Austeridad y desigualdad

Lobisón

La alternativa que se ha perfilado en la cumbre del 9 de diciembre del Consejo Europeo es una refundación de la UE que en principio podrían suscribir todos los países miembros excepto el Reino Unido. Se trata de crear mediante un tratado internacional una UE en la que los Estados se comprometerán a introducir en sus textos constitucionales una regla de oro del déficit y para la contención de la deuda. Las nuevas reglas modificarán la forma de gobierno de la eurozona y servirán para llevar los presupuestos nacionales hacia un mayor equilibrio. La pregunta evidente es si este aumento de la ‘gobernanza fiscal’ es el único mensaje que se pretende enviar a los mercados o si, en cambio, es la condición para pasar a una fase distinta.

Los asesores de Merkel han dado entender en varias ocasiones que una mayor gobernanza económica en la eurozona sería necesaria antes de pensar en un papel más activo del BCE frente al encarecimiento de la financiación de los países periféricos. Por mayor gobernanza (gobernanza reforzada) se entiende ante todo un mayor compromiso para limitar el déficit, formalizado en la misma constitución de los países miembros, siguiendo el ejemplo alemán, e introducción de mecanismos de automáticos de sanción para los países incumplidores. En suma, se trataría de impedir que el respaldo del BCE se convirtiera en un cheque en blanco para los países incumplidores.

Pero, incluso si la cumbre de diciembre abriera una fase nueva y pusiera fin a la crisis de la deuda soberana, persistiría el problema de fondo: la crisis económica y las perspectivas de recesión no sólo en los países del sur sino en el conjunto de la eurozona, además del Reino Unido. El crecimiento del desempleo y el sentimiento de incertidumbre que le acompaña, sobre todo entre los jóvenes, podrían prolongarse durante años si la única perspectiva que se ofrece es la consolidación fiscal sin políticas de estímulo financiadas con eurobonos. Y en este punto no hay razones para esperar un cambio de actitud por parte de Angela Merkel, al menos hasta que en junio de 2012 la Comisión presente un informe sobre ellos.

Eso no significa que la socialdemocracia europea pueda sentarse a esperar la llegada del cambio en Berlín, entre otras razones porque sería exagerado poner excesiva fe en lo que podría hacer el SPD si volviera al poder en Alemania. Pero, sobre todo, porque las políticas de consolidación fiscal que se han convertido en la única regla de juego en la UE ponen en peligro el modelo social europeo. La imposición de la austeridad no sólo puede provocar una espiral a la baja de los ingresos fiscales, sino que sobre todo da argumentos a los sectores más conservadores para insistir en que el actual Estado de bienestar es ‘un lujo que no nos podemos permitir’.

Es difícil que la opinión pública europea pueda aceptar la desaparición de la sanidad pública o de los sistemas públicos de pensiones, menos aún de la enseñanza pública, pero la presión sobre estos sistemas podría llevar hacia un modelo dual, en el que se acentuara la tendencia a dejarlos como sistemas adecuados para las rentas bajas, mientras los sistemas privados de pago se extiende entre las rentas altas. Esto a su vez desencadenaría una nueva espiral a la baja, ya que rompería las bases de la solidaridad fiscal. Las clases medias sólo aceptan financiar con sus impuestos los sistemas públicos en la medida en que piensan que en un momento dado pueden beneficiarse de ellos.

La tendencia hacia la dualización de los sistemas del Estado de bienestar perjudicaría de forma inmediata a las rentas bajas y acentuaría el crecimiento de las desigualdades, algo que ya ha venido produciéndose por la competencia fiscal a la baja entre los gobiernos con el deseo de atraer inversores. El coste de la actual hegemonía del conservadurismo fiscal podría ser por tanto socialmente muy alto, si se consideran las consecuencias a medio plazo del desempleo —que golpea especialmente a los jóvenes, postergando su entrada en el mercado de trabajo— y el ensanchamiento de las desigualdades.

Con la elección de Obama pudimos pensar que Estados Unidos iba a recuperar el espíritu del New Deal y reformar su sociedad para aproximarse al modelo europeo. Pero buena parte de sus planes no se han realizado, por el bloqueo de los sectores republicanos extremistas, y aunque su política de estímulos contrasta con la suicida política europea de austeridad, las desigualdades han seguido creciendo y el propio Obama trata de encarrilar su campaña para la reelección en torno a un pacto contra la desigualdad. La gran paradoja, sin embargo, es que la UE parece empeñada, bajo la severa mirada de Angela Merkel, en deshacer el modelo europeo y aproximarnos al norteamericano.