Alcorcón, inmigración y odios

José María Calleja

La forma en que se ha tratado, por políticos y medios de comunicación, los incidentes ocurridos en el municipio madrileño de Alcorcón (175.000 habitantes), constituye un ejemplo expresivo de lo que no se debe hacer, de aquí en adelante, respecto al problema de las bandas juveniles minoritarias y violentas. Empecemos por los medios de comunicación. Sujetos que no tienen nada que decir, que no aportan la menor información y que defienden posiciones violentas, son entrevistados profusamente por televisiones y radios, que difundimos sus opiniones en igualdad de condiciones, tiempo e importancia que las de otras personas cabales, que saben de lo que hablan y no defienden la violencia. Este “empate mediático”, que a tantos gusta tanto, entre las opiniones de unos pandilleros violentos –que se tapan la cara, se cubren la cabeza y emiten opiniones de dos pesetas–, con los análisis de la flota de sociólogos de guardia a la que tendemos a acudir los medios cada vez que pasa algo que no somos capaces de explicar por nosotros mismos, constituye una perversión en la información, entroniza a unos jóvenes narcisistas y no ayuda a contar lo que pasa. Se corre el riesgo, incluso, de alentar ese desarrollo de una violencia que esta protagonizada por jóvenes que se excitan con la sola posibilidad de “triunfar” apareciendo en los medios.

Alcorcón es un municipio de 175.000 habitantes que nadie que haya paseado por sus calles podría comparar, en ningún caso, con el área metropolitana de Paris, lugar al que, guiados por la querencia al tópico y la superficialidad, han acudido algunos medios con fruición. Hay en Alcorcón tres universidades, un nivel de paro muy reducido, prestaciones sociales que permiten a siete mil jóvenes tener actividades culturales, recreativas, deportivas y de ocio todos los días. Y, sobre todo y a diferencia de Paris, el quince por ciento de la población es inmigrante pero no vive en absoluto segregada espacialmente del resto de la población. No hay aquí barrios de inmigrantes, ni guetos, ni un espacio urbano segregado, que es lo que define a los inmigrantes en Paris.

Según un informe de la Comunidad de Madrid hay en Alcorcón siete bandas juveniles –no todas formadas por inmigrantes– y según sabe cualquiera que conozca algo de la Comunidad de Madrid, hay una porción de bandas ultras, neonazis, de extrema derecha, que han aprovechado este incidente, como otros que se han dado en la Comunidad de Madrid, para aventar su odio, difundir sus consignas xenófobas y fracturar la convivencia. Están en la red y no cesan de sembrar odio y llamar a la bronca.

La inmensa mayoría de los inmigrantes en Madrid, como en el resto de España, vienen a trabajar honradamente, ahorran, envían dinero a sus familias de Latinoamérica, Marruecos o Europa del este; algunos se compran pisos y firman hipotecas. Otros, una minoría, viven en condiciones infrahumanas, hacinados en viviendas con el sistema de “camas calientes” , en las que las familias alquilan habitaciones por horas con la obligación de abandonar la vivienda pasadas ocho o doce horas, para que ocupe su lugar otra familia.

Hay bandas formadas por inmigrantes, si; hay delincuentes que son extranjeros, también; pero eso forma parte de todo lo que acompaña un movimiento de población de la enorme envergadura que estamos experimentado en España. Otra cosa es que existan mafias formadas por extranjeros que se dedican a robar, extorsionar o secuestrar; pero este no es un problema de inmigración sino de delincuencia, que ha existido siempre, aunque no con la intensidad de ahora.

Los políticos han oscilado entre la relativización del problema, por parte del algunos; hasta su excitación máxima, por parte de otros. Ninguna de las dos opciones es buena.

Algunos llevamos años avisando de la necesidad de actuar en esta historia con sentido de la anticipación, estudiando la experiencia de otros países que nos llevan años de delantera en la convivencia con inmigrantes como Francia, Holanda o Alemania; aprendiendo lo que han hecho bien y analizando cuales han sido sus fallos para, en la medida de lo posible, evitarlos aquí. No parece que hayamos hecho bien los deberes antes y no parece que se hagan bien cuando se produce un estallido violento entre adolescentes que, al ser algunos de otros países, adquiere inmediatamente una dimensión espectacular para los medios.

Un poquito más al Este de Alcorcón, en Azuqueca de Henares, provincia de Guadalajara, se ha producido en los mismos días una batalla campal, brutal, entre dos bandas formadas por sujetos nacidos en otros países y armados para hacer mucho daño, que no ha merecido apenas espacio en los medios de comunicación, no se si porque al ser todos extranjeros nos importa menos lo que les pueda pasar.

Los inmigrantes han venido a quedarse y bueno sería que, entre todos, pusiéramos tiempo, talento y sentido común para intentar resolver los mil y un conflictos, que entraña siempre la convivencia, sin caer en la demagogia, en la xenofobia o en la sal gorda.

Deja un comentario