Apuntes sobre la victoria de Trump, las izquierdas y Europa

Lluis Camprubí 

Causas

Bastante se ha escrito sobre posibles explicaciones de los resultados electorales del pasado martes 8 de noviembre. Se han apuntado “causas económicas” relacionadas con los impactos y repartos desiguales de la globalización y del crecimiento económico en USA. Y también “causas culturales”, vinculadas a un repliegue nacional-identitario y a la aceptación por amplios sectores de visiones nativistas, supremacistas y racistas. Ambos elementos -desde su autonomía- están interconectados y a la vez condicionados por perspectivas de inseguridad e incertidumbre hacia el futuro. Aún sabiendo del sesgo de cosmovisión partidaria, era muy significativa la asociación entre declarar creencia que el futuro económico va a ser peor y votar por Trump. También hemos escuchado explicaciones de “sistema electoral”, subrayando la importancia de las variaciones relativas en estados clave. Desde la asunción de la complejidad y la multi-causalidad, seguro que todos los elementos comentados han influido en el resultado, aunque aún es pronto para saber en qué proporción exacta.

Lo que seguramente debería discutirse son esas explicaciones (reconfortantes para algunos sectores de la izquierda) del “voto protesta anti-establishment”, imaginado como si fuera un voto “nuevo”. Es obvio que no ha habido una movilización suficiente del voto a la candidatura demócrata (y aunque falsamente reconfortante también, es dudoso y discutible ahora mismo que con otro candidato se hubiese ganado, pero este debate –abierto- escapa a este artículo). Pero lo fundamental, a mi entender la explicación final, es que la base social y electoral tradicional republicana ha votado por Trump. Con sus más y sus menos los números y la fidelidad parece que cuadran. Es decir que el votante republicano ha empujado/acompañado/avalado/aceptado/priorizado una candidatura [a gusto del lector escoger un prefijo matizador tipo pre-, cripto-, proto-] fascista. Esta decantación del cuerpo electoral republicano hacia una propuesta y candidatura con trazas fascistizantes debería ser el motivo de la más profunda preocupación. Pero este hecho queda enmascarado cuando se recorre al lugar común del voto de protesta contra el statu quo.

Reacciones inerciales

Sorprende y preocupa la reacción de personas significativas, auto-identificadas como anti-fascistas, al no ver anticipadamente lo extremadamente reaccionario, bonapartista y ultraderechista de la candidatura republicana. Ceguera frente a un fascismo modernizado y actualizado –claro que con diferencias respecto a los fascismos de los años 30- que además no lleva camisas de tonalidades oscuras que faciliten su identificación. Preocupa esa equidistancia operativa y práctica en forma de “abstención” respecto a una candidatura democrática (demócrata, y con incorporaciones significativas de la plataforma de Sanders dicho sea de paso). Pero aún más preocupante es que las orientaciones políticas que se lanzan como recetario –seguramente fruto de lecturas apresuradas- se basen en aquél desacierto del “clase contra clase”.

Otro grupo de reacciones inerciales preocupantes es el de algunos analistas y actores políticos sistémicos una vez asumida la victoria de Trump en distintas declinaciones tranquilizadoras: normalización y adaptación acrítica (ahora es el presidente), justificativas (eran ocurrencias de campaña), proyección de auto-contención (el pragmatismo y la moderación prevalecerán) y relativización (señalando los límites que los otros poderes le pondrán). Esta minimización del peligro democrático que supone impide abordar como es debido la excepcionalidad. Ya que en cada posible instante de la espiral reaccionaria y de la degradación democrática será posible actualizar (a la baja) cualquier declinación tranquilizadora.

Aunque lógicamente tanto los actores sociales y políticos estadounidenses como los de otros lugares, aún están reflexionando sobre el nuevo contexto y aún no es posible tener estrategias afinadas, dos criterios deberían ser compartidos: no normalización de la situación y combate político en todos los frentes.

Prospectiva en su política doméstica, económica-comercial, y exterior

Todavía no podemos definir al detalle cómo se concretarán y desarrollarán sus políticas, pero sí podemos enumerar los criterios de su orientación. Recorte de derechos sociales y civiles, proteccionismo conflictivo, y desacople de las instancias multilaterales.

