sueco neurótico, alemán chalado, etc., etc. Lo veo como una degeneración típicamente norteamericana de un género que sí tiene su aquel, el de los enigmas criminales que resuelve una mente portentosa como la de Sherlock Homes o el de los relatos de Bioy Casares y Borges, que nunca salía de su casa. O incluso Agatha Christie, si me apuran. Pero esta cosa de la novela negra, a mi no me dice nada. Y no alcanzo a entender la psicopatología de quienes, como Lobisón y tantos otros en este blog, disfrutan leyendo esas cosas. Supongo que debe haber una afniidad entre consumir novela negra y comic. La mayor parte de la novela negra, para un servidor, son tebeos sin dibujos, es decir, algo insoportable. Con perdón.

  3. Ejercicios espirituales para afrontar la huelga general del 29 S:

    Lease este comienzo de la novela Los Ondulantes de Fredric Brown,novela negra de ciencia ficcion que destila wisky por sus poros y extrapole sus sentidos al maximo posible.Cuando terminen de leerlo no se les ocurra encender la radio ni la television,apagen todos los cachibaches electricos que tenga en casa (menos el ordenador que estan usando en estos momentos ¡hombre1)y preparese a entrar en los dominios del mas dificil todavia…
    ¡¡Habia una vez!…¡un circo!…tralarara tralará…..jeje.:

    Las salvas inaugurales de la invasión no fueron estruendosas, pero fueron oídas por millones de personas. George Bailey estaba entre esos millones. Elijo a
    George Bailey porque fue el único que llegó a tener una vaga intuición de lo que pasaba.
    George Bailey estaba borracho, y dadas las circunstancias no se lo podía culpar por ello. Estaba escuchando avisos radiales de la clase más repulsiva. No porque él quisiera escucharlos, desde luego, sino porque su jefe, J.R. McGee de la red MID, le había dicho que los escuchara.
    George Bailey escribía avisos para la radio. Lo único que odiaba más que la publicidad era la radio. Y ahora dedicaba su tiempo libre a escuchar irritantes y nauseabundos avisos comerciales en una emisora rival.
    – Bailey – había dicho J.R. McGee -, deberías familiarizarte más con lo que hacen otros. Especialmente, deberías estar informado sobre lo que hacen los clientes nuestros que usan varias emisoras. Francamente, te sugiero…
    Uno no se opone a las francas sugerencias del jefe si quiere conservar un trabajo de doscientos dólares por semana.
    Pero uno puede beber whisky sours mientras escucha. George Baile bebía whisky sours.
    Además, entre una tanda comercial y otra, jugaba al gin rummy con Maisie Hetterman, una atractiva dactilógrafa pelirroja del estudio. Era el departamento de Maisie y la radio de Maisie (George, por principios, no tenía radio ni televisor), pero George había traído el licor.
    – …sólo los mejores tabacos – decía la radio – entran dit-dit-dit cigarrillo favorito del país…
    George miró la radio.
    – Marconi – dijo.
    Desde luego quería decir Morse, pero como los whisky sours lo habían mareado un poco su primera corazonada se acercó más a la verdad que la de cualquier otro. Era Marconi, en cierto modo, de un modo muy especial.
    – ¿Marconi? – preguntó Maisie.
    George, que odiaba hablar con la radio encendida, se inclinó para apagarla.
    РQuise decir Morse Рdijo -. Morse, como en los boy scouts o en el cuerpo de se̱ales. En un tiempo fui boy scout.
    – Vaya si has cambiado – dijo Maisie.
    George suspiró.
    – Alguien se creará problemas, transmitiendo en código en esa longitud de onda.
    – ¿Qué decía?
    – ¿Decía? Ah, quieres decir qué decía la señal. S…, la letra S. Dit-dit-dit es S. SOS es dit-dit-dit da-da-da dit-dit-dit.
    – ¿La O es da-da-da?
    George sonrió.
    РDilo de nuevo, Maisie. Me gusta: Y creo que t̼ tambi̩n eres da-da-da.
    – George, quizá sea realmente un SOS. Enciéndela de nuevo.
    George la encendió de nuevo. El aviso de cigarrillos aún estaba en el aire.
    – …caballeros del gusto más dit-dit-dit …guido prefieren el gusto superior de los cigarri-dit-dit-dit. En su nuevo paquete, que los conserva dit-dit-dit y ultrafrescos…
    – No es un SOS. Son sólo eses.
    – Como una tetera, o… Oye, George, quizá sea un truco publicitario.
    George meneó la cabeza.
    – En ese caso no taparía el nombre del producto. Espera un minuto hasta que…
    Extendió la mano y movió la perilla de la radio un poco a la derecha y un poco a la izquierda, y una expresión incrédula le inundó la cara. Movió la perilla hacia el extremo izquierdo, tanto como podía. No había ninguna estación allí, ni siquiera el zumbido de una nota de transmisión, pero la radio decía dit-dit-dit, dit-dit-dit.
    Movió la perilla hacia el extremo derecho. Dit-dit-dit.
    George apagó la radio y miró a Maisie sin verla, lo cual no era fácil.
    – ¿Algo malo, George?
    – Espero que sí – dijo George Bailey -. Por cierto espero que sí.
    Pensó en tomar otra copa y cambió de idea. Tuvo la repentina corazonada de que algo importante estaba ocurriendo y quería estar sobrio para evaluar las cosas.
    No tenía la menor idea de cuán importante era.
    – George, ¿qué quieres decir?
    – No sé qué quiero decir. Maisie, demos un paseo hasta el estudio, ¿eh? Creo que habrá cosas interesantes.

