Ayer ganó la democracia

LBNL

En Grecia y en toda Europa, porque el triunfo del sí en el referendum griego habría supuesto justamente todo lo contrario: la victoria de la tecnocracia (la opinión de los expertos) sobre la del pueblo, que ya se pronunció hace seis meses apoyando las tesis de Syriza sobre lo que había que hacer para sacar a Grecia de la crisis en la que se encuentra desde hace un lustro pese a haber cumplido con las innumerables exigencias de sus prestamistas, que supuestamente sabían mejor lo que convenía. Con resultados lamentables, sin embargo, como demuestra que Grecia es cada vez más pobre y sus acreedores tienen cada vez menos posibilidades de recuperar las cantidades cada vez más ingentes de dinero prestadas a la luz de las predicciones, cálculos y recetas del neoliberalismo austericida imperante en Bruselas (Comisión Europea), Frankfurt (BCE) y Washington (FMI).

¿Qué va a pasar ahora? Sinceramente, cualquier pronóstico contiene una elevada carga de elucubración. Más fácil es despejar algunas de las cosas que supuestamente iban a pasar si ganaba el no y que no van a pasar. Grecia no va a salir del euro, por más que se haya repetido sin cesar durante los últimos días. No va a salir a no ser que lo haga voluntariamente y nadie en Grecia lo plantea. El referendum no era una votación a favor o en contra del euro sino de la última oferta europea a Grecia para superar sus dificultades financieras, que ha sido rechazada. Por mucho que se empeñen, no ya columnistas y tertulianos sino también destacados dirigentes europeos, no hay ningún procedimiento legal para expulsar a Grecia del euro. Lo que si hay es medios para hacerle la vida imposible con la intención de que decida salirse. Por ejemplo, el BCE puede seguir poniéndole las cosas difíciles a los bancos griegos, limitando su liquidez e indirectamente su capacidad de seguir financiando al Estado griego dado que son los únicos compradores de su deuda pública. Pero el BCE tiene el deber de evitar un bank run en toda la zona euro, incluida Grecia, y los bancos griegos son bastante solventes. No están quebrados, sino afectados por el peligro de que sus depositantes quieran retirar sus depósitos en euros ante el miedo de una salida griega del euro y la consiguiente devaluación.

Asumamos que el BCE encuentra cobertura legal para seguir apretando las tuercas a Grecia limitando la liquidez de su sistema financiero. Obviamente, si antes del referendum el Gobierno de Syriza se negó a aceptar la última oferta europea, ahora todavía menos. No sé cuánto tiempo podría la sociedad griega, o su economía,  soportar el corralito,  pero antes de que se viera finalmente abocada a salir del euro, el BCE tendría que gastar cantidades ingentes para evitar el contagio en los países más expuestos. Y finalmente tendría que comerse el default griego, es decir, considerar como a fondo perdido los muchísimos miles de millones que le ha prestado a Grecia en los últimos años. Económicamente no tiene sentido, especialmente si consideramos las declaraciones del Presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, que decía que en los últimos momentos de la negociacion, la distancia entre “las instituciones” y los griegos era de sólo unas pocas decenas de millones de euros. Y el BCE es una institución independiente y económica, por lo que debería optar por la solución menos lesiva económicamente para todos, que es obviamente mantener la liquidez hasta que se consiga un acuerdo.

Dejando de lado la economía, no es la primera vez que un Estado europeo somete a referendum lo que propone Europa y el pueblo dice no. En prácticamente todas las ocasiones anteriores en las que algo similar ha ocurrido (Dinamarca con el Tratado de Maastricht, Irlanda con el de Amsterdam, Francia y Países Bajos con la Constitución Europea…), la solución fue negociar una serie de concesiones adicionales para el país en cuestión para superar así el escollo.

Grecia proponía equilibrar el déficit sobre todo por el lado de los ingresos fiscales mientras que “las instituciones” insistían en que la reducción del gasto es más tangible y segura. Grecia pide negociar exclusivamente con la Comisión Europea, Eurogrupo y BCE, dejando de lado al FMI, dada su cerrazón. Por cierto, curioso que Lagarde, la sucesora de Rato y el ínclito Strauss Kahn, fuera la poli mala a principios de la semana pasada y que, pocos días después, saliera a la luz un informe del propio FMI que asume que una restructuración de la deuda griega es inevitable, con una quita importante. Tsipras y Varoufakis ni siquiera piden una restructuración/quita inmediatamente sino que, en vista de las ingentes reformas ya acometidas, el Eurogrupo cumpla su promesa de fijar un calendario para examinar la cuestión en serio. Strauss Kahn que, a diferencia de Rato ya está limpio judicialmente de todo polvo y paja -nunca mejor dicho-, también considera que el Fondo “la cagó”, durante su mandato, y no tiene sentido que mantenga una posición inflexible.

Rato ha hecho bien en callarse pero, sin embargo, quién le puso al mando de la Bankia que hundió, nuestro querido Mariano, no pierde ocasión de poner a Syriza a los pies de los caballos, porque es evidente que la rebelión contra la austeridad pone en cuestión a todos aquellos que, antes que rebelarse, siguieron a pies juntillas el diktat de la Troika convencidos no sólo de que era la única opción para salir de la crisis financiera sino también de que era lo más conveniente para sanear la economía. Lo cual es una opción ideológica perfectamente legítima, como también lo es la contraria por más que el bombardeo propagandístico nos quiera convencer de lo contrario.

