Aspectos de la justicia

Ricardo Parellada 

Las leyes y prestaciones sociales que ofrece el Estado obedecen, en términos generales, a razones de justicia. Pero al tratarse de medidas de diverso género, las consideraciones implicadas en su justificación obedecen a nociones o matizaciones diversas de lo que es la justicia. Lo que no parece discutible es que las medidas sociales de los Estados modernos no se encuentran motivadas por la caridad. De hecho, uno de los argumentos más recurrentes a su favor es la apelación a la evidencia de que se trata de hacer justicia, no de concesiones caritativas. El espacio que parece dejar libre la justicia lo llenan la solidaridad o la benevolencia, pues la caridad da grima.

El objetivo de este artículo es señalar la complejidad de elementos que intervienen en las consideraciones de justicia; no, desde luego, analizarlos todos. Y, en segundo lugar, apuntar la necesidad de tener en cuenta esta complejidad a la hora de abordar algunos asuntos concretos, como la Ley de Dependencia aprobada recientemente en España o la asignación de recursos del Estado a paliar problemas generados mediante conductas voluntarias.

 Puede ser útil traer a colación una escala de medidas o situaciones que parece fácil de ordenar por su injusticia decreciente aun sin pararse a darle vueltas a qué llamar justo o injusto. Está inspirada con variaciones en Thomas Pogge (La pobreza en el mundo y los derechos humanos, cap. 1): (1) la ley prescribe administrar veneno (o gases tóxicos) a un determinado grupo; (2) la ley prohíbe que un grupo acceda a determinados alimentos esenciales; (3) la ley no prohíbe, pero un boicot social explícito impide, que un grupo pueda cubrir sus necesidades básicas; (4) un determinado grupo no puede cubrir sus necesidades básicas por razones económicas o sociales estructurales; (5) un determinado grupo no puede cubrir necesidades específicas suyas por razones genéticas, de nacimiento, edad etc.; (6) un determinado grupo no puede cubrir necesidades específicas suyas generadas por su conducta voluntaria.
No es difícil imaginar ejemplos reales que corresponden a muchos de estos casos. Aunque muchas veces hablamos de justicia en sentidos muy amplios, los extremos (1), (2) y (6), que tienen gran carga moral, parecen quedar fuera de la justicia. Todos los casos admiten calificación ética, pero parece conveniente utilizar nociones de justicia más específicas. Si ampliamos la noción de justicia a todo lo que nos parece bueno y la de injusticia a todo lo que nos parece malo, quizá ganamos énfasis, pero perdemos claridad y comprensión de la vida social. Los casos (1) y (2) son especialmente aberrantes y por eso los llamamos atrocidades más que injusticias o inmoralidades; las situaciones (3) y (4) son claramente injustas; y (6) no parece cosa de justicia, aunque sí genere problemas morales a los que la sociedad y la ley tienen que responder. ¿El caso (5) es asunto de justicia? ¿Qué ideas sobre la justicia nos permiten decidirlo?

No es fácil ordenar los elementos que intervienen en la noción de justicia. Podemos sobrevolar a vuelo de pájaro algunas ideas venerables, que no por ello dejan de intervenir en nuestros juicios de todos los días. Los romanos reconocían tres principios fundamentales: no dañar, dar a cada uno lo suyo y vivir honestamente. La bioética recoge algunas de estas ideas entre sus principios fundamentales: los más básicos son los principios de no maleficencia y justicia (no favorecer a unos sobre otros arbitrariamente), a los que se añaden los de autonomía y beneficencia. La teoría contemporánea de la justicia social más célebre (John Rawls) reconoce otros tres: garantizar las libertades, la igualdad de oportunidades y el principio de la diferencia (son válidas las medidas que no tratan a todos por igual si favorecen a los que están peor). Las situaciones (1) y (2) son especialmente aberrantes porque el mal está incorporado a la ley. Cuando las llamamos injusticias es porque mandan el daño y tratar a la gente de forma desigual. (1) parece aún peor que (2) porque el daño es directo.

