Asia, aún tan lejos

José D. Roselló 

Desde hace un par de décadas no cabe duda de que ha aumentado la diversidad y el número de países importantes. Ya el occidente blanco y protestante no es la base principal de crecimiento, ya no es la fábrica del mundo, ya no es el principal exportador. En palabras de Quevedo, Occidente ve caducar su valentía, mientras que el relevo lo toma principalmente aquella zona que, cuando el mundo era un lugar grande, se llamaba extremo oriente. Parece como si el siglo XXI estuviera destinado a ser el siglo Chino-Indio, Igual que el XX fue en Ruso-Americano o el XIX el Anglo-Europeo.

Al menos, eso es lo que el discurso mayoritario parece aceptar. Sin embargo, como en otras ocasiones, puede que, a día de hoy, la propuesta “el futuro está en China y la India”  tenga más de mito cultural, de “meme”, que sustento real.

Indiscutiblemente China y La India han experimentado años de crecimiento económico boyante. Asimismo han sido dos de los principales destinos de la producción antes radicada en los países occidentales. China se ha situado a la cabeza de los exportadores de manufacturas, mientras que la India es un actor muy relevante en el mundo de la exportación de servicios -aunque su éxito en este terreno no sea comparable al de China en el suyo.- Sin embargo, puede que este bagaje sea insuficiente si de lo que se trata es de liderar, o si se quiere usar otro verbo menos agresivo, si de lo que se trata es de inspirar o ejemplificar a los demás.

Usando una comparación desenfadada, que no quiere en absoluto ser ni despreciativa ni irrespetuosa, China se asemeja, en el concierto de las naciones ricas, a un adolescente hipermusculado. De acuerdo con las previsiones más recientes, para 2016 será la primera economía mundial habiendo superado a los Estados Unidos.

Sin embargo este joven lleva piercings, tatuajes y desvergonzadamente desafía a los demás rompiendo todas las reglas de urbanidad sobreentendidas. “No, no pienso ser una democracia”;”no, no pienso ser una economía de mercado”; “no, no pienso eliminar mis empresas gubernamentales”; “no, no estoy interesado en intervenir en los conflictos del mundo”;”no, no me preocupan ni vuestros derechos humanos, ni vuestras normas medioambientales, ni ninguna otra de vuestras practicas de gobernanza”. El que quiere entrar en China, lo hace con normas y términos chinos.

China tampoco hace una política económica que siga las reglas imperantes en occidente. De alguna manera piensa que esto de la teoría económica es un asunto que no le concierne, o que no le acomoda. Aparentemente lo que digan “los mercados” no le preocupa. Por ejemplo, lleva años manteniendo un tipo de cambio artificialmente bajo porque estima que a su economía le sirve. En cuanto a sus políticas redistributivas, apenas existen. Con una presión fiscal en el entrono del 10% del PIB, cuando quiere mejorar la situación de la población, o considera que necesita más demanda interna, directamente sube los salarios de los trabajadores por mandato directo.

En cuanto a su política internacional, su principal actuación es el acuerdo comercial. Véndeme lo que necesite, yo lo compro, y no me meto en tus asuntos. La membresía del Consejo de Seguridad de la ONU hace que su voz tenga que ser escuchada para legitimar cualquier acción de calado. China casi siempre se opone, y nunca propone.

Surge la duda de durante cuánto tiempo China va a poder mantener esa línea política de ir a su aire, de si alguna vez el devenir de los acontecimientos no le arrastrará a tener que ponerse de acuerdo con los demás en algún aspecto que no convenga exactamente a sus términos. También parece difícil concebir, al menos en término occidentales, que se esté conformando un “sueño chino” que venga a sustituir al “sueño americano” como horizonte al que aspirar. A día de hoy, aún con occidente en problemas, China no parece haberse erigido en ese lugar al que acudir si un ser humano quiere llevar a cabo un proyecto vital que mejore su situación y la de sus descendientes. China hoy no es un faro, ni de bienestar, ni, desde luego, de libertad.