Para la ciudadanía estadounidense parece derivarse un escenario de recorte de libertades, de desmontaje de políticas distributivas y coberturas sociales, de hostigamiento de las “minorías” (sea en forma de propuestas ejecutivas-legislativas, o de facilitación del empoderamiento y aceptabilidad social de los hostigadores), de alineamiento de los distintos poderes, y de sifonaje de más poder económico y político a los sectores oligárquicos.

El anuncio de medidas de desfiscalización, la eliminación de distintos supervisiones y controles al sector financiero, y la instauración de barreras proteccionistas hacen suponer un escenario de mayor inestabilidad financiera y de un empuje recesivo; evidentemente no de un día para otro. Es en este escenario que seguramente los “normalizadores” se equivocan al suponer que ello conllevará una corrección del rumbo de las políticas y la vuelta hacia la “vieja normalidad”. Parece más posible que en ese escenario se intensifique la responsabilización/culpabilización del “otro”, generando mayor conflicto con los distintos “otros”, sean del ámbito doméstico o internacional.

En relaciones internacionales podemos suponer una desvinculación efectiva de las instituciones multilaterales y un desplazamiento e intensificación de la conflictividad hacia China. Lo que no es ninguna buena noticia para aquellos que quieren un mundo menos Hobbesiano e inseguro. La desconexión interesada (sumada a la fuerza destructiva de la “Internacional Reaccionaria”) de los compromisos y organizaciones multilaterales internacionales (desde las climáticas, a las económicas-comerciales, hasta el sistema-ONU) impide un abordaje mínimamente efectivo de los principales retos globales. Y a la vez inhibe los marcos que pueden evitar que conflictos económicos-políticos-territoriales-monetarios-comerciales no se retroalimenten y escalen. La asunción de las esferas de influencia sin disponer de áreas tampón-neutrales ni mecanismos de diálogo multilateral no auguran tampoco una mayor estabilización.

Lecciones para las izquierdas europeas 

En primer lugar la necesidad de poder disponer de análisis de la complejidad, que permitan entender lo “económico” y lo “cultural” y su inter-relación, superando aquellos análisis simplistas-vulgarizantes, sean por deterministas o por sesgo de burbuja.

Parece importante ser capaces de entender la fuerza de los repliegues nacionales-identitarios y, una vez comprendida, ser capaces de confrontarlos políticamente y plantear una alternativa. Es evidente que el recetario habitual no es suficiente. Emerge la intuición sobre lo necesario y urgente que es poder ofrecer una alternativa, una perspectiva esperanzadora y un horizonte de futuro. Sin negar su importancia, si en paralelo no se abordan las barreras y constricciones (algunas de ellas derivadas de la actual arquitectura institucional y reparto jurisdiccional europeo) que generan la actual impotencia democrática y estrechamiento de alternativas, lo único que se estará haciendo es ganar un poco de tiempo difiriendo el repliegue.

La criticidad del momento acentuará el conflicto dentro de la/s sociedad/es europea/s entre la pulsión integración y el repliegue. Ha surgido un amplio consenso sobre la necesidad de dotar de mayor capacidad y autonomía un sistema de defensa y seguridad europeo. Pero en lo que es el principal y más urgente reto, la integración democrático-fiscal de la eurozona, el desarrollo y consenso en la concreción es mucho menor. Lo que requiere una aceleración de los debates y de la construcción de alianzas para no ser otra vez únicamente izquierdas que ven, analizan y a las que les pasan cosas.

Finalmente, cabe señalar algunas lecciones para entender y confrontar con las derechas. Lo fundamental es que muchas de las derechas “tradicionalmente mayoritarias” (que mediaban con efectividad los intereses de su bloque social) también son “víctimas” de la crisis/impotencia del estado-nación y de la desvinculación estatal de la parte de su elite más globalizada. Lo que conlleva la emergencia/crecimiento de nuevas expresiones, en algunos casos con un proyecto político fascistizante (y basado en alianzas de sectores similares a las de los años 30). Las izquierdas deberían ser capaces de anticipar en qué casos y escenarios el dilema/contradicción principal va a ser democracia o barbarie/fascismo, y en qué casos seguirá siendo posible confrontar entre las distintas opciones del pluralismo político democrático. En la primera situación, cuándo la extrema derecha tenga posibilidades mayoritarias, parece especialmente importante anticiparse suficientemente, para minimizar cualquier posibilidad de su éxito y a la vez guiar/participar/influir en el “frente democrático”. Evitando ser relegadas a una posición de espectador pasivo y votante resignado en una pugna que puede ir repitiéndose entre derecha democrática y extrema derecha.