Algunos mitos sobre Palestina

Diego de Ojeda

Son legión los que en España y fuera de ella se identifican con los palestinos por ser la parte débil y victimaria de un conflicto que se prolonga desde hace décadas. Los palestinos son sin duda más débiles que Israel pero no “disfrutan” en exclusiva de la condición de ví­ctima y desde luego han contribuido mucho a encontrarse en la lamentable situación en la que están. Uno de sus mayores problemas es esa tendencia tan extendida en el mundo árabe a dejarse llevar por los mitos, que tranquilizan el espí­ritu pero poco hacen por mejorar la calidad de vida diaria.

El mito más extendido es quizás el de que Israel se fundó en tierra árabe y a expensas del pueblo palestino. Soy de los que piensa que la tierra no es de nadie salvo del individuo que ostenta un tí­tulo de propiedad sobre la misma y, en condiciones lí­mite, del que la trabaja. Supongo que se me entiende: no creo que haya ninguna ley natural por la que un terruño cualquiera pertenezca a un grupo étnico determinado; no comparto esa visión de que Hernani ha sido, es y será siempre para el milenario pueblo vasco. Al contrario, creo que Hernani, como Madrid, está llamada a ser de los que vayan viviendo ahí­ con independencia de su RH, lugar de nacimiento, raza, género o condición sexual.

Por eso no puedo estar de acuerdo con los sionistas que entienden que la Palestina bí­blica “pertenece” a Israel. En todo caso, perteneció hace mucho tiempo a las tribus judí­as que la poblaban. En cambio, ahora “pertenece” a Israel aquello que la ONU acordó darle en 1947. Y en su momento podrá “pertenecer” también a Israel cualquier otro territorio cuya posesión acuerde con sus vecinos en las condiciones en las que lo acuerde, un poco al estilo de la cesión española sobre Gibraltar que nos podrá parecer más o menos legí­tima pero que no tenemos más remedio que tolerar.

En todo caso, menos de acuerdo todavía puedo estar con quienes defienden que Israel le robó la tierra a los palestinos. En todo caso a los británicos, que ocupaban militarmente Palestina desde el final de la I Guerra Mundial, después de haberles usurpado el mandato colonial al Imperio Otomano tras su derrota en la guerra. Como los otomanos le habían conquistado el territorio a los mamelucos, que a su vez se lo habían arrebatado a los cruzados, que a su vez… Lo que de verdad importa es que Palestina nunca fue palestina, ni judía, siempre estuvo gobernada por algún ocupante bajo el cual habitaban tribus árabes, judías, drusas, beduinas y qué se yo. 

En las postrimerías del Imperio Otomano, el total de población en Palestina rondaba las 300.000 personas, la mayoría rural con un 20-25% agrupado en media docena de incipientes ciudades pequeñas. Cuando los judíos del mundo se contagiaron del virus nacionalista que se propagó en el Siglo XIX y decidieron agruparse en un único territorio para dejar así de sufrir discriminaciones en los países en los que venían habitando como minorías por siglos, empezaron a llegar a la Palestina británica, en masa pero pacíficamente, comprando las mejores tierras a buen precio a los beduinos y árabes que las disfrutaban en propiedad. Por cierto que lo mismo hacían occidentales de todo tipo que, animados por su fervor cristiano, deseaban establecerse en Tierra Santa. Por ejemplo, el mejor hotel de Jerusalén Este, la zona palestina, es el American Colony, que originariamente era una colonia de suecos americanos cristianos que llegaron, compraron unas tierras alrededor de un pozo y montaron una comunidad agrícola.

La llegada de muchos judíos con mayor capacidad de compra, cultura, conocimientos y tecnología, empezó a generar problemas con la población autóctona. No hay acuerdo entre los investigadores sobre el volumen y ritmo de la inmigración judía a Palestina. Sí está claro, sin embargo, que fue un flujo mucho más intenso que el 10-15% de extranjeros que hemos recibido en España durante los últimos 6-7 años, que de por sí constituye un fenómeno sin precedentes en el mundo desarrollado en los últimos 50 años. El flujo hacia la Palestina británica duró bastante más, varias décadas, y los judíos, que no llegaban al 5% de la población a principios de siglo, rondaban el 20-25% ya en los años 30 (nótese, antes del Holocausto) y llegaron a un 30-35% tras la II Guerra Mundial. Todo ello pese al crecimiento paralelo experimentado por la población árabe, incluido un flujo considerable de pobladores de tierras vecinas atraídos por la riqueza generada por el asentamiento de decenas de miles de judíos prósperos.

