Apuntes sobre la tensión “integración UE vs repliegue nacional” y su impacto en los partidos europeos

Lluis Camprubí

  1. Las limitaciones e insuficiencias del statu quo son evidentes.

Hemos señalado en distintas ocasiones los problemas generados por la actual arquitectura institucional de la UE y el reparto “selectivamente estratégico” de competencias entre la UE y los Estados Miembros: Dominio del método intergubernamental; arquitectura, dispositivos y procedimientos pensados para tiempos de bonanza; y disloque de soberanía entre política económica-monetaria y capacidad fiscal-democrática. En definitiva, reglas comunes (dicho sea de paso, sesgadas en orientación y con capacidad discrecional para los actores fuertes) sin política común que pueda servir al interés general de la Unión y su población. Desajustes (que a pesar de correcciones y ajustes sobre la marcha) acaban agrandando crisis inicialmente resolubles y favoreciendo el choque de legitimidades nacionales y el consiguiente alineamiento por bloques de interés, tanto en cuestiones relacionadas con la Eurozona como en aquellas relativas al conjunto de la UE.

  1. Hay fuerzas y vectores que tensan el equilibro y configuración actual.

Mantener el estado actual de cosas puede parecer la media aritmética razonable y el arreglo político posible frente al conjunto de fuerzas que estiran en sentidos opuestos. Sin embargo, parece difícil que estas fuerzas se vayan neutralizando indefinidamente (van añadiendo tensión a un eje que a cada crisis parece que pierde elasticidad). Empujan hacia el repliegue las fuerzas centrífugas partidarias de la demarcación (fiscal, identitaria…) y la propia degradación que conlleva la inercia de un arreglo institucional incapaz de legitimarse, ni por los resultados ofrecidos ni por la canalización de las expectativas de amplios sectores. Frente a estos vectores hay un empuje hacia mayores niveles de integración de distintos espacios y grupos que por razones diversas – desarrolladas en el punto 4 – coinciden en que la UE y la UEM necesitan de mayor integración política como pre-requisito para ser funcionales y sostenibles. En el caso del Brexit aún es pronto para saber el vector final: si activará con mayor fuerza los vectores de apoyo al mantenimiento/profundización de la UE al mostrar los impactos negativos y de falta de control que tiene un proceso así, o si contribuirá más a aumentar la potencia de las exigencias de réplicas en otros países por parte de fuerzas reaccionarias. Esta tensión creciente es la que facilita que este eje de conflicto político vaya convirtiéndose en central, polarizando y priorizándose de forma creciente (y seguramente inevitable).

  1. El emergente eje GAL-TAN.

A los ejes tradicionales del conflicto político (izquierda-derecha,…) se ha ido incorporando de forma cada vez más relevante el relativo a una concepción o visión del mundo GAL vs TAN (“Green-Alternative-Libertarian” vs “Traditional-Authoritarian-Nationalist”) que se puede entender como el eje (tanto analítico como de proyecto) que va entre una cosmovisión cosmopolita y una nacionalista (y los valores asociados). Lo que al concretarlo políticamente es la confrontación entre proyectos de integración y proyectos de demarcación o repliegue. Este conflicto se puede dar en una dimensión sociocultural o económica, y cuándo hablamos de integración europea, evidentemente incorpora la vertiente político-institucional. El profesor Oriol Costa explica muy bien la relevancia de este eje para entender e intervenir en muchos de los procesos sociales y fenómenos económicos y políticos que estamos viviendo (si pueden, escúchenlo o léanlo). La actual globalización neoliberal, la ausencia de mecanismos compensatorios suficientes para los perdedores (o no beneficiados) de ésta, y la impotencia democrática derivada del actual arreglo institucional generan las condiciones para respuestas y proyectos ubicados en este eje. De momento, con un éxito alarmante (y sin alternativa específica articulada) de aquellos vinculados a proyectos de repliegue nacional (Trump o Brexit como ejemplos recientes, pero en muchos países hay proyectos específicos en vías de ser mayoritarios). Proyectos cada uno con pesos diferentes pero significativos de los distintos componentes tradicional – autoritario – nacionalista.

