A las cinco de la tarde

Sicilia 

El debate que en el Parlamento catalán está teniendo lugar en torno a si se prohibirán o no los toros en el territorio de Cataluña ha abierto un nuevo y peculiar frente de confrontación política en el resto de la sociedad española. Bien y mal por esto.

Bien porque si de las normas por las que se rige una sociedad hablamos, es idóneo que estas se debatan de forma extensa y apoyando las razones de unos y de otros en un debate público, donde quepa la opción al matiz, la repregunta, la aclaración y la reflexión pausada.

Pero también mal. Mal porque rápidamente aspectos esenciales de cómo organizamos nuestra convivencia en sociedad, de cómo concitamos distintos usos de la libertad, de qué entendemos por expresión artística amparada por la libertad de expresión y qué conducta es susceptible de estar sujeta a consideraciones  como la de si es punible o no, aspectos todos ellos que surgen al hilo de este debate, quedan sepultados y confundidos entre el posicionamiento oportunista, la dinámica altisonante y el vuelo de baja cota tan querido a ciertos practicantes de la política.

En torno a los toros no cabe duda de dos cosas. La primera es que el toreo está unido de manera indisoluble e indistinguible al sufrimiento físico de un animal. La segunda es que a la vez, el toreo es esencialmente algo radicalmente distinto a hacer sufrir o matar a un animal. Si no, no habría las posiciones que hay en torno al debate como el que se sostiene hoy.

El toreo, para sus espectadores y sus practicantes, es una expresión artística, con unos cánones estéticos, un ritual, y unas líneas asombrosamente nítidas entre lo que está bien y mal hecho, o sobre lo que debe o no hacer un animal para considerarlo bueno o malo, o lo que debe hacer un torero para ser digno o no de admiración. Sus emociones muy íntimas se experimentan sin embargo de una manera colectiva, sobresalta, estremece, acongoja e indigna, aburre y enardece a sus fieles, que muchas veces reaccionan como uno solo ante tal o cual circunstancia.

Del toreo sus detractores, según cuentan, sólo y exclusivamente perciben el encierro del animal en un recinto, las estremecedora violencia del tercio de varas, donde al toro se le lancea el morrillo desde un caballo, la amenazadora disposición de los arponcillos de las banderillas, y el agotamiento del animal en la faena de muleta, para finalizar con el momento de la muerte mediante una estocada (si hay suerte) entre las paletillas de la res. El sufrimiento del toro les parece inadmisible.

Es este aspecto el que hace plantearse su prohibición.

Sus detractores afirman que nos hace una sociedad peor el hecho de permitir que se lleven este tipo de actos en nuestro seno, y que nos hace una sociedad mejor el que la lidia se prohíba para siempre jamás. Argumentan que se han prohibido otro tipo de conductas que se consideraban innecesaria o gratuitamente crueles con los animales, y así se ha legislado sobre su manipulación, traslado, transporte y sacrificio.

La cuestión es si esto es materia suficiente para prohibir aquello que a una parte de la sociedad le parece inaceptable, mientras que para otra tiene un significado completamente distinto, y forma parte de una experiencia mucho más rica y compleja, profundamente personal.

¿Se puede prohibir lo que parece execrable? ¿A quienes de nosotros? ¿Con qué criterio? ¿Dónde están las líneas? ¿Son siempre las mismas? ¿Cómo se fijan en cada caso? Sobre el conflicto entre moral pública y libertad individual hay literatura hasta aburrir; a grandes rasgos puede decirse que en las sociedades modernas ya nos movemos en el matiz del matiz, habiendo optado en líneas generales por el compromiso como principio general.

En el caso del que estas líneas tratan, la opinión que se defiende duda que la prohibición de los toros diga más cosas buenas que malas sobre la manera de armonizar ópticas radicalmente diferentes en una sociedad diversa…

Como se afirma al principio del texto, el toreo alberga dos naturalezas, simultánea indisoluble y objetivamente. Es algo, según algunos, sublime y trascendente que requiere para su elaboración algo que, en líneas generales, consideramos rechazable y condenable, y sobre lo que legislamos, como es el maltrato animal. Según otros, por ello debería prohibirse de inmediato, sin otras consideraciones.

Sin embargo, no siempre se obra así de tajantemente. Esta óptica “extensiva” de, acotado lo malo, eliminar todo aquello que lo contenga, no se sigue en todos los casos porque se entiende que no conduce a ningún bien mayor. Hay varios aspectos de la vida cotidiana que presentan dilemas comparables y donde se percibe otro criterio tendente a contemplar las diferentes ópticas en torno a algo.

Por ejemplo, por norma general, nuestra sociedad y nuestras leyes prohíben y, es más, persiguen, el maltrato de cualquier tipo a nuestros semejantes. Si presenciamos vejaciones de palabra u obra, podemos intervenir y denunciar. También podemos intervenir y denunciar, aparte de escandalizarnos y repugnarnos, si a alguien se le imponen determinadas prácticas que acarreen dolor, lesiones físicas u otras  prácticas potencialmente dañinas para su integridad.

Ahora bien, aunque suene paradójico: prohibir o perseguir, por extensión, todo acto cuya consecución requiera indispensablemente estas prácticas, no nos haría una sociedad mejor, sino peor. ¿Por qué? Porque hay determinados ámbitos que se consideran privativos de la persona y de lo que ella quiera libremente hacer.