La India, en cambio, es una realidad completamente diferente. Por mucho que haya experimentado crecimiento y por mucho que sus instituciones más occidentalizadas nos resulten familiares y “aceptables”, es un país con enormes problemas.

El primero es su tremenda diversidad cultural, tal y tan profunda que no constituye un valor positivo, como los países occidentales tendemos a considerarla, sino un obstáculo a su funcionamiento. La India tiene más de 20 lenguas oficiales, ninguna de las cuales es mayoritaria hasta el punto de hablarse en todo el país. Posee una organización territorial federal asimétrica, donde algunos territorios tienen la potestad de no implementar normas estatales si no son aprobadas por sus parlamentos, y otros en cambio, no.  Asimismo, su profunda diversidad cultural hace que menudeen los partidos políticos en cuyo ideario priman la defensa de intereses muy concretos de tal o cual grupo, o región, o colectivo, lo cual en muchas ocasiones imposibilita actuaciones a escala nacional o de horizonte temporal amplio.

Como ejemplo anecdótico puede citarse la logística militar, es imposible tener un mismo manual de operaciones para todo el ejército, por la diversidad lingüística, ni siquiera es posible coordinar un menú estandarizado para todos los soldados. Por supuesto, no son ajenas las tensiones territoriales y los movimientos independentistas de mayor o menor calado.

La India es, además, aún un país con serios problemas de desarrollo, 300 millones de personas, casi un 25% de su población, viven bajo el umbral de la pobreza, estando el alcance de la actuación gubernamental bastante limitado por el bajo nivel de impuestos que se recaudan. Como en China, la presión fiscal es del 10% del PIB, y ello no proporciona músculo suficiente para atacar problemas transversales tan generalizados.

Aunque la educación universitaria ha sido quizás el factor más exitoso, ya que al depender del gobierno federal, esta ha podido “mimarla”, la educación primaria y secundaria, dependiente de los estados, choca con la insuficiencia de recursos. La India aún presenta unas tasas alarmantes de analfabetismo, especialmente sesgadas hacia el sexo femenino.

Los éxitos económicos de la India tienen una serie de rasgos particulares. Si se examina la presencia de importantes grupos empresariales indios en el concierto internacional, debe reseñarse que la mayor parte de su producción se realiza fuera del país. Son indios en cuanto a sede, pero su impulso a la actividad local es bastante pequeño comparado con su tamaño. Si se examina a las renombradas empresas de servicios ligadas al sector de las Telecomunicaciones y Sociedad de la Información, su volumen es demasiado pequeño para contribuir de manera decisiva al desarrollo global del país. Se estima en 400.000 empleos los ocupados en esta actividad, sobre una población de 1.300 millones de personas.

En lo que se refiere al concierto internacional, la India no cuenta con la ventaja china de pertenecer al consejo de seguridad de la ONU, su opinión no es definitoria. A parte de ello sus movimientos están siempre muy condicionados por las tensiones territoriales con su vecino Pakistán, y con el recuerdo traumático de la guerra de 1962 con China, en la que el Ejercito de la República Popular desarboló completamente al indio llegando a las llanuras centrales del subcontinente para luego retirarse sin sufrir ninguna derrota. Persiste un importante trauma y un grado de desconfianza que, sin duda alguna contribuye a que la India sea potencia nuclear y mantenga el tercer ejercito del planeta.

El resultado de ello es que tampoco parece a día de hoy que el “sueño indio” pueda surgir como alternativa de vida a aquellos que se pregunten que sustituirá al paradigma occidental en el nuevo siglo.

China y La India son países distintos, con algunas cifras macroeconómicas remarcables, que han experimentado mejoras mientras que occidente ha visto recortado el alcance de sus expectativas. Es lógico que en estos tiempos de tribulación estemos buscando referencias  alternativas que nos den claves para abordar el futuro,  pero en este principio de siglo, Asia sigue estando muy lejos. Todavía desilusionantemente lejos.