  1. Existen lógicas e intereses distintos dentro de los partidarios de mayor integración.

Los partidarios de mayor integración no son un bloque homogéneo y tienen distintos enfoques, trayectorias, preocupaciones subyacentes, propuestas y prioridades no siempre complementarias que dificultan una agenda común. En primer lugar hay distintas motivaciones primarias: puede ser un vector/voluntad cosmopolita; o una voluntad de encontrar un arreglo funcional superador de los desajustes; o un deseo de alinear el tamaño de los marcos institucionales a los principales retos de tamaño global. En segundo lugar el enfoque ideológico puede estar basado en recetas para avanzar hacia una gobernanza más tecnocrática [supuestamente, ya que en la práctica sigue siendo profundamente política, pero con más dificultades para las alternativas]; o para dotarse de organismos comunitarios con una legitimación democrática directa. Un tercer aspecto es la lógica operativa para abordar un reto tan mayúsculo: empezar por cuestiones que se perciben como [un poco] menos sensibles/conflictivas en este momento como pueden ser las relativas a seguridad y política exterior; o priorizar aquellas que son urgentes y estructurales, como es en el caso de la UEM la gobernanza económica y la arquitectura institucional. Un cuarto aspecto dentro de la integración económica y política de la UEM es el orden en la secuencia de los acuerdos para la convergencia y la mancomunización de recursos y riesgos: hay los partidarios de primero realizar contra-reformas estructurales (regresivas, en relaciones laborales, pensiones, privatizaciones…) para disponer supuestamente de una realidad más homogénea sobre la que edificar controladamente transferencias de recursos, soberanía y riesgo; y están quienes priorizan por urgencia disponer de mecanismos de decisión política compartida y de transferencia de recursos. Y finalmente dentro de los partidarios de la profundización democrática, conviven tres aproximaciones: los preocupados por la desnaturalización democrática que generan los grupos con intereses especiales (con propuestas sobre una mayor fiscalización de los lobbies); aquellos preocupados por aumentar la capacidad de control de las instituciones estatales sobre las decisiones tomadas a niveles superiores; y finalmente los que quieren reformar la arquitectura de la UE/UEM y el disloque que conlleva el actual reparto competencial UE-Estados miembros.

  1. Las izquierdas de nuestro entorno apuestan por una integración democrática pero algunas encuadran ciertas pulsiones de repliegue.

En nuestro país las distintas izquierdas que participan en las familias políticas europeas socialdemócrata, verde, y de la izquierda alternativa son partidarias con distintos acentos de una mayor integración democrática europea (aunque en algunos casos contienen corrientes o sectores o bien partidarios del repliegue o bien que no van más allá de eslóganes vacíos tipo “Por una Europa de los pueblos”). Esto no es así en todos los países, dónde sí ha cuajado en espacios de la izquierda alternativa distintas versiones de repliegue a la “soberanía nacional” con un toque de izquierdas. Están los que como los “lexiters” (brexiters de izquierdas), piensan que pueden llevar a una hegemonía de izquierdas un proceso fundamentalmente reaccionario, y/o que posteriormente en ese solo país (que se cimentará además en un ordenamiento fruto de ese proceso) podrán aplicar políticas más de izquierdas (olvidando por si fuera poco las constricciones actuales de la escala estado-nación). Después están los partidarios de “desmontar esta UE” para posteriormente (o en paralelo según las versiones) edificar otra [unión de estados] más acorde con su sensibilidad. Más allá del desconocimiento que se les intuye sobre cómo se construyen uniones de estados, preocupa como obvian los impactos de los conflictos entre estados en un largo y difícil proceso de “desconexión” competitiva. Y finalmente están los partidarios de “desobedecer a la UE” para que prevalga cuándo convenga la soberanía nacional. En este caso se mezclan distintas ignorancias: a las correlaciones de fuerzas; a las situaciones y consecuencias derivadas de un escenario donde los distintos actores seleccionen discrecionalmente qué normas y acuerdos aplicar; a la auto-anulación de la efectividad que implica anunciar públicamente con antelación este tipo de iniciativas “desobedientes”; y a la hegemonía dominante en el propio estado miembro. Parece razonable que todas estas pulsiones –extendidas en algunas izquierdas de otros países, minoritarias en las de aquí- de alguna manera deberán ir clarificándose.

