Adolfo

Marta Marcos 

Les propongo un juego, igual les apetece en esta perezosa mañana de domingo. Se trata de decir qué les sugiere el nombre de Adolfo Suárez. Esta semana ha cumplido 75 años, pocos recuerdan cuándo fue su última comparecencia pública, y dicen que él mismo no se acuerda de que fue Presidente del Gobierno.

Nací el mismo año en que Suárez ganó por primera vez unas elecciones, así que las impresiones que puedo ofrecerles sobre este personaje aparecerán, sin duda, mediatizadas por el tiempo y la distancia, por el hecho de que cuando tuve uso de la razón, Suárez estaba prácticamente retirado de la política española. Lo mío es una mezcla de historias familiares, lecturas caóticas y documentales diversos, incluida la serie sobre la transición que realizó Victoria Prego para Televisión Española (fue mucho antes de la partonegénesis rameada).

Sé que el nombramiento de Suárez como Presidente del Gobierno fue la sorpresa del verano del 76, aunque en mi casa aseguran que ya le habían oído algunas intervenciones suyas y no les daba mala impresión. Desde luego, tenía un aspecto menos siniestro que el carnicerito de Málaga, es decir, Carlos Arias Navarro. Suárez era mucho más joven y mucho más guapo, y, por supuesto, más simpático.

Supongo que entonces se comentaría, y hoy también, aunque con otra perspectiva. Me refiero a la circunstancia de que uno de los principales pilotos de la transición democrática fuese un hombre de la dictadura que le tocó desmontar. Llegó a ser Secretario General del Movimiento, nada menos, además de Gobernador de Segovia y director de RTVE. Así que más de uno debió pensar qué menuda cesta con esos mimbres.

Y sin embargo, a mi modo de ver, mostró un coraje asombroso, y, sobre todo, un compromiso indudable con la incipiente democracia. Eso lleva a pensar, una vez más, en lo complejo de las biografías personales, y en como alguien con una trayectoria en principio poco digna de alabanzas, puede hacer girar su vida de esa manera y convertirse en uno de los personajes más relevantes de los últimos 30 años.

Le tocó ser Presidente en una España convulsa, obvio, y tuvo una trayectoria marcada, por lo que puedo entender, por continuos insultos y descalificaciones. Sin duda, las peores puñaladas le vinieron de sus compañeros de ese extraño invento llamado UCD, pero las diatribas de sus rivales tampoco tenían desperdicio. Muchos recuerdan, en especial, a Alfonso Guerra.

Su mandato terminó de una forma nada gloriosa, con una dimisión, y, para colmo de males, la sesión de investidura de su sucesor se vio interrumpida por la intentona golpista del 23-F. En fin, sus últimos años como político transcurrieron en medio de un cierto abandono, sobre todo por parte de los electores.

Por eso, me resulta muy llamativa la cantidad de suaristas que pululan hoy por territorio español. Todos aseguran admirar y reconocer la labor de este gran hombre, pues sin él, cualquiera sabe lo que hubiera sido de este país. No niego que muchos sean sinceros, pero también huele a oportunismo, sobre todo porque, con toda seguridad, entre tanto suarista de última hornada, más de uno se ensañaría con ganas con él en aquellos difíciles años de la transición.

Vale, yo también soy un poco suarista, y reconozco que admiro ese valor que demostró en circunstancias muy difíciles. No obstante, trato de no olvidar que existen grandes nubarrones en su mandato, y que la transición supuso grandes sacrificios, como esa especie de “borrón y cuenta nueva” respecto al régimen franquista, y que hoy es tema de acalorados debates.

Sin embargo, tiendo a pensar, que de lo malo, lo mejor que pudo pasar en esos momentos es que nombraran Presidente a alguien como Suárez. El paso de la dictadura a la democracia no tenía el éxito asegurado, pese a las indudables ganas de libertad (sin ira, claro), puesto que entre los etarras, los ultraderechistas, los militares y el búnker, por lo visto en esos años nadie ganaba para sustos.

Ustedes tienen la palabra, sobre todo aquellos que vivieron aquellos años en vivo y en directo. Y mientras decimos y no decimos, calculo que Adolfo Suárez estará en algún lugar desconocido, sin recordar que fue Presidente del Gobierno, tal vez sin recordar sus momentos de gloria, y, con un poco de suerte, igual se habrá olvidado de las miserias.