A solis ortu ad occasum

Senyor_J

Se ha atribuido a los cortesanos de Felipe II la célebre expresión de que el suyo era un Imperio en el que no se ponía el sol, pero la misma no es en absoluto una aportación original del siglo XVI. Fue Virgilio, en el siglo I, quien se refirió a las posesiones del primer emperador romano, Augusto, como las comprendidas desde la salida del sol hasta el ocaso, o lo que es lo mismo, a solis ortu ad occasum. Y fue el padre de Felipe, Carlos I, quien conoció dicha frase la primera vez que entró en Mesina en el año de 1535.

Los dominios de Carlos I fueron verdaderamente formidables. Del emperador Maximiliano había heredado las posesiones de los Habsburgo en Europa Central; de su madre, María de Borgoña, un buen número de posesiones en los Países Bajos y el Franco Condado (esa histórica franja situada al Este de Francia, entre la Borgoña y Suiza); de Isabel Castilla, su reino, con las posesiones del norte de África y los territorios americanos; de Fernando de Aragón, los territorios de su Corona, que incluían además de los peninsulares a Nápoles, Sicilia y Cerdeña. A estos enormes dominios se añadieron rápidamente muchos otros, entre ellos algunas provincias de los Países Bajos, el Ducado de Milán, Túnez y los amplios territorios de los imperios Inca y Azteca. La extensión territorial alcanzada por los dominios del emperador resultó ser absolutamente inédita en la historia europea.

Pero es más simple tener el poder que ejercerlo, y es por ello que el Imperio de Carlos V no tuvo una vida fácil o exitosa en su horizonte imperial. La idea imperial de Carlos, que fue proclamado emperador en 1519 a base sobornos, se derrumbó sobre sí misma, como le había sucedido en el pasado a otras tentativas similares, particularmente a las de Justiniano en Bizancio y a la de Carlomagno: solo el papado durante la Edad Media fue un heredero digno de la idea imperial romana, pero ese papado llegaba al siglo XVI al borde de su mayor crisis, tras la pérdida de su hegemonía a mano de los emperadores occidentales de los últimos siglos medievales. En el fracaso de Carlos participaría precisamente de forma muy activa el papado, pero también enemigos tan formidables como el rey Francisco I de Francia, auténtico archienemigo de Carlos, los promotores del cisma protestante o el Imperio Otomano de Solimán el Magnífico.

No le bastó a Carlos tener la extensión de un imperio para ser un Imperio. Solo hechos tan bien fundamentados como 2 + 2= 4 son exactamente como los describimos. La verdad sobre un Imperio o sobre tanto otros hechos resulta mucho menos evidente. En realidad, verdad es aquello que entendemos que se corresponde a los hechos, pero los hechos en sí mismos no suelen ser verdaderos o falsos, son las proposiciones que se refieren a los hechos las que son verdaderas o falsas. Tampoco son lo mismo los hechos que los conocimientos de los hechos, y ni siquiera es posible a veces determinar con facilidad cuáles son los hechos. Nos encontramos incluso que debemos de tomar decisiones o elaborar ideas a partir de hechos no comprobados. Solo una buena investigación sobre esos hechos nos puede permitir diferenciar lo que es falso de lo que es probablemente cierto.

Una forma de conciliar la verdad de los hechos con la proposiciones que la sustentan es examinando la fidelidad de su representación. Disponemos de una gran herramienta, el lenguaje, para representar el mundo y elaborar teorías sobre el mismo. Con él podemos describir lo que es real y lo que nosotros hacemos real, es decir, tanto una montaña como el dinero o el Imperio, conceptos que solo son reales por la existencia del ser humano y que pierden su realidad si este desaparece, a diferencia de la montaña.

