Alemania manda por méritos propios

LBNL

Dos equipos alemanes disputarán la final de la Champions. El futbol es un deporte y más allá de técnicas, tácticas y fichajes, el resultado es imprevisible. Pero siendo el furbo también el deporte rey, el espectáculo de masas por excelencia, cabe argumentar que es todo menos casualidad que sean dos equipos alemanes los que vayan a lidiar por el cetro europeo, que es también mundial, dada la abdicación norteamericana.

Alemania manda y eso fastidia a muchos. Pero no manda por casualidad y, de hecho, manda mucho menos de lo que podría. Consciente de sus pecados históricos, Alemania sigue prefiriendo compartir soberanía con sus hoy socios y antaño adversarios europeos. La reunificación incrementó su dominio en términos de población y PIB, que apenas se tradujo en mayor poder en el Consejo, Comisión, Parlamento y Banco Central europeos, en los que sigue infra representada.

Soy el primer crítico de la política de austeridad – a mi juicio suicida – que viene poniendo en práctica Angela Merkel desde hace ya varios años. Y no soy fan tampoco de las reformas laborales que aplicó su antecesor, el ex social demócrata Gerhard Schoeder y hoy ejecutivo de Gazprom. Pero el problema no es Alemania sino el coro de quienes jalean o aceptan – incapaces, temerosos o entusiastas, que de todo hay – el pensamiento único que emana de la Cancillería de Berlín.

Merkel hace sus deberes lo mejor que sabe y no lo hace del todo mal. La situación económica alemana no es boyante, pero desde luego no es mala y el electorado seguramente revalide su acción de gobierno. De puertas a Europa, está convencida de que los demás deberían hacer lo mismo que Alemania ya ha hecho. En realidad su ideario es tremendamente simple. Europa tiene un gasto social enorme (50% del total mundial) en comparación con su PIB (25% del total) y su población (sólo el 7%). Ergo, hay que bajar el gasto social para poder competir globalmente. Los déficits públicos son malos (no conviene gastar más de lo que se tiene) y las deudas públicas resultantes son pan para hoy y hambre para mañana. De la sofisticación se ocupan otros como los ínclitos Rogoff y Reinhard, con su falsa pero aplaudida demostración científica de que el crecimiento económico es imposible a partir de un 90% de deuda.

Merkel no impone nada. Alemania ha hecho lo que creía más apropiado para bajar su tasa de paro y mantener su sector exportador. Entró en el euro con reticencias y exigió a cambio algunas garantías cuyo cumplimiento ahora exige, como que el Banco Central no pueda financiar las deudas públicas de sus socios sobre las que Alemania no tiene ni voz ni mucho menos voto. Cuando se le ha pedido que acepte flexibilizar las reglas del juego dado el peligro de hundimiento colectivo, ha aceptado, a regañadientes. El Bundestag ha aprobado todos los rescates que se le han presentado a votación y también los planes de creación de una verdadera unión monetaria en la que, como es lógico, las instituciones supra nacionales tengan capacidad de poner coto a las decisiones nacionales cuyas consecuencias van a tener que afrontar después. Está por ver que los demás acepten la ecuación completa, Francia, la más reticente, incluida. Lo que no puede ser, se dicen en Berlín, es que se nieguen a renunciar a su independencia económica y nos exijan que paguemos la factura cuando sus decisiones se demuestran erróneas. Ciertamente, Alemania va a excluir a sus cajas de ahorros – tan quebradas como las españolas – de la supervisión del Banco Central Europeo. Es legítimo. No será una excepción nacional sino basada en criterios objetivos (tamaño del capital) y aplicada a todas las entidades financieras europeas por igual. Ni siquiera tiene que argumentar que ella no pide ayuda a los demás para rescatarlas financieramente.

De ahí el símil con la final de la Champions. El error del austericidio predicado por Merkel se juzgará democráticamente en las elecciones alemanas de septiembre y, en menor medida, en las europeas de mayo de 2014. Todo indica que los social demócratas alemanes serán incapaces de desalojar a Merkel de la cancillería. Todo lo más, podrían llegar a forzar una reedición de la gran coalición, lo que tampoco implicaría un viraje radical en la filosofía económica que emana de Berlín. El pronóstico para las europeas es algo más incierto pero es altamente probable que cristiano-demócratas y liberales tengan mayoría y, por tanto, determinen el próximo Presidente de la Comisión y el Consejo europeos, quedándoles a los social-demócratas la elección del próximo Alto Representante para la política exterior.

El Bayern de Munich y el Borussia de Dortmund se medirán en la final europea por méritos propios. Si queremos aspirar al título el año que viene, habrá que ganar en el campo, después de haber entrenado duramente y estudiado al contrario con detenimiento, para poder plantarle cara en condiciones.

Hablando de plantarle cara a Merkel en el Consejo Europeo, Hollande es, de momento, una gran decepción. No ha puesto en práctica apenas nada de relevancia para sacar a Francia de la atonía y su récord histórico de desempleo. Es difícil concebir que el nuevo primer ministro italiano vaya a ser capaz de más, especialmente dado lo endeble y heterogéneo de sus apoyos. Cameron está a lo suyo, tratando de gestionar su propio fracaso económico al tiempo que el referéndum escocés y la espinosa cuestión de si Reino Unido sigue o no en la Unión Europea. Y qué decir de Rajoy…

En fin, es muy cómodo echarle la culpa de todos los males a Merkel y a Alemania en su conjunto, pero lo eficaz sería plantarse en el Consejo Europeo no sólo con un sonoro y colectivo “Nein” sino con propuestas alternativas serias, positivas para Europa en su conjunto, pero teniendo en cuenta las necesidades alemanas.