Aznar y Gadafi

Lobisón 

La afirmación por José María Aznar, en una conferencia pronunciada en Estados Unidos, de que Gadafi era un ‘amigo extravagante’, al que era un grave error atacar, ha causado como era de esperar regocijo y consternación según las sensibilidades e intereses de cada cual. En general se ha atribuido semejante metedura de pata a las malas compañías, y sobre todo a su obsesión compulsiva por meterle el dedo en el ojo al actual gobierno español.

Sin duda éstos son factores que han pesado, pero también se debe tener en cuenta que la actual visión del mundo de Aznar se fraguó en 2002, con el deslumbramiento mutuo entre Bush y él por su coincidencia en la necesidad imperiosa de combatir al eje del mal. Cuando Gadafi decidió no seguir la suerte de Sadam Husein y anunció el desmantelamiento de sus armas no convencionales, Aznar, como Blair y Bush, decidió que había llegado el momento de perdonar sus pecados anteriores, incluyendo las bombas de Berlín en 1986 y del vuelo de PanAm sobre Lockerville en 1988.

Lo de menos es que Sadam también hubiese desmantelado sus programas de destrucción masiva, pero no lo hubiera hecho público porque sus vecinos, Irán y Siria, eran bastante más peligrosos que Túnez y Egipto, por no hablar de la mayoría chií o de los kurdos dentro de Irak. Lo importante es que Gadafi había entrado en el juego, y a Aznar le parece ahora un error atacarle porque bombardee a su propio pueblo (como en su momento había hecho Sadam).

Por la misma razón Gadafi y su hijo Saif el Islam han insistido en atribuir la insurgencia de Cirenaica a Al Qaeda. El principal servicio práctico de Gadafi fue aplastar los movimientos islamistas, y lo estaba recordando al pretender, con poca verosimilitud, que sus oponentes eran simplemente terroristas, borrachos y drogados. Su desgracia es que Al Qaeda no infunde en estos momentos el mismo temor que antes, y que en cambio las imágenes de la represión llegan a Europa y a Estados Unidos de forma impactante. Y no sólo por las benditas redes sociales, por cierto, sino ante todo por Al Yazira.

No hay que ser demasiado optimistas: Al Qaeda puede hacer una nueva irrupción brutal, y no cabe descartar que el fundamentalismo islámico pueda ganar fuerza en alguno de los países árabes que están ya en transición o que pueden llegar a estarlo. Pero hoy por hoy recurrir a los servicios prestados por Gadafi para reclamar la neutralidad occidental ante la guerra civil Libia no sólo es moralmente difícil de sostener, sino que resulta incomprensible para la opinión pública, y sobre todo para los jóvenes.

Ciertamente no es probable que Aznar entienda esto. Para él es un problema de ‘progres, buenistas y eternos adolescentes’, y no hay mucho más que discutir. Conviene recordar que no es persona a la que las contradicciones le quiten el sueño. Pese a su toma de partido en la guerra contra el terror, no parece que se tomara en serio el riesgo de atentados yihadistas en España, y ahora dice no haber negociado nunca con ETA, pese a la evidencia en sentido contrario. Tocó el cielo en 2002 y no permitirá que ningún hecho le rebaje a la condición de simple mortal.