Barbie en la Casa Rosada

Gonzalo Caretti

Nace una nueva dinastía, llena de Glamour. La victoria en las elecciones argentinas de Cristina Fernández de Kirchner, o Cristina, como le gusta que la llamen, no deja de sorprender por más esperada que fuera. Pero pese a lo contundente de las  cifras, la suya no ha sido una victoria aplastante. Es cierto, no ha necesitado una segunda vuelta. Pero quizás se deba más a la inercia recogida de su marido, o quizás haya sido una oposición dividida, sin imaginación, sin alternativas, sin soluciones que ilusionen, o quizá la aplastante maquinaria del Merchandising a lo Spice Girls, nadie lo sabe.  Lo cierto es que, en un país donde es obligatorio votar, donde la sanción económica es lo suficientemente importante como para molestarse un poco en ir a meter un papelito en una caja, quizá el vencedor más importante haya sido la abstención.

Y es que, según la mayoría de los analistas, Cristina es más de lo mismo, eso sí, con una cara bastante más agradable. El cambio recién empieza, dice la presidenta electa, pero pocos confían en un cambio que realmente pueda ser productivo para el país que requiere soluciones a problemas concretos. Precedida por una campaña vacía de contenido, sin ofrecer soluciones concretas a problemas concretos – por lo demás, como sus rivales- ni respuestas a las sombras que oscurecen la recuperación económica de Argentina, posiblemente la elección de Cristina Fernández de Kirchner ha sido posible más por el conservador malo conocido que por sus proyectos. Por que, para sus detractores, la presidenta electa no tiene más programa que el de su marido.

Ahora, la ex primera dama, la ex senadora, se enfrenta a una tesitura, cuanto menos, complicada. A su favor, una economía en vías de recuperación, con un crecimiento económico realmente sorprendente, a un ritmo del 9% anual y un descenso en el paro de casi 11 puntos. Sin embargo, los fantasmas del pasado acorralan a Argentina. La inflación, galopante, contra la que advierte con cautela el FMI, se convirtió en el gran dolor de cabeza de un Nestor Kirchner que en los últimos meses ha llegado a recurrir a las tácticas más sibilinas para disimularla y a prácticas más que dudosas quizás para favorecer la campaña de su mujer. Cristina hereda esa escena, y la de la inseguridad, y la de la corrupción. Pero no parece afrontar el problema con el realismo y la urgencia necesaria que quizás la situación merece, más allá de las promesas de abrir mercados y dar más autonomía a sus ministros. Habrá que esperar a sus propuestas, de gabinete, y de política, pero pocos indicios se tienen de un cambio más allá de la retórica de campaña electoral.

Su política internacional es también una incógnita. La ex senadora se debate en un maremágnum de buenos oficios con el fin de llevarse bien con todos. Algo poco probable, pues la región se encuentra en uno de los momentos más polarizados de los últimos años. Así parece poco posible  articular una política exterior coherente que de resultados. Chávez y Bush no son muy compatibles y los dos son parte importante de la vida argentina. Y para una Argentina que tiene la obligación de ser una parte importante del futuro de la región, tanta incertidumbre no puede ser especialmente buena.

Cuando Kirchner llegó al poder, la sociedad argentina se preguntaba si el país lo dirigiría él o su mujer. Ahora los papeles se invierte, Cristina entrará en la Casa Rosada ya no como consorte, sino como presidenta. Pero la sociedad, muy probablemente se seguirá preguntando cual de los dos miembros del matrimonio dirige el rumbo del país.

Quizá la mayor crisis llegue ahora en las filas del peronismo, donde las corrientes contrarias a la tendencia del matrimonio Kirchner comenzarán, todo hace pensar, una dura batalla por recuperar su parcela en la escena política nacional. O quizá sea, precisamente eso, lo que ha aupado a Cristina hasta la victoria. Muchas incertidumbres, y la sombra de Nestor Kirchner planeando por la Casa Rosada, Ken en un aparente segundo plano, mientras la inflación, la corrupción, la inseguridad y las dudas de la sociedad argentina siguen con la misma respuesta de los últimos 4 años, respuestas que si antes funcionaron, ahora parecen ser insuficientes.