Un de las misiones de nuestro intelecto es diferenciar lo real de lo ficticio. Lo real tiene propiedades objetivas e independientes de lo que pensamos, pero lo ficticio tiene propiedades subjetivas que dependen de nuestro pensamiento y de nuestros deseos. En esa complejidad, solo podemos obtener información del mundo mediante nuestras observaciones, las cuales nos mantienen adheridos, nos guste más o menos, a nuestra subjetividad. No podemos sustraernos de nuestra subjetividad, lo que imposibilita nuestra imparcialidad.

Con todos estos elementos sobre la mesa podemos estar de acuerdo en que la idea de Imperio forma parte de la subjetividad humana. La condición para su existencia en 1519 pasó meramente por el soborno de los siete electores que tenían que designar a un nuevo emperador tras la muerte de Maximiliano, los cuales favorecieron a Carlos en detrimento de Francisco. Un cargo, el de Emperador, sobre el que se sustentaba una idea, ya que no modificaba los distintos elementos que configuraban la extensión de los dominios de Carlos: estos dependían tan solo de su herencia y de su acción militar o dinástica. La realidad del Imperio no iba más allá que la que los seres humanos europeos eran capaz de interpretar desde su subjetividad, ni de lo que eran capaces de construir sobre la misma.

En modo alguno hubiera sido distinta a esto la proclamación de una República, puesto que las repúblicas también se integran en la subjetividad. La condición para el surgimiento de una República, dada la experiencia que nos precede, se produce en muchos casos como consecuencia de una ruptura con una realidad subjetiva anterior. El hecho republicano puede, por ejemplo, suceder al hecho monárquico, pero el conflicto de subjetividades puede generarnos importantes problemas en cuanto al reconocimiento de dicha realidad sustitutiva. La forma como interpretamos el hecho, las percepciones que nos sugiere y la actitud que manifestamos ante el hecho en sí incide en su vigencia y viabilidad.

En la existencia del Imperio o la República incide con fuerza la capacidad de ejercer autoridad. Para el Imperio eso implicaba liderar la Cristiandad. Para la República la autoridad debe desplegarse sobre el territorio que la proclama y debe ejercerse de manera efectiva para lograr sustituir a las formas de gobierno precedentes. Ello no siempre se consigue con éxito. Recientemente incluso hemos visto repúblicas que han sido proclamadas a pesar de su falta de viabilidad, en tanto que apenas nadie reconoce el hecho y que los mismos proclamadores rehúsan ejercer la autoridad, algo impensable en el caso del Imperio de Carlos pero no tan infrecuente en otras formas imperiales, especialmente aquellas más simbólicas que preceden el derrumbe de un imperio, como en el caso de los emperadores romanos occidentales del siglo V.

Es por ello que una proclamación no basta para identificar una República o un Imperio. Incluso en nuestra subjetividad sabemos que una proclamación no es más que una declaración sin efectos si no se le suman los hechos necesarios que la hagan efectiva. Las repúblicas catalanas son buen ejemplo de ello. La República Catalana de 1641 quedó sin efecto por la exigencias francesas de someterse a su soberano para garantizar una intervención francesa contra los ejércitos de Felipe IV. También en 1873 se proclamó un Estado Catalán republicano en el ámbito de la Primera República Española, de corte confederalista, que poco después quedaría en suspenso. La proclamación de Francesc Macià de una República Catalana enmarcada en una Federación Ibérica nuevamente quedaría sin efecto, igual que el Estado Catalá proclamado por Lluís Companys en 1934 como parte de la República Federal Española. Y lo mismo ocurrió finalmente en 2017 con la proclamación de la República Catalana independiente por parte del Parlament de Catalunya. Cinco tentativas republicanas en Cataluña han tenido el común el quedar sin efecto rápidamente como consecuencia de la imposibilidad de ejercer su autoridad.

No olvidemos, no obstante, que la República no es más que un hecho subjetivo y que mientras alguien crea en ella, puede seguir existiendo. Veremos cuántos y en qué medida siguen creyendo en ella el próximo 21 de diciembre.