El mayor problema, sin embargo, no fue tanto cuantitativo como la diferencia cualitativa entre los primitivos pobladores originales y la sofisticación de los nuevos. En 1932 el analfabetismo entre los judíos se limitaba al 14% mientras que el 68% de los árabes seguía sin saber leer o escribir. En 1942 más de tres cuartas partes de los judíos en la Palestina británica eran urbanitas mientras que el 68% de los árabes seguía siendo rural. No es extraño por tanto que las respectivas economías crecieran a diferentes ritmos. Entre 1922 y 1947 la economía de la comunidad judía creció a más de un 10% anual (la misma ratio a la que viene creciendo China en la última década) mientras que la árabe crecía a una no despreciable media de 6.5%; la diferencia era todavía mayor en términos per capita. Así, en 1936 los judíos tenían una renta 2.6 veces más alta que la de los árabes que, sin embargo, estaban mejor que sus congéneres en los países vecinos. Los judíos utilizaron tal prosperidad para fundar instituciones como una asamblea de electos, una red de colegios (1919), un sindicato central (1920) y las universidades Technion (1924) y Hebrea de Jerusalén (1935); según decía El País el pasado día 8, esta última acumula más premios Nobel que toda España.

Otro mito muy extendido es que los judíos echaron a los pacíficos árabes de su tierra a sangre y fuego. No creo en las generalizaciones y menos aún en el carácter pacífico o violento, benigno o maligno, de los pueblos; ni siquiera creo mucho en los pueblos, prefiero centrarme en las personas que los integran. Así que no seré yo quién abogue por la santidad del pueblo judío en su conjunto, ni tampoco me encontrará nadie negando la indignidad de los ataques practicados por grupos como el Irgun o Lehi (Stern) hasta y durante la guerra de 1948, más allá de las bien documentadas voladura del Hotel King David en 1946 o la masacre de Deir Yassin y el asesinato del Conde Bernadotte, mediador de Naciones Unidas, en 1948.

Pero que tampoco me pida nadie comulgar con la santidad de los pobladores árabes. Para los judíos Hebrón es la segunda ciudad más santa. Pues bien, en 1929 los árabes de la ciudad mataron a unos 70 habitantes judíos y echaron a sangre y fuego al resto; una especie de El Ejido, para entendernos. Sólo que más grave y en varios sitios, como en la ciudad de Safed donde murieron unos 20 judíos, o el mismo Jerusalén donde fueron asesinados otros 17. No se trataba de milicias o terroristas sino puros pobladores civiles. Todo empezó a raíz de una manifestación de unos extremistas sionistas en el Muro de los Lamentos, con eslóganes y banderas, el 15 de agosto de 1929. Manifestación infortunada, provocadora incluso, pero sin violencia.

Lamentablemente, no fue ni la primera ni la última vez que los árabes atacaron a los judíos. Ya en 1920 unos 65.000 árabes concentrados en Jerusalén para el festival de Nebi Musa la habían tomado con los judíos de Jerusalén durante varios días. La comisión de investigación británica Palin concluyó que la razón de la violencia que mató a 5 judíos e hirió a un par de cientos era la insatisfacción de la población árabe por la no realización de la promesa británica de independencia árabe y el miedo a la realización de la promesa de independencia judía contenida en la Declaración Balfour. Los británicos castigaron a unos cuantos líderes árabes pero también detuvieron la inmigración judía como éstos reclamaban.

Lo mismo ocurrió tras los incidentes de Jaffa en 1921, en los que murieron casi igual número de judíos y de árabes, si bien fundamentalmente los primeros a manos de los segundos y éstos a manos de las tropas británicas que trataron de poner fin al pogromo. Todo empezó con una pelea en Tel Aviv entre los manifestantes por el primero de mayo del Partido Comunista de Palestina y de la Unión laborista (de Ben Gurion), con los primeros reprimidos por la policía, que les persiguió de vuelta hasta Jaffa. Allí los árabes, tanto musulmanes como cristianos, entendieron que la policía reprimía a los suyos y salieron a defenderlos atacando judíos. La comisión de investigación Haycraft volvió a culpar a los líderes árabes y el Alto Comisario británico Herbert Samuel volvió indefectiblemente a suspender la inmigración judía.

