A vueltas con el tipo único

Aitor Riveiro

El País publicaba el pasado sábado un artículo de Miguel Sebastián en el que el profesor de la UCM se reiteraba en uno de sus caballos de batalla: el tipo único en el IRPF. Desde hace tiempo vengo observando que desde sectores de la izquierda se defiende esta postura; gente que considero inteligente y progresista ha tratado de convencerme de los parabienes de la medida y el propio Miguel Sebastián ha escrito en este ‘blog’ alguna que otra defensa apasionada de la misma.

Así que acudí presto a leer el artículo de Sebastián. He de decir que me gusta bastante su estilo directo y arriesgado: no suele utilizar un verbo ampuloso y obscuro, más bien todo lo contrario, fácil y accesible; tampoco esconde sus ideas y principios en lugares comunes o justificaciones pueriles: dice lo que piensa y lo argumenta. Pese a todo, siguen sin convencerme él ni los que como él abogan por el tipo único en el IRPF. Tómese este artículo no como una refutación del de Miguel Sebastián (nada más lejos de mi intención: no tengo yo la capacidad ni los conocimientos necesarios para tal empresa), sino como una serie de preguntas y observaciones sobre su texto: si de verdad la medida es tan acertada, me gustaría convencerme de ello.

Empieza Miguel Sebastián el artículo directo: “Nuestro sistema fiscal no es progresivo” porque no es cierto que paguen una mayor proporción los que más ganan. Hay que leerlo dos veces para no cometer el error de pensar que el autor dice que no pagan más: pagan más, sí, pero en ‘bruto’, no en proporción. La explicación la da un poco más adelante el propio profesor: sólo 100.000 personas declaran ganar 100.000 euros o más, pese a que ‘sabemos’ que muchísima más gente tiene rentas superiores. ¿Por qué ocurre esto? Porque la declaración de la renta es eso: una declaración. Como el IRPF atañe a las rentas recibidas (no sólo a las salariales) nos encontramos ante una gran paradoja: los asalariados declaramos lo que nos toca sin posibilidad de escaparnos, mientras quienes obtienen otros rendimientos pueden escaquearse.

Partiendo de esa base, es cierto lo que dice Sebastián en la segunda tesis de su artículo: proponer rebajar el tipo máximo no significa bajarle los impuestos a los ricos, sino a las clases medias asalariadas.

No voy a discutir sobre si es o no progresivo nuestro sistema fiscal. Simplemente porque no lo sé. Lo que sí queda claro en esta primera parte del artículo de Sebastián es que los asalariados sufrimos el egoísmo de los que más tienen y la apatía e ineficacia del Estado, que es incapaz de terminar con el flagrante fraude que sufren sus arcas por parte de ‘los ricos’.

Es decir, que no es el IRPF quien falla: este impuesto sí es progresivo en su concepción. El problema estriba en que nos roban y nos dejamos.

La segunda parte del artículo de Sebastián parte de una premisa: “es el gasto público y no los impuestos lo que verdaderamente redistribuye la renta”. Releo, porque no entiendo cuál es el descubrimiento que hace el profesor: es evidente que el gasto público es el mecanismo que tiene el estado para redistribuir la riqueza (por eso la izquierda defiende desde siempre un estado fuerte y recaudatorio, frente al estado débil promulgado por la derecha). Pero el autor establece una dicotomía que no existe, o yo no veo. No es que el gasto público redistribuya la riqueza y los impuestos no; es que aquél existe gracias a éstos. No son opuestos, sino complementarios; unos son condición ‘sine qua non’ del otro.

Por eso, entiendo, es necesario que los impuestos principales sean directos y progresivos. Mucho mejor lo explica el propio Sebastián hacia el final de su artículo: “Los impuestos deben garantizar la suficiencia recaudatoria y la equidad horizontal y vertical. (…) Y deben ser progresivos, es decir, que proporcionalmente pague más el que más tenga”. Teniendo en cuenta que el artículo se titula ‘El tipo único es más justo y eficiente’, ¿no se contradice con la afirmación anterior?

Es en este momento cuando Sebastián retoma, para cerrar el artículo, su tesis principal ya defendida al principio del texto: “(…) la vieja pretensión de la izquierda de unos impuestos cuyo fin primordial sea la redistribución está condenada al fracaso”. ¿Por qué? Pues porque “suelen terminar (…) en regresividad, en vacíos legales, en evasión y en fraude”.

Creo que ya entiendo el problema. No es que el IRPF sea una mala herramienta ‘per se’ y haya que simplificarla lo máximo como mal menor. Es que el IRPF está mal hecho desde el principio, su aplicación es compleja y, encima, los españolitos que están forrados dedican parte de su tiempo a robar a sus compatriotas lo que legal y moralmente están obligados a aportar.

Si esto es así la solución no pasa por declarar vencedores a los ladrones y estafadores, sino por implementar las medidas necesarias para que la evasión sea la menor posible. La solución no está en simplificar el impuesto ni en rebajarlo, porque entonces la capacidad recaudatoria del estado se ve mermada y, en consecuencia, el estado pierde ingresos con los que ejecutar ese gasto público que es el verdadero motor de la redistribución.

Es más. Sebastián no explica en el artículo de El País en ningún momento porqué un tipo único sería mejor. Si el problema del IRPF radica en el fraude y la evasión, ¿en qué medida ayudará el tipo único a solucionarlo? Los ladrones y estafadores seguirán robando y estafando: no veo qué puede aportar ese tipo único para que dejen de hacerlo.

Lo que sí nos dice el profesor, para terminar, es que muchos países están aprobando dicha medida. De Europa del Este. No sé si son el mejor ejemplo. Mucho menos Polonia: el vencedor de las últimas legislativas llevaba esa propuesta en su programa y ganó… ¡contra Kaczynski! Creo que si hubiera propuesto recuperar el derecho de pernada también hubiera ganado: eso sí que es necesidad de optar por el mal menor. Lo del tipo único, de momento, sigue sin parecérmelo.