AGATHA

Manuel Lobo

Este pasado fin de semana tuve la oportunidad de conocerla personalmente. Ya conocía parte de su historia, puesto que es amiga de unos amigos comunes.

Su historia es de las que te generan un sentimiento de rabia e impotencia, que existen pocas cosas que te la puedan generar.

Si, ella es una víctima de malos tratos.

Y después de más de un año de salir de su casa ha decidido contar en internet su historia.

Ella es una de las víctimas que, por fortuna no están en las estadísticas de muertes. Cuando lees su blog, te das cuenta que ha sido por muy poco y que, afortunadamente, está en el camino de salir de la pesadilla.

Leyendo cómo se sentía, te das cuenta que es un círculo vicioso del que es muy difícil salir, y más aún cuando el maltratador te aísla del contacto con el resto de tu ambiente.

Su historia es tremenda y por eso, ya que ella ha decidido contarla, no puedo hacer más que intentar que se conozca, sobre todo para que nos demos cuenta que las estadísticas de muertes por violencia de género, no es más que la punta del iceberg de un grave problema que está muy incrustado en nuestra Sociedad.

Conociendo la historia de su maltratador y de su ámbito familiar, te lleva a la conclusión que sólo atajando el problema en su raíz, en el seno de las familias de los maltratadores, será la única vía de solución. Sólo cuando el resto de la Sociedad, dejemos de verlo cómo un problema de ámbito doméstico y nos demos cuenta que nos puede afectar a casi cualquiera, conseguiremos eliminarlo.

En muchos casos ya es tarde, esos maltratadores, que seguramente vienen de familias donde era común el maltrato, han provocado una nueva generación de potenciales maltratadores. Nuestra responsabilidad es aislar estos comportamientos, dejar de ignorarlos y luchar contra ellos.

Cuando te cuentan que, en las visitas con sus hijos, en los puntos de encuentro, una de la reacción de los hijos pequeños es una mezcla de golpes y abrazos, y que el maltratador, lejos de evitar esta conducta, incluso la premia, una nueva generación de maltratadores está en la calle.

Es responsabilidad de todos luchar contra esta lacra.

Aquí está su historia… Aún no está acabada, ni la historia en sí misma, ni su narración.

https://agathadiariodeunasuperviviente.com/

Un pensamiento en “AGATHA

  1. Agradezcao y entiendo la intención del autor, pero hay un par de observaciones en su artículo que convendría matizar:
    1) que ese maltrato es “la punta del iceberg de un grave problema que está muy incrustado en nuestra Sociedad”, y que
    2) “sólo cuando el resto de la Sociedad, dejemos de verlo cómo un problema de ámbito doméstico y nos demos cuenta que nos puede afectar a casi cualquiera, conseguiremos eliminarlo”.
    Aunque, afortunadamente, el articulista no se desliza por la pendiente de “la lacra de la violencia de género”, ni se desliza por la pendiente de la “perspectiva de género” y menos aún por la del “terrorismo machista” (ese que supuestamente buscaría mantener la dominación propia de la sociedad patriarcal, etc.) creo que la referencia a la punta del iceberg implica que comparte la sobrevaloración de la violencia doméstica que es típica del discurso de la corrección política dominante. La sobrevaloración se refiere tanto a la gravedad del fenómeno (medida en número de víctimas, número de condenas, su evolución histórica, etc.) como a su singularización (como hecho de especial relevancia que lo diferencia esencialmente de cualesquiera otras formas de violencia).
    Sobre lo primero, una constatación: es tentador imaginar siempre que lo que vemos es sólo la parte visible de un iceberg cuyas dimensiones reales están por descubrir. Eso estimula nuestra imaginación y promueve el activismo. Pero lo cierto es que, al menos en nuestras sociedades desarrolladas occidentales, lo que vemos es lo que hay (o casi todo lo que hay), y por eso las cifras de víctimas, más allá de altibajos anuales (ligeros diente de sierra estadísticos), revelan la estabilización de una tasa cuyas diferencias entre unos países y otros parecen reflejar más bien diferencias ligadas a modos de vida social algo distintos.
    Sobre lo segundo, algunas obviedades (o, a mí, así me lo parecen):
    a) La violencia doméstica es violencia. Y sí, su ámbito –lo que la distingue- ,es el doméstico (o el de las relaci0ones de pareja, si se quiere). Por tanto es correcta esa denominación
    b) La violencia doméstica es sólo una de las muchas formas–y sólo una más- en que se expresa la violencia en nuestra vida social.
    c) La violencia es masculina. Lo es la que se expresa contra la infancia (sea en forma de malos tratos o de abusos sexuales o de explotación laboral), lo es la que atenta contra la propiedad, lo es la del crimen por dinero (sea organizado o espontáneo), lo es la que expresa prejuicios raciales o religiosos, lo es la que manifiesta en la vida laboral y hasta la que se expresa en las carreteras. ¿cómo no iba a serlo igualmente la que se manifiesta en el ámbito doméstico o en el de las relaciones de pareja? Hasta cuando se trata de autoagresividad (y no de heteroagresividad) como en los suicidios, el agente casual (que en este caso se corresponde con la víctima) es varón en la gran mayoría de los casos.
    d) Que en todos esos ámbitos haya casos en los que la violencia es protagonizada por mujeres, las excepciones, no altera lo esencial del dato.
    e) La única diferencia sustancial es que en casi todos los escenarios citados si el agente causal es muy mayoritariamente el varón, la víctima puede ser varón o hembra, mientras que en el ámbito doméstico, por su carácter binario (hombre/mujer), necesariamente será mujer la víctima.

    (Por cierto, desde que se ha hecho visible la vida en pareja de personas del mismo sexo y en el caso de los varones, se ha añadido ese nuevo escenario en el que agresor y víctima son hombres: el feminismo “de género” no tiene explicación para esto –que contradice su teoría- y por eso recurre a fantasmadas sobre la perpetuación de ciertos roles en la pareja aunque sean del mismo sexo, bla, bla,…).

    Si ponemos el foco obsesivamente en las mujeres víctimas de sus parejas nos parecerá que estamos ante un fenómeno extraordinario, único, cuando es solo uno más y no el más grave (en algunos de esos otros ámbitos o escenarios que he citado es mayor el número de víctimas). Si cada día o cada semana correlacionáramos el número de víctimas por violencia doméstica con el de otras víctimas violentas, entenderíamos mejor su verdadera dimensión.
    Por supuesto, me parece n muy bien las expresiones de preocupación y de solidaridad con las v´ctimas, más si son cercanas, como es el caso de Agatha de nuestro articulista. Pero no existe -creo- ningún motivo objetivo que justifique esa singularización del fenómeno en la que estamos tan empeñados. Ni siquiera para que esa violencia doméstica o de pareja se considere violencia “de género” como si no fuera casi siempre el género masculino el protagonista de todas las violencias. Y como expresión de la violencia intrínsecamente masculina no se eliminará, aunque sí se modulará, como de hecho ha ocurrido ya en nuestro medio.
    De todo lo dicho no debe deducirse que sean infructuosos los esfuerzos para controlar esa violencia doméstica, mejorando su visibilización, la educación al respecto, la protección de las amenazadas, la represión de las conductas violentas, etc. Pero conviene no confundir las cosas, aunque bien sé que tal confusión no es espontánea, sino que responde a la necesidad de cierto sector de hacer del fenómeno una causa movilizadora (rentable políticamente) y, ahora que otras banderas han perdido interés. Porque para la explotación mediática del fenómeno no hay razoanes objetivas pero sí motivaciones políticas. Pero eso también es otro tema y no quiero abusar ni aburrir.

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