A vueltas con el pacto anti-terrorista

Ignacio Sánchez-Cuenca

De acuerdo con uno de los lugares comunes más repetidos en estos últimos tiempos, el Pacto Antiterrorista firmado en diciembre de 2001 por iniciativa del entonces jefe de la oposición, José Luis Rodríguez Zapatero, ha sido el instrumento más eficaz en la lucha contra ETA. De ahí que su abandono haya tenido consecuencias catastróficas, y que hoy, fracasado el proceso de paz, urja relanzarlo y convertirlo de nuevo en la piedra angular de la política antiterrorista. La derecha y los expertos sobre ETA (casi todos, misteriosamente, próximos al PP) repiten machaconamente esta tesis. Gracias al Pacto Antiterrorista, ETA quedó acorralada. Cuando Zapatero llegó al poder, se olvidó del Pacto, se embarcó en la aventura de la negociación con ETA, y, por culpa de su osadía, ETA hizo estallar un coche bomba que acabó con la vida de dos personas. Hay algo de verdad en toda esta historia? Vamos por partes. Si miramos con frialdad el asunto, lo primero que hay que preguntarse es: ¿por qué es bueno para combatir a ETA que los dos grandes partidos estén unidos? ¿Acaso la policía pone más celo en su trabajo si no hay división entre los partidos? ¿Aumentan las dotaciones de las fuerzas de seguridad? ¿Se muestra Francia más dispuesta a colaborar?

Parece claro que la respuesta a todas estas preguntas es “no�. La lucha antiterrorista consiste ante todo en que la policía y los jueces asfixien en lo posible a los etarras, que los etarras asesinen lo menos posible. Si la ofensiva del año 2000 (23 muertos) se cortó en 2001 no fue a causa de que PP y PSOE firmaran un documento. Más bien, se debió a la eficacia de la policía, a la implicación decisiva de Francia, y a la creciente debilidad de los etarras. Cuantos más activistas detenía la policía, más rápida era la rotación en los mandos de la organización terrorista, menos preparados los terroristas, mayor la improvisación, más fallos se cometían, etc. Muchos de los etarras que participaron en la campaña de los años 2001-03 eran jóvenes que pasaron muy rápidamente de la kale borroka al núcleo de la organización terrorista. La esperanza de vida tanto de los comandos como de los líderes de ETA fue reduciéndose notablemente.

Dadas esas condiciones, el número de muertos descendió rápidamente. Los etarras, además, se sintieron infiltrados, con el enemigo dentro de casa. Hasta el punto de que en 2003 asumieron, por primera vez, que no iban a ninguna parte matando, y tomaron la decisión de seguir realizando atentados pero evitando víctimas mortales. Se dio paso de esta manera a una nueva fase de abandono progresivo de la lucha armada, que culminó con el alto el fuego del 22 de marzo de 2006. Atribuir esa decisión al Pacto Antiterrorista es, según lo entiendo, una exageración.


¿Quiere decir lo anterior que el Pacto Antiterrorista no sirvió para nada? No. El Pacto ha sido muy útil no como medio para combatir a ETA, sino como instrumento para amortiguar los efectos políticos de los asesinatos de ETA. La sociedad encaja mejor los golpes si los dos grandes partidos están unidos que si están divididos. Eso es muy importante, sin duda, pero, en rigor, no es un instrumento para contener o reducir la violencia de ETA.

El Pacto fue importante también, recuérdese, por el enfrentamiento brutal que había en aquella época entre el nacionalismo vasco y los partidos que entonces se llamaban constitucionalistas. Frente al desafío nacionalista, era esencial ofrecer una respuesta unitaria y sin fisuras.El Pacto, por tanto, sirve para aguantar mejor los ataques terroristas, no para reducirlos. Lo cual es importante, pero no hay que confundir las cosas. Si ETA decide realizar de nuevo una campaña de atentados, no tendremos más capacidad de frenarlos por el hecho de tener o no el Pacto.

¿Tiene ese pacto todavía alguna utilidad? Las dos partes, PP y PSOE, se han acusado mútuamente de incumplirlo. El PSOE dice que el PP no lo convocó en el momento más crucial de todos, tras el 11-M, a pesar de que el Gobierno de Aznar mantenía que ETA era la autora de ese atentado. El PP dice que el PSOE traicionó el Pacto al someter a votación la declaración del Congreso de 2005, que modificaba sustancialmente la inspiración del Pacto. El PSOE replica que según ese Pacto la iniciativa en política antiterrorista corresponde al Gobierno. Y así hasta el final de los tiempos.

Por otro lado, el Pacto ha quedado anticuado en aspectos importantes, puesto que hoy ya no se da aquel conflicto entre el Gobierno y los nacionalistas vascos.

Si a todo esto le sumamos la actitud obstruccionista del PP, su afán por convertir el terrorismo en el centro de la vida política española, está claro que el Pacto no tiene mucho futuro.

Zapatero parece empeñado en forjar un nuevo acuerdo con los partidos pequeños. Evidentemente, cuanto más unidos estén todos los partidos, más fácil será resistir la actividad terrorista. Pero que nadie se haga ilusiones. Un documento no detiene a los terroristas. Sólo policías y jueces son capaces de detener a los terroristas. O, en estos momentos finales de la historia de ETA, ofrecerles una salida “digna� mediante una negociación.