Arte, impostura y despilfarro

Ignacio Sánchez-Cuenca

Este año se celebraba la vigesimoquinta edición de ARCO, la feria / mercado del arte contemporáneo. No ha habido grandes novedades. Las mismas extravagancias de otros años: un Cristo con un misil en una mano, unos muñecos que simulaban unos cadáveres arrugados de unos niños de unos cuatro años, un mural feísta en el que se representaban unas mujeres con unos falos descomunales…, es decir, la combinación habitual de sexo, violencia, y provocación (caca, culo, pedo, pis) que vienen preparando los artistas desde hace décadas con el fin de llamar la atención y aumentar la cotización de sus obras. Quizá lo más llamativo haya sido la contratación, por parte de un artista genial, de un joven con buena pinta al que descubrió pidiendo limosna en Portugal. El artista se lo trajo a ARCO y le tuvo varios días sentado, con la mano extendida, esperando que la gente le diera algo de calderilla. Una obra de arte para la posteridad, qué duda cabe. Una denuncia escalofriante de la crueldad del mercado capitalista. Un aldabonazo también para los jóvenes mileuristas.

Tele 5 tramó una broma divertida que ya se ha puesto en práctica en otros lugares, siempre con un rotundo éxito. Llevó un lienzo de buen tamaño a un colegio y pidió a los chicos que lo embadurnaran con óleos de llamativos colores. A continuación lo colgaron en ARCO y aprovecharon para preguntar a galeristas, críticos y visitantes que pasaban por allí. Los comentarios eran desternillantes: unos adivinaban una oscura pulsión sexual, otros quedaban admirados por la firmeza del trazo y por la energía que el cuadro transmitía. El precio, 10,000 euros, le pareció a más de uno una auténtica ganga.

¿Quién compra todas estas obras? Burgueses aburridos que se sienten atraídos por un mercado especulativo como pocos que encima tiene prestigio social. Es un signo de distinción tener dinero suficiente para gastarlo en esos productos extravagantes. Queda mejor invertir en arte que en sellos o tulipanes. Además, algunos de estos productos son incluso decorativos en el salón de casa o en el despacho de la oficina (Rothko, el muy ingenuo, se suicidó frustrado por el precio que adquirieron sus enormes cuadros entre banqueros y ejecutivos. La idea de un artista contemporáneo suicidándose por ese motivo se me antoja arte-ficción hoy día).

La producción del prestigio social y cultural asociado al arte es muy compleja. Se basa en un tinglado bastante opaco en el que intervienen galeristas, críticos, catedráticos, artistas, directores de museos, funcionarios de provincias y un público papanatas y esnob. Sin las sandeces que se escriben en los catálogos de las exposiciones, sin las declaraciones narcisista de los artistas, sin las chorradas pedantuelas de los críticos, sin el apoyo de las instituciones, el mercado del arte sería simplemente un refugio más del capitalismo especulador.

Las artes plásticas hace mucho tiempo que dejaron de emocionar, conmover o provocar (por lo menos a quien esto escribe). La madurez intelectual y estética de la inmensa mayoría de estos supuestos artistas es la de un adolescente consentido de diecisiete años que no aguanta a sus padres. Hace ya tiempo que el arte se desplazó a otros ámbitos (el cine, el jazz, los anuncios de la tele, el diseño, la arquitectura, que cada uno rellene la lista como mejor le parezca).

La razón por la que el Estado decide hacer de mecenas de los artistas plásticos contemporáneos se me escapa enteramente. Este año, los responsables del Museo Reina Sofía, con un buen taco en el bolsillo, como dirían los Morancos, se han presentado en ARCO y se han gastado la friolera de dos millones largos de euros en baratijas estéticas.  Con el dinero de los contribuyentes. Y sin disimulo alguno. Había que animar el mercado y como tenemos superávit presupuestario, pues nada mejor que ir a ARCO a dejarnos unos millones comprando fondos para la colección. El objetivo era subir los precios, animar a los burgueses a que sigan metiendo dinero en este mercado. Y los periódicos venga a sacar páginas de ARCO.

El Estado puede malgastar nuestro dinero de muchas maneras. Esta de ir a ARCO con la billetera llena me parece, francamente, una de las más grotescas.