¿Aborto de ley?

LBNL

Me refiero, claro está, al controvertido ante proyecto de ley de reforma del aborto, que en realidad es una ley para derogar la ley sobre el aborto que aprobó el Gobierno Zapatero y volver a una ley de supuestos antes que de plazos, pero reducidos en número – de dos a tres – y, sobre todo, en cuanto a magnitud, dados los numerosos controles adicionales que se imponen para que puedan darse como válidos los supuestos.

Aborto de ley porque a Rajoy se le está subiendo a las barbas la mitad del partido. Son ya tres los Presidentes autonómicos que han hablado a las claras sobre la inconveniencia de promover este cambio legal. Y al menos dos alcaldes de provincias y varias personalidades prominentes, como la Vicepresidenta del Congreso, Celia Villalobos y la Delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes. Hasta la ínclita Secretaria General, Cospedal, se limitó ayer a expresar, implícitamente, que en su calidad de tal no puede sino apoyar dicha ley, dando a entender que personalmente no lo hace.

Con esta oposición interna y la de la práctica totalidad de los demás grupos políticos – por no hablar de la sociedad civil organizada y desorganizada (léase encuestas) – es muy difícil que el ante proyecto vaya a convertirse en ley sin experimentar cambios significativos.

Son legión los que dentro del PP rezan porque Rajoy acepte volver a incluir el supuesto de malformación del feto y a relajar algunos de los obstáculos que se pretenden imponer a los otros dos supuestos. Con el trasfondo de una gravísima crisis económica que la ciudadanía sabe y siente que tiene difícil remedio, sobre todo a corto plazo, por más que los voceros del Gobierno traten de transmitir lo contrario, son muchos los líderes del PP que querrían haber dejado las cosas como estaban para no enturbiar aún más sus posibilidades de ser reelegidos.

Porque es imposible acometer una regulación del aborto sin generar polémica y revolver las aguas, ya suficientemente revueltas. Es imposible porque la cuestión del aborto es muy compleja desde muchos puntos de vista: ético, filosófico, médico, humano… A todo el mundo le afecta potencialmente y sobre todo muy directamente a la mitad de la población, que puede haberse visto, verse ahora o verse en el futuro, necesitada de una operación de interrupción del embarazo, siempre indeseable pero a veces un mal menor frente a otro de mayor gravedad.

El embrión es sin duda vida, pero también es claro que no es vida humana autosuficiente. No es un argumento definitivo: un recién nacido tampoco puede valerse por sí mismo. Pero es un argumento a tener en cuenta. Porque llevando el razonamiento al extremo contrario, un espermatozoide, o un óvulo, también es un principio de vida. Es una locura, pero no por ello no compartida por muchos. Es de hecho la razón principal por la que las tres religiones monoteístas que mejor conocemos castigan con mayor dureza la homosexualidad y la masturbación masculinas, así como las felaciones, también con una mujer: porque suponen un derroche de espermatozoides que si fueran depositados “donde debieran” contribuirían al milagro de la vida. El sexo entre mujeres nunca mereció igual reproche, en tanto en cuanto estuvieran dispuestas a casarse con un hombre, cumplir con el “débito conyugal” y contribuir a preservar la especie.

Afortunadamente hemos dejado atrás razonamientos tan primitivos y básicos. Hace tiempo que decidimos que el sexo no tenía por qué limitarse a su función procreadora y que cada persona es libre de hacer con su vida y cuerpo lo que le venga en gana. Lo decidimos aquí y ahora, hace unos pocos años, porque en muchas otras partes del mundo, millones y millones de personas siguen rigiéndose por códigos parecidos a los descritos, “sabiamente” administrados por los intérpretes de la divinidad, que saben lo que más conviene a la raza humana.

Pero aquí y ahora los hemos dejado atrás. Tampoco todos, porque Rouco y compañía, y algunos seguidores allende la iglesia, pretenden que sigamos rigiéndonos por ellos. No sólo ellos, que son libres de vivir a su manera, sino todos nosotros.

Los demás pensamos que la vida humana es un valor fundamental, pero no supremo. No lo es cuando se mata para salvar otra vida. Pensemos en un policía que dispara a una persona armada que puede matar a otro. O en el capitán de un barco que cierra una trampilla sentenciando a varios marineros a una muerte segura para salvar a los demás. Hay otros supuestos en los que la preservación de la vida cede a otros valores. Ya no es delito intentar suicidarse. No es algo positivo, nadie anima al suicidio, pero no tiene sentido condenar al desgraciado que pretende quitarse la vida, ni siquiera como desincentivo para que no lo intente. Aceptamos de modo creciente el derecho a la muerte digna cuando la continuación de la vida se convierte en un sufrimiento insoportable, bien sea por el dolor o por la incapacidad de valerse por uno mismo. De nuevo, nadie anima a la eutanasia y mucho menos pretende imponerla a unos supuestos objetivos, como hicieron los nazis.