Ahí radica seguramente el problema más gordo. Las diferencias entre los miembros del club se solventan con componendas, como se hizo en los ejemplos anteriores ya citados. Sin embargo, Syriza está poniendo en duda lo establecido, tanto las recetas como las formas negociadoras, entrando a las reuniones sin corbata, denunciando los chantajes por twitter y convocando referendos a traición, desafiando las amenazas apocalípticas. La inquina generada en el establishment no es poca. A Merkel la traen por la calle de la amargura. Incluso también al pobre Juncker, que está mayor y no está acostumbrado a negociar a altas horas de la madrugada – día si, día también – y que todo esté de nuevo patas arriba cada vez que se despierta habiéndose acostado pensando que ya estaba todo casi arreglado.

De ahí que los pronósticos sean aventurados. Pero siguiendo con lo que no va a pasar, fueron varios los mandatarios europeos que la semana pasada advirtieron que la oferta europea caducaba el martes por la noche, cuando Grecia dejó de pagar los 1.700 millones de euros que le tocaba reembolsar al FMI. Por cierto ¿qué pasó con eso? Se suponía que el impago era el acabose, un default en toda regla, el fin para Grecia. Pero nada, Grecia no pagó y parece que, por lo visto, las reglas del Fondo dictan que el impago no se confirma hasta un mes después. En cuanto a la oferta europea, tenían razón los que decían que ya no era válida, pero no porque expirara el martes sino porque la ciudadanía griega ha referendado la negativa de su Gobierno a aceptarla.

¿Habrá una oferta mejorada? A juzgar por las declaraciones públicas, señaladamente de políticos alemanes, claramente no, pero a juzgar por los frenéticos movimientos políticos registrados desde que se conoció la victoria del no, muy probablemente sí. Merkel y Hollande se reúnen esta noche y el martes los líderes de la Eurozona vuelven a reunirse en Bruselas. Se supone que en esta ocasión no dejarán a Tsipras fuera, como en la última reunión de los ministros de finanzas del Eurogrupo, de la que se excluyó a Varoufakis, algo sin precedentes, como dando por hecho su próxima salida del euro.

Mañana en Bruselas serán varios los líderes que se muestren profundamente enojados con Tsipras y bramen en contra de hacer más concesiones a favor de Grecia. El holandés, el finlandés y algún que otro báltico, destacarán en esta línea. Y si Hollande convence a Merkel y ambos insisten en la necesidad de alcanzar un acuerdo pese a todo, serán otros cuantos los que salgan con el “qué hay de lo mío”, como el inefable Mariano que la semana pasada, cuando Juncker le recordó a Tsipras que tenía todo previsto para ayudar a Grecia con un plan de apoyo por valor de 35 mil millones de euros, no se le ocurrió otra que comentar que él también quería una parte.

Tsipras pretendió que sus pares le escucharan y en atención del sufrimiento del pueblo griego, aceptaran hacer algunas concesiones adicionales. Pero se encontró con un muro que se negó a entrar en el fondo y remitió a Grecia a aceptar la oferta del Consejo de Ministros de Economía. Pensaron que con todos en contra, no le quedaría otra que bajarse del árbol. Pero no, se subió un poco más y ahora vuelve con el aval del pueblo griego, que lleva varios días de corralito escuchando profecías apocalípticas y, aún así, ratifica su negativa.

No soy fan ni de Syriza, ni de Tsipras y mucho menos de Podemos, por más que tenga debilidad por el odiado Varoufakis. Y soy muy consciente de que Grecia es un país muy enfermo, no sólo en términos económicos y financieros sino también en cuánto a desarrollo institucional, corrupción, etc. La semana pasada leí un artículo de Kaplan en el Wall Street Journal que explicaba bastante bien por qué Grecia está como está y también advertía de las consecuencias muy negativas que tendría que Grecia dejara de estar anclada en la Unión Europea. Como también lo advierte Obama. Por merecer, Grecia no sólo no merece un sólo euro adicional de ayuda sino que no merecía ni la mitad de lo que ya ha recibido. Pero como repite machaconamente Albert Rivera, los que quebraron a Grecia fueron los pares políticos griegos del PP y el PSOE, no Syriza, bajo cuyo Gobierno Grecia ha seguido devolviendo la deuda contraída por sus predecesores -7.000 millones en seis meses.

Syriza llegó al Gobierno con otras ideas y planes sobre cómo se puede crecer para poder pagar al menos una gran parte de la deuda, con menor sufrimiento para la ciudadanía. Sus ideas serán más o menos factibles, pero desde luego no son necesariamente peores que las aplicadas sin debate durante el último lustro con resultados lamentables para todos. Y sin embargo, nos quieren hacer creer que la ortodoxia neoliberal es sensata mientras que las alternativas son absurdas, además de populistas, ingenuas, jetas, comunistas, etc.

Pues bien, señores de Europa, el pueblo griego decidió ayer suicidarse si damos por buenas sus amenazas. ¿Van ahora a rematarlo para hacerlas buenas pese al tremendo coste político y económico que nos supondría a todos? Quiero pensar que no. Ahora bien, de lo que estoy seguro es de que si ayer hubiera ganado el sí, el austericidio sería inevitable y permanente para todos, así que me alegro mucho de que no haya sido así.