Ante la desgracia

Lobisón 

Tras las atrocidades del 11-M, hoy hace diez años, confieso que sentí un gran alivio cuando se informó —no sé si con toda precisión— de que no se estaban produciendo reacciones violentas contra los musulmanes en España. Pero, suponiendo que realmente fuera así, viendo los testimonios de quienes sufrieron en carne propia la embestida de los creyentes en la versión paranoica de la autoría de ETA —como el ex comisario de Vallecas Rodolfo Ruiz— cabe la sospecha de que esa embestida canalizó el violento deseo de venganza de los sectores más primitivos de nuestra sociedad. Y así aumentó el número de víctimas, tan inocentes como las del propio 11-M.

Solemos explicar la idea de la conspiración entre ETA y el ‘comando Rubalcaba’ como una paranoia política cultivada por quienes no aceptaban la interrupción del regreso de la derecha al poder, sobre todo después del clímax que les había supuesto la mayoría absoluta obtenida en el año 2000. Una reacción más airada y violenta porque la realidad no había venido a confirmar sus consignas del primer día, y porque la opinión pública se había movilizado o retraído de forma inesperada para ellos. Y es difícil no pensar así a la vista de cómo se sucedieron los hechos.

Pero lo que querría subrayar es que la agresividad contra los policías, jueces y fiscales que se limitaron a cumplir con su deber no se explica sólo por esa frustración política, sino que también venían espoleada por la necesidad de compensación que todos sentimos ante aquella absurda y terrible matanza. Para un sector de la sociedad esa compensación pudo tener la forma de un cambio de gobierno, pero para otro tomó la forma de una persecución contra quienes querían engañarnos, atribuyendo a los yihadistas los hechos para ocultar una conspiración, pagada de forma sangrienta por las víctimas, cuyo objetivo era claramente, o eso pensaban, arrebatar el gobierno al PP.

Ante la desgracia es inevitable que surja un deseo oscuro de compensación, o en su forma extrema de venganza. Tras el desastre ferroviario de Santiago, el año pasado, fueron muchas las voces que reclamaron la verdad. Pero la verdad era evidente desde el principio: el maquinista no había frenado cuando debía hacerlo, y probablemente la curva debería haber incluido mayores medidas de seguridad. A partir de ahí se podía discutir si la responsabilidad mayor era del maquinista al que se le había ido el santo al cielo o de RENFE/ADIF por no haber invertido más en seguridad. Es una discusión importante, pero no sobre los hechos sino sobre las responsabilidades, una cuestión moral o de compensación.

Ahora, tras la desaparición del avión malasio, los familiares de los viajeros están dando rienda suelta a la misma indignación bajo otras formas. Se reclama a la compañía la falta de información sobre los hechos, cuando el mundo entero sabe que ni la compañía ni los gobiernos que investigan la desaparición tienen la menor idea de lo que ha sucedido. Y una ciudadana china ha dado expresión al nuevo sentimiento de autoafirmación de su país al decir claramente no tenía fe en la capacidad de las autoridades vietnamitas —igual podía haber dicho malasias— para aclarar los hechos, y que esperaba que pronto llegaran a la zona medios enviados por el gobierno chino. Somos muy débiles, y necesitamos sentir alguna forma de compensación ante la desgracia.