El problema no es la eutanasia, como tampoco el aborto, por más que ambos sean supuestos delicados en los que se conjugan valores fundamentales contrapuestos. En el mundo moderno, hemos decidido que la libertad de la persona es más importante que la concepción atávica de la vida como valor sagrado en cualquier circunstancia, por lo que la cuestión es cómo gestionamos ambos supuestos.

En cuanto al aborto, una ley de plazos ofrece mayor seguridad jurídica. La anterior ley de supuestos permitía el de los daños psicológicos a la salud de la mujer, auténtico coladera a través del cual se legalizaban abortos en fases de gestación en las que ya no se considera razonable en la mayoría de los países de nuestro entorno. Si una mujer considera que necesita abortar, puede hacerlo en un plazo prudencial después de saber que está embarazada. Habiendo tenido hijos y habiéndoles visto en fotos y películas grabadas de las ecografías en 4D (así las llaman, no me pregunten cuál es la cuarta dimensión), les aseguro que un feto de tres o cuatro meses se parece mucho, pero mucho, al niño que luego acaba naciendo. Se parece de cara, de cuerpo y hasta de movimientos. Porque es un proyecto de niño. Abortar, acabar con esa vida, todavía no plenamente humana en el sentido de que no es autosuficiente ni necesariamente viable (en ocasiones el cuerpo  pone después fin por sí sólo al proyecto), es una tragedia, todavía más para la madre. Dado que en ocasiones dicha tragedia es un mal menor, parece conveniente limitar esa posibilidad, ese derecho, a un plazo, que puede ser de 16 semanas, o de 14, como fijó la ley del Gobierno Zapatero, o de 12. Más corto sería mejor ,pero en la práctica cercenaría la posibilidad de realizar el aborto. Y si no se toma la decisión a tiempo, apechuga con las consecuencias porque el proyecto ya está demasiado avanzado. Salvo que surjan complicaciones muy graves a posteriori, posibilidad que también se contempla en la ley actual.

La mejor prueba de la sensatez de la ley actual es que el número de abortos se ha reducido, quizás por otros factores, pero quizás porque no se permite el aborto en condiciones demasiado laxas en las que antes, en la práctica, sí podía realizarse.

Yo no me rasgaría las vestiduras si el PP estuviera proponiendo mantener la ley de plazos pero imponiendo algunos controles adicionales. Me parecería innecesario pero no un escándalo, y algo comprensible en vista de su compromiso electoral de mejorar la protección de la mujer y los nasciturus. Ni siquiera me opondría si impidieran a las menores de más de 16 años abortar sin conocimiento y consentimiento paterno. Si son menores, no pueden consentir. ¿Y si las menores pueden consentir, por qué poner el límite en 16 años y no en 14?

Pero el Ministro Gallardón no propone nada de eso, como tampoco una vuelta a la ley anterior de supuestos pero acotando el “coladero” del daño a la salud psicológica de la embarazada. No, propone una regresión al pasado profundamente lesiva para el derecho de las mujeres a controlar su cuerpo y determinar el curso de sus vidas, que prácticamente elimina la posibilidad de abortar, limitándola a unos supuestos tan estrechos y tan obstaculizados que provocarán la vuelta a las clínicas clandestinas para las “pobres” y a los abortos en el extranjero para las “ricas”.

Afortunadamente no va a ser así. Son demasiados los que dentro del PP se oponen a semejante dislate, bien por ideología o bien por conveniencia. En los meses venideros seguiremos teniendo que dedicar tiempo y energía a este asunto tan espinoso y veremos cómo la oposición crece también en el seno del PP. Y Rajoy mandará a parar, ordenará un par de cambios más o menos “liberalizadores” y la ley se aprobará con gran controversia. Las mujeres verán recortados sus derechos pero no tanto como querrían Rouco y compañía, verdaderos instigadores de la iniciativa de Gallardón. Será un paso atrás, importante, pero no tan horroroso como lo que se pretendía originalmente, con lo que el ante proyecto habrá sido abortado. De ahí el título, obviamente.

Y yo seguiré sin dar crédito a la torpeza política de este Gobierno y el PP, que es la mejor esperanza que tiene el PSOE de poder obtener un buen resultado en las elecciones europeas del próximo mes de mayo. Por cierto, ¿alguien sabe lo que piensan Patxi, Chacón o Madina sobre el tema? Es seguro que se oponen, incluso me consta en el caso de Madina, al que le leí un tweet contrario. ¿Pero no deberían estar montándola en todas las teles y radios del país? Ya sé que Valenciano está tratando de convocar algo a nivel europeo y demás pero ¿no es un poco ilógico que sean los dirigentes del PP menos disciplinados los que lleven la voz cantante?