Por ejemplo: en el ámbito de las relaciones sexuales, pensando en lo que se denomina “sadomasoquismo”, de no estar circunscritas a ese ámbito privado, podrían acarrear inmediatamente un juicio, y no por poco, sus practicantes. Sin embargo siempre y cuando se lleven a cabo en los dormitorios –o las mazmorras, más propiamente- la sociedad y nuestros códigos entienden que no hay nada que decir al respecto.

Ocurre lo mismo con el ámbito de la religión. Si quiere usted andar con cadenas en jueves o viernes santo, o ir de rodillas por el asfalto, o llevar un cilicio o usar disciplinas por promesa o mortificación, no hay nada que objetar. Sin embargo no pueden imponérsele como condición laboral, o para pertenecer a un club deportivo, o a un partido político o para desempeñar un cargo público, de eso nada.

En ambos casos se considera que el maltrato es, en general, inadmisible, pero que por formar parte de un acto con unos condicionantes radicalmente distintos, escapa a lo que los demás tengamos que decir de ello. Es asunto de cada uno. En ese ámbito el equilibrio entre daño a la integridad física y preferencia personal se ha resuelto de esa manera, a mi entender satisfactoria, y si se hubiera aplicado una óptica del tipo extensivo o prohibicionista, (como por ejemplo ocurre en algunos estados de los Estados Unidos) constituiría un retroceso como sociedad.

A mi entender, el caso de la lidia presenta una disposición que se presta muy bien a un análisis similar.

En general rechazamos un ensañamiento determinado en la manipulación de animales, pero el extender esta concepción hasta prohibir los toros, en mi opinión obedece a unos criterios y se establece según unos mecanismos que no justifican suficientemente la prohibición de dichos espectáculos para el que lo considere oportuno.

Es evidente que, como en el caso de la penitencia religiosa o las prácticas sexuales, no se puede aducir que ambas partes concurren libremente, el animal no tiene voluntad, y en cuanto a ello no “obra”, es “un objeto” en este sentido.

El hecho de que el toro fuera capaz de expresarse quizás bastara, probablemente no para acabar con el debate. pero al menos se podría recabar su opinión en esta materia. No obstante, podría dar lugar a que se abrieran otros si los animales manifestasen su opinión respecto a cuestiones como que se les críe, destete, cebe, castre, esterilice, preñe, mutile y sacrifique según nos sean más útiles ó cómodos para convivir con ellos, y es que el hecho es que en nuestra sociedad a los animales se los usa para nuestro beneficio.

Es cierto que a dicho uso le hemos puesto ciertas limitaciones, pero no derivadas del reconocimiento de un estatus jurídico superior en ellos, sino más bien en aras a obtener una consideración superior de nosotros mismos en cuanto a “menos bárbaros” por tratar mejor a los animales. No creo que sea malo, pero ello no significa que en nuestra vida cotidiana a los animales los hayamos hecho titulares de derechos, su vida a nuestro servicio habla por sí sola.

Y el tema es importante. Porque cuando no estamos hablando de que un acto conculque ciertos derechos –inexistentes- sino que ofende al gusto o la percepción del mundo de un determinado sector de la sociedad, damos un salto grande. Pasamos de un debate sobre ética o moral a uno sobre el gusto o la preferencia.

Y es que los seres humanos sí tenemos voluntad, e instinto, y de todo. Somos complejos, tanto que a veces en un mismo curso de acción ni nosotros mismos podemos distinguir los diferentes componentes que lo forman. ¿Cuánto hay de recta apreciación de una injusticia? ¿Cuánto de empatía por otro ser vivo? Tenemos sentimientos nobles como la pertenencia y otros menos edificantes, como el rechazo;  hay gente que nos cae bien, hay gente a la que no soportamos, y a la que bien nos gustaría dejar con un palmo de narices. Pero somos seres superiores, sin duda, y hemos demostrado que somos tan éticos y respetuosos como queramos exigirnos.

Por tanto, en base a la moral podemos establecer prohibiciones, respecto a lo del gusto, especialmente al ajeno, parece que debería uno contenerse notablemente más.

Ese “bárbaro torturador”, según algunos, que se llama Luis Francisco Esplá, se expresaba la pasaba semana de tal manera en la Comisión de Medio Ambiente del Parlamento de Cataluña

 “El rito tiene un fin práctico para el hombre, o cuando menos, para aquellos que depositan en él su fe. El toreo, pertenece a esos mecanismos que el hombre ha creado contra la muerte, y entre los cuales se encuentran también: la religión, el arte, y el más infalible de ellos: el amor.

Son bálsamos contra la evidencia de nuestro destino, pequeños raptos de inmortalidad. Tan inocentes como inútiles. Pero sin la sustancia de estas mentiras, la vida sería insoportable”

En cuanto a Federico García Lorca, amigo y retratista con palabras mil veces de toreros, se descolgaba con estos versos, de corte decididamente antitaurino.

“ese chorro que ilumina

los tendidos y se vuelca

sobre la pana y el cuero

de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome!

¡No me digáis que la vea! 

Que cada cual escoja.