Adiós a la mujer de la rabia en el corazón

Erika Fontalvo Galofre

“Con el paso del tiempo he comprendido que ser colombiana es la mejor definición de mí misma” – Ingrid Betancourt en el prólogo de su libro “La rage au cÅ“ur”, “La rabia en el corazón”, en el que ofrece su visión sobre la corrupción en Colombia.

La última vez que vi a Ingrid Betancourt, antes de su secuestro, debo confesar que fruncí el ceño, miré hacia otro lado e hice como si no la escuchara mientras ella increpaba a todos los que tenía enfrente, desde el entonces Presidente Andrés Pastrana hasta los altos mandos militares presentes allí. Estábamos en la pista de Florencia, capital del departamento del Caquetá, a 20 minutos en helicóptero de San Vicente del Caguán, el epicentro de la llamada zona de distensión, una localidad rural donde el Gobierno y las FARC intentaron, sin ningún éxito, llegar a un acuerdo de paz durante más de tres años.

Ese día, sábado 23 de febrero de 2002, se estaba cumpliendo la “retoma” militar del Caguán ordenada por Pastrana, horas antes, tras el fracaso de los diálogos. Centenares de militares estaban desembarcando en la región mientras los guerrilleros de las FARC se replegaban e intentaban buscar un lugar seguro donde esconderse. El presidente quería “plantarse” en San Vicente para demostrar que no había lugares vedados para la fuerza pública, que había sido retirada de allí en noviembre de 1998 por exigencia de la cúpula de las FARC como condición para hablar de paz.

Pero él no era el único que quería estar en la boca del lobo y darse un “touch” de gloria. Ingrid Betancourt, la candidata presidencial del partido Verde Oxígeno, el mismo al que pertenecía el alcalde de San Vicente del Caguán, también buscaba una forma de llegar. La vía aérea, por llamarla de alguna manera, parecía la más “fácil y segura”: aún recuerdo que cuando finalmente aterrizamos en un descampado de San Vicente, una cancha de fútbol de pueblo, nos recibió una lluvia de disparos que no nos alcanzaron porque mi Dios es muy grande o porque no nos tocaba en aquella ocasión. Todos, desde Pastrana hasta la última alma que viajaba en el helicóptero, quedamos blancos como un papel y no dejábamos de temblar mientras intentábamos bajarnos en medio de una nube de militares que protegían al Presidente, al que yo pensé que se “cargaban” ese día.

Volviendo a la escena del aeropuerto de Florencia, me parece estar viendo a Ingrid molesta, muy molesta porque le dijeron que no la podían subir en el helicóptero. Ella era una candidata presidencial en campaña y el jefe del Estado no podía tolerarse cometer un error de ese tipo. La conclusión: “usted, no va”. Gran cabreo de la señora Betancourt, a quien se le dijo en todos los idiomas que no se arriesgara y más bien, renunciara al viaje por tierra porque las condiciones de seguridad no estaban dadas. Es más, que si se iba lo hacía bajo su responsabilidad, no podría contar con un equipo de escoltas y que lo mejor era que se devolviera para Bogotá.

Pero no lo hizo. Eso sabía a poco para la mujer de la rabia en el corazón, la política polémica, provocadora y hasta desafiante que conocíamos todos los colombianos desde mediados de los 90, para la luchadora incansable contra la corrupción, transgresora de normas y protagonista de simbólicos actos de rebeldía como una huelga de hambre que realizó en el Congreso o una repartición de condones y Viagra porque según ella “la corrupción era el sida de la política en Colombia” y había que “parar a los corruptos”.
Ingrid, acompañada de su amiga y fórmula vicepresidencial Clara Rojas, montó en un carro y se lanzó a recorrer la única carretera que unía a Florencia con San Vicente del Caguán. No parecía tan complicado, apenas eran tres horas y pico de camino y era de día, pero ni ellas ni sus acompañantes llegaron jamás a su destino. Ingrid y Clara fueron secuestradas por las FARC y el resto de la comitiva obligada a regresar a Florencia. Fin de la travesía y comienzo de la tragedia.

En sus primeras pruebas de supervivencia conocidas en el mismo año de su secuestro, Ingrid se siguió mostrando como una política crítica con el gobierno, el anterior y el electo. Contra Pastrana arremetía por su indiferencia respecto a los secuestrados mientras que a Uribe le exigía actuar, sin demora, para resolver su situación y la de los demás rehenes.

