Apagado o fuera de cobertura

Barañain

 He conseguido vivir unas semanas sin móvil y estoy tan contento con esa mínima victoria que tengo que contárselo, aunque bien sé que la cosa no tiene mucho mérito ya que nunca he tenido adicción a  ese aparato maléfico. Mi relación con el teléfono móvil ha sido siempre patológica. Podría haber escrito que ha sido  una relación de amor-odio, que queda  más fino,  pero no, nunca he sentido una pizca de amor  por ese objeto, que he detestado siempre. 

 Cuando llegó el móvil a nuestras vidas no imaginé que tendría un éxito tan espectacular. Supongo que en algún momento acaricié la idea de que tal vez fracasara y cayera tempranamente obsoleto como las cassetes o las películas de vídeo. Recuerdo la  primera vez en mi vida que fui testigo del nuevo fenómeno – hará unos ¿veinte años?-,  cuando  durante un viaje por Italia, asistiendo con unos amigos  a un concierto al aire libre en una preciosa villa toscana nos asombraba ver a jóvenes italianos comunicándose sin parar de un rincón a otro de la placita por medio del telefonino, que era ya como un apéndice adherido a sus orejas.  ¡Nos parecía que los italianos no tenían remedio! ¡Ah, qué  tiempos aquellos, tan ingenuos, en los que en España  se podía decir que si veías a un tipo por la calle hablando con un teléfono móvil era o un ginecólogo o un gilipollas!

 ¡Pero si aquí en los años setenta, gracias a Mercero, Garci y López Vázquez aún imaginábamos posibilidades aterradoras en cabinas telefónicas callejeras que eran misteriosamente desplazadas con un impotente ciudadano atrapado en su interior! Apenas una década después ya no eran los humanos los que se quedaban dentro de cabinas telefónicas con extraña vida propia, sino que eran los teléfonos los que “anidaban” en los humanos, pasando a formar parte de su equipamiento más cotidiano, como un Alien que tiene una vida propia dirigiéndonos la nuestra, con su continuo importunar, desde el bolsillo interior de la chaqueta.

El móvil me estresa. Nunca he sido capaz de dominarlo y no me refiero al dominio de su manejo práctico (que también) o la obtención del mejor rendimiento posible de sus cada vez mayores prestaciones (que también). No, lo que quiero decir es que nunca he sido capaz de dejarle claro quién es el que manda en esa relación. La necesidad compulsiva de contestar cada vez que suena esté  donde esté y sea a la hora que sea sólo me suele generar ansiedad. En la calle me irrita cuando lo oigo y me irrita más comprobar que no escuchado su llamada ni aún teniendo graduado el volumen a una altura tal que sobresalta a quienes pasan a mi lado cuando suena. Nunca he apreciado la ventaja  de estar permanentemente localizado, ni de tener constancia de  las llamadas perdidas que, por lo visto, es inaceptable  no corresponder. 

Cuando he intentado hacerme el loco y no darme por enterado de sus señales y tonos de llamada o hacerme el interesante negándome a contestarlo he contribuido a que aumente el número de personas -allegados, amigos y familiares-,  que sopesan seriamente la idea de que se me está yendo la olla demasiado precozmente. Y sí, es cierto que aprovecho del artilugio al menos su cámara fotográfica y no, no me emociona nada el tonto intercambio de mensajes (“¿qué haces?”, “¿cuándo sales?” “Voy para casa”) a través del WhatsApp. Y eso que nunca he incurrido en su posibilidad más disparatada, esa de mantener grupos de usuarios que están continuamente recibiendo sus “piticlín” cada vez que alguien cree interesante compartir con los otros cualquier gansada que se le ha ocurrido. ¿Pero es que se podía esperar un fruto más digno de algo que se define como “aplicación de mensajería multiplataforma”?

 Me desespero con el móvil y la creciente incomodidad que me provoca hace que sea correlativamente creciente mi torpeza en su manejo  (cuando no hay cariño, ya se sabe…). Mi marido hace tiempo que ha dado por perdida la batalla de incorporarme a esta normalidad tecnológica y mis hijas cabecean con gesto de gravedad ante mis ocasionales arrebatos de furia, cuando amenazo con lanzar el aparato por la ventana, en lo que adivinan como un signo más de  chochez precoz  (y si alguna lee esto se sentirá reafirmada en sus peores presentimientos).

¡Si al menos pudiera alegar algún prejuicio irracional contra las antenas repetidoras o contra el supuesto riesgo de un efecto electromagnético lesivo por tener el móvil  cerca del corazón o  dormir a su lado,…! ¡Pero no, de esas perversiones no participo! (sobre el sustrato permanente de la superstición  sólo cambian los objetos sobre los que se proyecta, ya sea la “polución electromagnética”, la energía nuclear, los alimentos transgénicos o  la fractura hidráulica -bendita sea). Tampoco es la gestión que rodea al uso del móvil lo que me inquieta aunque me resulte pintoresco ese lío continuo en el que veo envueltos a los usuarios más adictos, hablando un día sí y otro también de cambios de operador, de altas y bajas, de cambios de terminal, de móviles liberados, de contratos, de tarjetas prepago, etc. O haciendo interminables colas en las tiendas de Movistar y Vodafone o manteniendo conversaciones no menos interminables con teleoperadoras.

Mi animadversión es contra el invento en sí mismo. Aparentemente, media vida de muchos jóvenes -y no tan jóvenes-, gira en torno a ese aparato del que no parecen concebir que puedan despegarse. “Lo importante es comunicarse” dice una desvergonzada publicidad de quienes hacen caja con ese inmenso filón de jóvenes enganchados a una pantallita, que se socializan…en la incomunicación.  El móvil es el icono que mejor refleja, creo yo, el ilusorio avance tecnológico que caracteriza la  época actual. “Queríamos coches voladores y en lugar de eso tenemos 140 caracteres”. Los 140 caracteres máximos que permite Twitter frente al sueño de un progreso tecnológico real. La frase  es de Peter Thiel, joven empresario estadounidense,   administrador de fondos de inversión, cofundador de PayPal y miembro del consejo de administración de Facebook, de la que fue uno de los primeros inversores.

Me estoy desviando del asunto. Lo que yo quería contar es que un día me armé de valor y decidí arrojar el móvil a las tinieblas. No sabía al principio cuanto aguantaría aunque estaba convencido de   que tras dos o tres días sin recibir llamadas, sms o mensajes de WhatsApp volvería al redil. Una vez cae uno en las garras del móvil parece difícil vivir sin él. Le acecha el pánico de verse incomunicado, aislado, como si quedara al margen de la vida que discurre entre pitidos de móvil y el insustancial parloteo sms. Como descatalogado. Por eso, intentar prescindir del móvil, vivir “apagado o fuera de cobertura” puede llegar a convertirse en un acto arriesgado de  rebeldía.  Pasaron los días y se cumplió una semana de liberación y después otra. Y ahora encaro una semana y media de vacaciones tardías, también sin móvil. Algo parecido a la felicidad. Cuando regrese, seré ya todo un rehabilitado experto. Sí, se puede.