La situación (3) es injusta porque se daña a un grupo y porque se trata a los grupos de forma desigual arbitrariamente, atentando contra sus libertades y su igualdad de oportunidades.

En las situaciones (4) a (6) son decisivas, para las consideraciones de justicia, las razones por las que se produce la situación: estructura económica y social, genética, nacimiento o edad, conducta voluntaria. Aunque sea difícil precisar a qué llamar en términos generales estructura económica y social, de hecho es inevitable utilizar un concepto semejante en la evaluación de la justicia social. En realidad no es otra la idea rawlsiana de “estructura básica” como el objeto fundamental sobre el que recaen nuestras evaluaciones de justicia. La estructura básica, las reglas económicas, las leyes son básicamente justas o injustas por garantizar o no las libertades y la igualdad de oportunidades.

¿Qué ocurre en la situación (5)? Ciertamente, hay necesidades básicas, situaciones de vulnerabilidad, que no atribuimos directamente a la estructura básica en ninguna de sus dimensiones. Y, sin embargo, se asignan recursos para intentar reducir las desventajas evidentes producidas por la falta de movilidad, las dificultades sensoriales, etc. Esta asignación de recursos públicos no se justifica por caridad, sino por justicia, porque es una forma de intentar compensar, en alguna medida, la desigualdad de oportunidades.

Pero la Ley de Dependencia va más lejos. No se trata sólo de garantizar las libertades o la igualdad de oportunidades, sino de paliar el dolor y contribuir, en la medida de lo posible, al bienestar de las personas dependientes y sus familiares. Si la razón que se invoca es, por ejemplo, compensar a una persona mayor por el trabajo realizado durante su vida laboral (como una pensión contributiva), entonces hablamos de justicia. Si la razón es atender a un niño para que tenga oportunidades en la vida, entonces hablamos de justicia. Si la razón es liberar a los familiares de una persona dependiente para que tengan oportunidades, entonces hablamos de justicia. Pero creo que estas razones no responden propiamente a la idea de atención a las personas dependientes. A mi juicio, lo específico de una Ley de Dependencia es que el Estado ayude a paliar el dolor y a atender a quienes lo necesitan, simplemente, por el cariño y el afecto naturales que se tienen unas personas a otras. Se trata de procurar el bienestar de la gente (siento no saber decirlo de otra manera) no por justicia, sino por amor. Podemos llamarlo caridad (caridad en un sentido que parece antiguo) o no, pero es amor o benevolencia, querer el bien de la gente. La justicia no parece ser el único valor que inspira todas las leyes y la vida social.

La situación (6) plantea el problema de la asignación de recursos públicos a paliar enfermedades generadas por conductas voluntarias o a curar o rescatar a los accidentados en departes de riesgo. El Estado invierte recursos en curar a los fumadores empedernidos y en rescatar a los montañeros extraviados. Esta inversión no parece que se justifique apelando simplemente a que sea justa. De hecho, un elemento del problema es que no sea justo dedicar demasiados recursos a ello cuando pueden servir para paliar otros daños de los que no tiene ninguna culpa quien los padece. Los recursos son limitados y su asignación no la resuelven sólo consideraciones de principio, pero es importante tener presentes las ideas que intervienen en los distintos problemas. De hecho, estas son las razones que justifican las leyes para intentar, en la medida de lo posible, que los montañeros imprudentes reincidentes corran con los gastos que originan sus carísimos rescates. El curar a los fumadores y rescatar a los montañeros no parece responder a razones de justicia, sino a otras igualmente válidas, como la protección de la vida humana. Precisamente por no obedecer a razones de justicia, esos casos admiten el argumento de que puede no siempre, o en toda medida imaginable, ser justo. La justicia no es el único valor que informa la vida social y la protección de la vida humana.