Tórrido verano

Melinda

La película Shame, dirigida por el director Steve Mcqueen (Londres 1969) no me pasó desapercibida cuando la estrenaron. Sabía que iba de sexo y que era dura porque eso es lo que me llegó del boca a boca de personas que la habían visto. No había leído ninguna crítica, pero incluso cuando lo hice –ayer, antes de ir a verla, – seguí sin pistas claras de la temática, aunque lo  que sí leí era que Shame era una buena película sin concesiones en la que se trataba la adicción al sexo del protagonista. Me decidí a verla, primando en mi decisión una crítica que leí en Le Monde sobre Ellas, la otra película que me tentaba ayer: decía la crítica de Le monde que Ellas trataba el tema planteado con eufemismos feministas y que resultaba  poco creíble, excepto desde una óptica de corrección política.

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Winter’s Bone

Melinda 

La película Winter´s Bone acaba de ser ganadora del Festival de Sundance, en Nueva York, y ha recibido cuatro nominaciones a los Oscar: Mejor Película, Mejor Actriz, Mejor Actor y Mejor Guión  Adaptado (de la novela del mismo título del escritor Daniel Woodrell, 2006).

 De nuevo, una directora de cine y guionista, la americana Debra Granik, elige como protagonista de su película a una joven, jovencísima de 17 años, valiente y emprendedora como pocas. Winter´s Bone es la segunda película de esta directora. La primera, Down to the Bone, también fue ganadora del mismo festival en 2004. Puesto que su primera película también estaba protagonizada por una mujer que atravesaba serias dificultades en su vida, le preguntan a Debra Granik si se trata de una coincidencia o es que le atraen este tipo de personajes. Ella responde:

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Lola en Nueva York

Melinda 

1. Chelsea

El primer verano en Nueva York  había sido duro. Lola recordaba un cielo plomizo como una constante en aquel mes de agosto  de calor asfixiante, húmedo y pegajoso al que no estaba acostumbrada. Los cubos de basura  enormes, metálicos y llenos de abolladuras lucían como extraños adornos en las sucias y estrechas aceras del Lower East Side.

En el interior del apartamento que le habían prestado, donde Lola se refugiaba al atardecer para hacer sus tareas de inglés, el ruido ensordecedor del aparato de aire acondicionado servía, afortunadamente, para sofocar el tumulto callejero, que podía pasar en unos instantes de un compadreo amigable y musical de los puertorriqueños del barrio – bebedores de cerveza o ron, sentados en sillas a la puerta de sus casas-,  a una vorágine de gritos y trifulcas. Cuando esto sucedía, la presencia de un coche de la policía y su estruendosa sirena solían poner fin a los atardeceres en aquel barrio, Chelsea, próximo a la Calle 14, ghetto de puertorriqueños, que se comportaban como si aún vivieran en sus pueblos de origen.

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Agnes Heller

Melinda

Teniendo en cuenta fachadolid y todos los machismos que nos ocupan a pesar de la labor realizada recientemente por este gobierno en contra de ellos, se me ocurre publicar en DC esta magnífica entrevista a Agnes Heller,  aparecida en el periódico Clarín de Buenos Aires en agosto. Con foto incluida de 81 años. Me parece una mujer revolucionaria. .

TERMINAR CON LAS TRADICIONES ES UNO DE LOS DESAFÍOS MÁS GRANDES

16/08/10  PorAdriana Carrasco, ESPECIAL PARA CLARIN

Agnes Heller sostiene que la revolución de la modernidad es la de las mujeres porque implica un cambio de formas de vida.

Sobreviviente del Holocausto y de la represión estalinista en Hungría, lo que a Agnes Heller más le llama la atención de Buenos Aires son las viejas construcciones.

Le resulta maravilloso estar en una ciudad que nunca fue tocada por la guerra. Sin embargo, no le interesa hacer filosofía urbana. Caminar le permite escaparse un rato de los cafés universitarios y de las discusiones sobre el uso de los términos en la ética contemporánea.