De la mujer con la rabia en el corazón no volvimos a saber los colombianos durante años. No hubo más pruebas de supervivencia. Sólo su familia seguía insistiendo, tocando puertas, buscando la solidaridad internacional, denunciando su situación y la de los otros secuestrados involucrados en la exigencia de la guerrilla de un intercambio humanitario. Los más audaces aseguraban que de secuestro nada, que Ingrid estaba “encantada y feliz”, comandando no sé cuántos frentes de las FARC y que era la “dueña y señora” de la guerrilla colombiana, su nueva ideóloga y de paso, amante de Alfonso Cano, hoy tristemente célebre por ser el sucesor de Tirofijo en la línea de mando de la guerrilla.

Supongo que esos indolentes debieron tragarse sus absurdas palabras cuando la vieron casi hecha un cadáver, cabizbaja y ausente, muerta en vida, en el vídeo que fue divulgado en noviembre del año pasado, o tal vez, cuando leyeron sus agónicas reflexiones, demandando el soplo de la muerte en la dramática carta que le envió a su señora madre, Yolanda Pulecio. Hoy sabemos, por su “ángel salvador” y compañero de cautiverio, el enfermero militar William Pérez, que cuando se grabó el video Ingrid ya estaba “bastante recuperada”. ¿Se imaginan ustedes, cómo debió llegar a estar?

Más allá de los detalles que rodearon su cinematográfico rescate, sobre el que todavía queda mucha tela que cortar y detalles por conocer – aunque valga este espacio para hacer un merecido reconocimiento a las Fuerzas Militares de Colombia y al valor, a la “berraquera” de sus hombres y mujeres – la Ingrid que nos ha devuelto la infame manigua (como le decimos a la selva) es extraordinariamente superior a la que, cruel e injustamente, retuvo durante seis largos años. Somos muchos los que estamos gratamente sorprendidos al comprobar que por fin, desapareció la rabia en el corazón que Ingrid albergó durante tantos años de vida política y confrontación con la dirigencia colombiana. Enhorabuena por ella, por su familia y por el país.

Esta Ingrid me gusta mucho más. Flaquita y acabadita como ésta, pero grande y poderosa en sus acertadas apreciaciones que hablan de paz, de la superación de la violencia y de la defensa de la vida y la dignidad humanas.

No quiero ser malinterpretada. Ingrid no era santa de mi devoción, no compartía su estilo, lo admito: su proyecto político y su forma de llegar a los votantes no me seducían. La respetaba como líder política y como mujer porque siempre ha sido una figura brillante e inteligentísima, como pocas congresistas colombianas. Lo cortés no quita lo valiente, pero jamás habría votado por ella.

Sin embargo, cuando supe que la habían secuestrado, condené este atroz hecho y a través de mi trabajo como periodista, siempre me comprometí con su familia, con su madre, con su esposo y con su hermana Astrid para facilitarles los micrófonos del medio al que estaba vinculada, con el único propósito de visibilizar su drama, que es el drama de centenares de compatriotas de mayor o menor alcurnia.

Secuestrado es secuestrado: no perdamos nunca de vista que en la selva, el rico y el pobre pasan la misma hambre, sufren lo mismo, caminan las mismas agotadoras jornadas, reciben los mismos maltratos y humillaciones, – abusos intolerables y violatorios de los mínimos derechos humanos y de las normas básicas de Derecho Internacional Humanitario – se enferman de los mismos males y hacen sus necesidades físicas en el mismo “chonto”, el hueco asqueroso que funciona como letrina. Sólo para mencionar algunas realidades que no conocen ni marcan diferencias a pesar de las gestiones que los Sarkoys, los Villepin, los Chávez o el “gestor” de turno estén realizando, de acuerdo con sus propios intereses o con fines más altruistas.

Seguramente la fuerza del amor y de la compasión unidos al sufrimiento, el dolor y la cercanía de la muerte influyeron en la transformación espiritual de Ingrid, de esa noble e increíble mujer que dejó en la selva no sólo los peores recuerdos de los abusos de los que fue víctima, sino también la actitud provocadora y altiva que muchos de sus compatriotas le cuestionábamos.

Desde que recuperó la libertad, Ingrid está demostrando una talla política e intelectual extraordinaria, así como una humanidad y una fortaleza admirables. Sus declaraciones profundas y valientes, revelan que durante sus largas jornadas de cautiverio, además de estrechar sus vínculos con el Todopoderoso, dejó que su alma se alimentara de la serenidad y la esperanza, en vez del odio y el rencor que reconoce sintió alguna vez por sus victimarios y por la insufrible situación que estaba padeciendo.