La comunidad judía, profundamente insatisfecha ante la falta de defensa por parte del ejército británico y la policía árabe, decidió crear la Haganah, una milicia de autodefensa que sirvió como embrión del ejército israelí, especialmente tras los incidentes de 1929 ya comentados. Por cierto, la comisión de investigación que se ocupó de éstos también concluyó que los árabes habían atacado a los judíos sin mediar ataque previo y que, sin embargo, lo que correspondía era limitar la inmigración judía y las ventas de tierras a los judíos.

En fin, parece claro que se trató de un periodo de un par de décadas bastante complejo, con tensiones entre ambas comunidades y contra los ocupantes, creación de milicias y ataques violentos por ambas partes y también contra los británicos. Un periodo en el que, como siempre, pagaban sobre todo los civiles, de ambos bandos.

En el capítulo de las causas de los problemas actuales hay que sumar, sin duda, el efecto nocivo de las políticas de las potencias internacionales de la época. Empezada ya la I Guerra Mundial, Gran Bretaña promete a los árabes en 1915 la independencia de casi todas las tierras árabes bajo dominio otomano a cambio de su apoyo, lo que originó la rebelión árabe de 1916 (http://es.wikipedia.org/wiki/Rebeli%C3%B3n_%C3%81rabe). Sin embargo, al año siguiente, Gran Bretaña y Francia acordaban repartirse esos mismos territorios tras la guerra dejando la proyectada independencia en meros protectorados. Y no contentos con ello, Gran Bretaña le promete a los judíos en 1917 un “hogar nacional judío” en Palestina, en parte porque durante la I Guerra Mundial una parte sustancial de la diáspora judía era filo alemana y sobre todo filo turca, en la esperanza de que si Turquía ganaba la guerra le daría la independencia a Israel.

Obviamente no cabía duda sobre el apoyo judío a los aliados durante la II Guerra Mundial. Quizás por eso de que el enemigo de mi enemigo debe ser mi amigo, los árabes se posicionaron primordialmente a favor de la Alemania nazi. Nunca olvidaré mi primera visita al museo del Holocausto en Jerusalén (Yad Vashem) en los primeros años noventa. Sarajevo llevaba ya un largo tiempo sitiada e Israel acababa de acoger a unas decenas de refugiados bosnios musulmanes en un gesto que me pareció del todo natural dada la evidente convergencia en contra de la limpieza étnica. Me quedé helado cuando contemplé aquella foto del Gran Mufti de Jerusalén pasando revista en Sarajevo a una compañía de las SS formada por bosnios musulmanes. Sorpresas te da la vida, ay Dios, que cantaría Ruben Blades…

En cualquier caso, la guerra terminó y la ONU, dada la voluntad británica de salir ahumando del avispero, decide partir el territorio del mandato en dos. Los paí­ses árabes se niegan y los judíos más radicales también porque la mejor parte, la más bí­blica (Hebrón) y la más fértil (Jericó) quedaba en manos árabes. Sin embargo, Ben Gurion acalló sus resistencias, por las buenas y por las malas. Los paí­ses árabes colindantes, que no los pobladores árabes, no dieron su brazo a torcer pese a la aprobación de la ONU y el reconocimiento inmediato de Israel por la URSS y EEUU además de medio mundo. Erróneamente conscientes de su superioridad bélica, atacaron a los judí­os por todos los flancos pero para su sorpresa Israel no sólo consiguió detenerles sino que acabó privándoles de parte del territorio que correspondí­a a los pobladores árabes según la partición aprobada.

Repito, no creo en los pueblos o en su derecho inalienable a un territorio y tampoco en su bondad o maldad intrí­nseca. Por eso mismo no puedo aceptar en modo alguno que Israel sea siempre el malo de la película, con independencia de los hechos y las circunstancias, de quién perpetre el ataque y en qué circunstancias. No, no suele haber buenos y malos y en Oriente Medio tampoco.