Heller pasó muchos años enseñando en Australia y en Nueva York, y desde hace un tiempo se instaló nuevamente en Hungría. A los 81 años sigue corriendo con la ventaja de que no pueda ubicársela más que fragmentariamente en alguna de las corrientes filósoficas del siglo XX. Durante algunas décadas ella misma se consideró una intelectual marxista . Perteneció a la Escuela de Budapest (que se propuso ejercer un pensamiento crítico para “reconducir” al socialismo hacia su democratización) y fue discípula y ayudante de György Luckács, destacado filósofo y crítico literario marxista.

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Bicicleta, Cuchara, Manzana

Melinda

 Si no han visto el documental que lleva ese título y que está exhibiéndose estos días en las salas de Madrid, acudan a verlo. Es una obra impresionante sobre el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer en una persona carismática y de todos conocida: el político catalán, Pascual Maragall.

 El director del documental, Carles Bosch, autor hasta la fecha de varios documentales más –Balseros, entre otros-, había conocido a Maragall en 1992, en pleno esplendor de ese político como alcalde de Barcelona, a propósito de un reportaje sobre el asedio a Sarajevo que había realizado Carles Bosch y que el político había visto en televisión.  Lo invitó a comer y de aquel encuentro surgieron, al parecer, colaboraciones humanitarias a Bosnia,  además de un respeto mutuo personal que, más tarde, cuando Maragall se encuentra, en 2007, con un diagnóstico irreversible de esa enfermedad incurable hasta la fecha, y decide enfrentarse a ella con toda la valentía de que a veces es capaz un ser humano, también tiene como  fruto  el documental que nos ocupa.

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An Education y Fish tank (películas), Chesil Beach (novela)

Melinda

Una joven de 16 años revela ya toda su personalidad en el  film An Education,  exquisito y preciso en la definición de un verdadero dilema para las que teníamos su edad y sus actitudes en mi generación: el ansia de saber, la rebeldía, la curiosidad infinita por llegar a lo más hondo de todo lo que relucía a tu alrededor en el ámbito del conocimiento y de la vida. Poco relucía en España, entonces, y el ansia de conocimiento, casi instintiva en nuestro caso -porque nadie te enseñaba nada que mereciese la pena siquiera intentar aprender en ámbitos que no fuesen estrictamente técnicos- era casi imposible que no se tornara en  un vuelco radical hacia la política,  como una mera necesidad de  supervivencia. La rebeldía encontraba allí su expresión máxima. En España había, primero, que lograr libertad para poder expresarte en el más estricto sentido de la palabra “expresión” (no sé cómo no salimos todos mudos). ¿Cómo ibas a desear fieramente ir a estudiar a Oxford, aunque supieras que lo que querías era estudiar y aprender,  si ni siquiera podías intuir que existiese algo como Oxford? 

No es que fuese sencillo en otras partes del mundo: en Inglaterra, por ejemplo, donde se desarrolla este film, existía, en 1961, una sociedad pobre -muy afectada aún por la post guerra- e inmersa en un fiero puritanismo que se expresaba en el colegio femenino de la chica -estrictamente regulado por normas de obligado cumplimiento, divorciadas de la turbulencia adolescente, en las que no cabía la menor desviación de expresión individual- y en una fuerte represión paterna, orientada a que la hija consiguiera a toda costa entrar en Oxford. Pero las convicciones del padre, no muy sólidas, por otra parte, como se revela en el desarrollo de la película, no eran sino un puñado de convenciones que nada tenían que ver con la fuerte curiosidad intelectual y artística -musical- de la hija: el único interés del padre  por lograr que su hija fuese admitida en  Oxford era  que obtuviera un estatus respetable: el que él mismo, seguramente, no había logrado en su vida. La madre  es un ser en la trastienda -perfecto reflejo de las amas de casa  de su época- que sólo revive cuando aparece en escena un encantador de serpientes que corteja a la hija y que seduce a los padres en su primer encuentro con unas artes omnipotentes, aunque engañosas. Tan inexistente era el interés del padre por el desarrollo de las pasiones intelectuales de su hija que, cuando aparece el personaje de marras que la acaba seduciendo -llevándosela a París y enseñándole mundos desconocidos-, no duda un minuto, a la primera de cambio, en acceder a casarla con él, aunque eso suponía en aquel momento, por supuesto, el fin de las aspiraciones intelectuales de su hija.