Ingrid se está convirtiendo con su discurso moderado y conciliador, que invita a la unidad, en el puente para lograr acuerdos políticos que cierren brechas y alienten a la concordia en un país donde la guerrilla y los militares no son los únicos que se “dan duro”.

Resulta lógico que, si ella quiere transitar por el camino de la política, el futuro se le presente claro y despejado: en pocos días se ha convertido en un símbolo de la fe y la reconciliación, una especie de heroína capaz de superar el sufrimiento y la humillación para devolver sólo buenos sentimientos de tolerancia y propuestas de diálogo.

Ingrid se está convirtiendo en casi una leyenda, un fenómeno que, día tras día, confirma que, con amor, paciencia y una profunda fe, es posible romper todos los esquemas imaginables: ella pudo regresar fuerte de un infierno para acercarse a una gloria nunca antes conocida y es que ahora sí, Ingrid cuenta con un respaldo muy fuerte, más de un 77 por ciento de aprobación, en la opinión pública colombiana, y ni hablar de la internacional. Ya quisiera Sarkozy tenerla a su ladito.

En su columna de ayer en el diario El País, el analista Moises Naím la bautizaba como la “Mandela” colombiana, y no es el único. Me parece excesivo. Como él, otros muchos futurólogos están apostando a que Ingrid se convertirá en la futura canciller, vicepresidenta o incluso mandataria de los colombianos, que es sólo cuestión de tiempo. Piensan con el deseo pero no son justos con ella.

Como diría el ex torero José Ortega Cano, “déjenla en paz, déjenla vivir”. Ella y los suyos son los únicos que deben considerar cuál es el mejor camino para sus vidas, vidas que estuvieron truncadas durante demasiado tiempo. Ingrid y sus niñitos, que ahora son un par de muchachos guapos e inteligentes por cierto, tienen hambre de amor, de compañía, de complicidad, tienen ganas de vivir y como no, unos compresibles deseos de estar juntos para siempre, sobre todo, sin ser molestados por políticos carroñeros que buscan un segundo aire a costa de la estabilidad de esta familia.

Si alguien quiere seguir hablando de este tema, el de hacer política en torno a lo secuestrados, pues adelante, se escuchan todo tipo de propuestas. Que nadie olvide que en Colombia aún quedan 25 seres humanos que, según las FARC, son objeto de un intercambio: ex políticos, soldados y policías que están esperando, en la misma selva donde estaba Ingrid, una salida a su inhumano cautiverio. Por ellos, tenemos que seguir insistiendo en salidas humanitarias, en operaciones tan inteligentes como ésta o en cualquier otra fórmula que les permita volver a casa lo antes posible.

Pero hay más, si se produce el milagro y estos 25 colombianos dejan atrás este triste capítulo del secuestro por razones políticas, tampoco será el momento de cruzarnos de brazos: todavía quedarán unas 700 personas, en promedio, que están privadas arbitrariamente de su libertad por motivos económicos: desde niños hasta abuelitos que, en muchos casos, permanecen sepultados bajo tierra en “zulos” para evitar ser encontrados por las autoridades que los buscan para rescatarlos.

No quiero ser aguafiestas, claro que es hora de celebrar: yo me siento feliz por Ingrid, por su renovada y esperanzadora actitud, por sus buenos deseos que apuntan a trabajar de manera decidida y comprometida para lograr la unidad de los colombianos y la libertad de los secuestrados. Es maravilloso que los tres norteamericanos hayan podido regresar a su país, y es fantástico que 11 humildes soldados y policías estén ya exorcizando sus fantasmas mientras intentan reiniciar sus vidas suspendidas desde hace 10 años.

Pero al margen de si Uribe se lanza o no a una reforma constitucional que le permita un tercer mandato, de si Ingrid lo acompaña como su fórmula vicepresidencial o se convierte en su sucesora, cantaleta que no dejamos de escuchar en Colombia y en la prensa internacional, al margen de todo ello nos queda una enorme tarea. No podemos renunciar a ella, hay muchas personas cuya vida depende de que no lo hagamos.

Esta liberación es una gran alegría, es inmensamente buena y hay que ser sabios para contener en el corazón toda esa bondad, para evitar que se nos escape. Sólo así podremos ser lo suficientemente inteligentes para acudir al llamado que otros y otras Ingrid, que están esperando por todos nosotros, nos formulan sin descanso.