  1. La centralidad y polarización de esta tensión se irá trasladando a los partidos europeos.

La suma de la polarización sobre este eje y la previsible (por inevitable e insoslayable) priorización de una cuestión que cada vez será más central hacen difícil pensar que esto no acabe teniendo un impacto sobre los partidos europeos (y por supuesto estatales) y en sus equilibrios internos y alianzas externas. Dicho de otra manera, si el statu quo no es ya tolerado o aceptado con la misma extensión, o se desplaza, o se degrada, se rompen los equilibrios internos en los partidos que se habían generado con respecto a él. Evidentemente la transmisión de estos impulsos a los partidos de alcance europeo no es ni inmediata ni determinista, pero sí acaba llegando. Seguramente en un primer estadio en forma de necesidad de clarificación de ambigüedades y significantes vacíos y de superación de los equilibrios internos de suma-cero. Y posteriormente en forma de exigencia de dotarse de una hoja de ruta operativa (alianzas incluidas) con cierta solvencia y credibilidad para alcanzar el proyecto definido. Una hipótesis razonable es que acabe teniendo un mayor (y más duro) impacto sobre aquellos partidos de ámbito europeo que menos definida y coherente tienen su posición al respecto y dónde conviven sensibilidades al respecto más dispares (en ocasiones en los extremos del eje) como pasa en la izquierda alternativa europea y en los populares europeos. Este impacto puede conllevar redefiniciones, migraciones parciales a otros grupos, apertura de nuevos espacios y puentes, escisiones o reconfiguraciones tanto en los partidos como en los grupos parlamentarios.

  1. Deberán surgir nuevas alianzas de los partidos y grupos europeos para esta cuestión

Lógicamente los acuerdos básicos y graduales para dotar de una institucionalidad más democrática a la UE y la UEM y la posterior reforma de los tratados deberían pasar por amplios consensos, que no pueden situarse en una confrontación izquierda-derecha ni deberían limitarse a acuerdos de los actores “gran coalición”. Intuitivamente esto podría englobar al grueso de las familias socialdemócratas, verdes y liberales, a amplios sectores de los populares europeos y a una parte significativa de la izquierda alternativa. No hace falta decir que los estados miembros deben participar del consenso, al menos los de la eurozona ya que parece que para asuntos UE (no UEM) hay bloqueo para rato por parte de muchos actores. Esto genera dos dificultades: cómo conllevar las lógicas e intereses distintos descritos en el punto 4 y por lo tanto cuáles son las zonas de posible consenso; y cómo hacerlo compatible con las otras agendas y con las batallas durísimas que se están dando en el marco de la UE, como por ejemplo la que se da entre austeritarios y partidarios de una fiscalidad contracíclica (o las tradicionales izquierda vs derecha). Si dividimos a los distintos actores en tres grandes categorías (partidarios de avanzar en la integración, de mantenerse igual, o de retroceder), la necesidad de consensos se ve aún de mayor amplitud. Según la formulación sugerida por Costa: esto implica buscar una alianza entre los partidarios de mantener el statu quo y los partidarios de una profundización democrático-federal europea. Y por lo tanto encontrar y generar un terreno común entre ambos frente a los partidarios del repliegue y la disgregación. Tradicionalmente se había dicho que era imposible avanzar en ese sentido ya que había un bloqueo recíproco entre Francia y Alemania: mientras Francia no quería transferir en primer lugar soberanía política, Alemania no quería empezar por transferir recursos y riesgo económico-financiero a espacios ajenos a su relativo control. Esto anulaba cualquier avance significativo. Sin embargo, si atendemos a las declaraciones de ambos estados, parece que hay algunos movimientos. De hecho, el actual gobierno francés (con las limitaciones temporales que ello implica) está lanzando ideas de avance al respecto que hasta hace poco podían ser consideradas tabú o ensoñaciones marginales utópicas. Así pues, es previsible que las alianzas políticas se reorienten de forma muy significativa en función de este eje y los objetivos al respecto.

Conviene recordar, para no perder la perspectiva, que todo lo discutido aquí es con el objetivo de poder disponer de un marco institucional europeo que facilite la acción democrática, es decir la pre-condición necesaria para que a una escala geográfica suficiente se puedan plantear con efectividad las distintas alternativas políticas democráticas. En definitiva, que a la unión económica, monetaria y de mercado interior, se le sumen la unión fiscal y de transferencias para su sostenibilidad, funcionalidad y prosperidad compartida y la política para su legitimación y capacidad de orientación democrática.