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Homenaje a mi madre

Melinda  
  
Sentía una pena, una tristeza que me llegaba como un ruido de fondo, monótono, de origen desconocido. Pero pronto se me reveló como añoranza de mi madre, como un  duelo por su pérdida. La echaba de menos. Me di cuenta, con crudeza, de lo que la muerte es capaz de arrebatarnos.
  
Al tiempo, podía experimentar a mi madre como vida dentro de mi, como parte de mi misma. Con ella aprendí a sentirme cercana a los demás, a necesitarlos, a sentir ternura y amor infinito, a desear que me cuiden y a cuidar a otros.
  
Sin embargo, una tristeza sorda me invadía  por su ausencia en aquel preciso momento y un deseo grande de que pudiera estar a mi lado, que me arropara con su mirada benevolente y de plena satisfacción conmigo, de poder mostrarle a mi hijo, a quien apenas conoció… 

Entonces, a pesar de que la lleve dentro, me oprime una punzada de dolor al reconocer a la muerte como la nada, la no existencia, la ausencia total de un ser tan querido, que te dio la vida y compartió la suya contigo, y que, queriéndote, te enseñó a querer y a ser quien eres.

No te rindas, no te salves

Melinda

Amigos,
Nada mejor se me ocurre, en este día festivo -en mi ciudad al menos-, que enviaros dos mensajes llenos de belleza, fuerza y vigor, y que no dudo que os harán vibrar de emoción, escritos por un luchador hasta la muerte, el grandísimo poeta uruguayo Mario Benedeti. Ahí van:

NO TE RINDAS
No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
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Desgracia

Melinda

La película “Desgracia”, dirigida por  Steve Jacobs, es un fiel retrato de la novela del mismo nombre, escrita por el Nóbel surafricano, Coetze. Había leído hace unos años la desgarradora novela, pero me había dejado un mal sabor de boca, un sentimiento desolador.  La película, sin embargo, me sobrecogió por su realismo, pero me cautivó por su belleza y sinceridad, y, sobre todo, no me pareció, en absoluto, desprovista de esperanza. Lo sorprendente fue que, contrario a lo que suele pasar con películas basadas en novelas – si te gusta la novela no te suele gustar la película-, en este caso, ver la película me hizo apreciar la novela en todo su valor y me ha entrado curiosidad por releerla.

La novela se publica en 1999, recientemente superado el régimen del Apartheid, y tiene lugar en Ciudad del Cabo y en una granja, situada  al Este de Sudáfrica. El tema principal de la película y novela gira en torno a la humillación y el perdón, y la indefensión que provoca la violencia; pero también late con fuerza inusitada una esperanza redentora que se apoya en la generosidad de los que pretenden vivir en armonía con la naturaleza, con los animales y con aquellas personas que habían sido desposeídas de su tierra.

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Relatos de verano (último)

Melinda

5. Don Elías en la playa

 Era a mediados del mes de junio y ese año estaba haciendo calor, por lo que Don Elías fijó enseguida la fecha para pasar unos días en la playa con su mujer y sus dos nietos pequeños.  

– Justina, mañana salimos a las 7:00. Ten a los chicos listos a esa hora porque hay que salir  temprano- le dijo Don Elías a su hija, la víspera del viaje.

 Madrugar era lo habitual para Don Elías; pero cuando iba de viaje – especialmente, si iba al sur-,  su costumbre era salir mucho antes del amanecer para que no le cogiera el sol de plano. Esta vez sólo iban a Gijón, pero el estado de las carreteras hacía que el trayecto durase unas cuantas  horas. Algo antes de la hora señalada, Saturnino, el chofer, se disponía a bajar las maletas y algún bulto al coche, de forma que a las 7 en punto partían los cinco rumbo al norte. Don Elías delante, en el asiento del copiloto y Doña María detrás, con sus nietos, Juan y Marta.

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