    ……………….(continuará).

    ¡Que!…¿les ha servido de algo este ejercicio espiritual?…..jeje.

  4. No se preocupen ,si creen que estan matando el tiempo viniendo a Debate Callejero …¿Alguna vez alguien ha sido arrestado por matar el tiempo?…..jeje.

  5. Yo tampoco comparto el entusiasmo actual por la novela negra. No la leo. Y que conste que he leído 8 novelones este verano. Pero ninguno negro.
    Yo estoy con Trini. Se trata de echar a Esperanza Aguirre de la Comunidad de Madrid antes de que acabe con ella. Y la Aguirre a Tomás se lo come con patatas. A Trini menos. Todo lo demás me parece secundario e irrelevante. Ni Numancias ni músicas ratoneras.

  6. Sobre la polemica de las primarias del PSM…..el que tenga dos dedos de frente se habra dado cuenta que la comunidad autonoma de Madrid necesita ser saneada en todos sus ambitos….ergo Trini….jeje.

  7. Muchas gracias Lobisón, no conocía a BG.

    Me gustaría recordar algunas curiosidades sobre las novelas negras que vienen un poco al hilo.

    Una curiosidad es sobre las mujeres, que no son aves de paso para los autores. Raymond Chandler vivió con su madre, o en cercano contacto con ella, hasta los 36 años, cuando ella murió. Entonces se casó con “Cissy”, la otra mujer de su vida, de 54 años, con la que vivió 30 años. La muerte de su anciana esposa le precipitó en la depresión y el alcoholismo.

    Deshiell Hammett encontró a su media naranja a los 38 años (Lillian Hellmann, escritora teatral), tres años después dejó de escribir y se dedicó a su amor, con quien estuvo 30 años, esta vez hasta la muerte de él, y al activismo político. (también le daba duro a la bebida)

    Deshiel Hammet era comunista.

    Otra curiosidad es que en inglés no hay palabra para describir a las novelas “negras” (hard-boiled detective stories es lo más próximo), la categorización es francesa y un préstamo del lenguaje (también francés) del cine (film noir). En italiano se dice “giallo” (por el amarillo color de las portadas), en alemán “krimi”, y no me sé más. (Hard-boiled denota el estilo hampón de los personajes, frente a las “detective stories” clásicas, basadas en puzzles, que le gustan a D Cicuta y al que escribe, pero que Chandler y Hammet consideraban románticas e irrealistas)

    Hablando de Weimar, Bertold Brecht era un fanático de las novelas negras (Chandler era su preferido). En su casa museo en Berlín, prácticamente todos los libros que se conservan en su pequeña biblioteca son “krimis”. Lo visité con Don Cicuta cuando éramos jóvenes.

    Y a propósito del link de Teoura, con amigos así quién quiere enemigos.

    Salud y buen retorno a la nueva temporada

  8. Perdonenme…fe derratas: ¿Por que el ojo del culo no tiene pestañas?.
    Ya saben…A preguntas embarazosas…¡¡¡respuestas anticonceptivas!!…..jeje.

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